Paisanos

Vientos del pueblo.

En este pueblo se nos quiere. Al principio creíamos que no, porque nadie nos saluda por la calle y nos miran como malencarados, pero el alcalde nos dijo que lo hacen por respetar nuestra intimidad. Vamos, la respetan tanto tanto que a veces no nos saluda ni la cajera del súper. Un día nos faltaban 50 céntimos a la hora de pagar. Pensamos que nos iban a fiar, pero no. La cajera dijo: ‘Tendrá usted que dejar un Bio’. Y lo dejamos. Fuimos al alcalde otra vez no por chivateo, sino porque nos gusta conocer la idiosincrasia, y nos dijo que la cajera lo había hecho para que sintiéramos que nos trataba igual de mal que a cualquiera. Es extraño eso de saber que tantas personas te quieren y que lo disimulen tanto. Cualquiera que no estuviera en el ajo pensaría que su mirada torva es de enemistad, pero nosotros sabemos (por el alcalde) la simpatía que generamos.

Los niños, por ejemplo, soñaban con tener amigos cuando llegamos hace cinco años. Les llevamos a las fiestas pensando que era un lugar idóneo para hacer amiguitos. Cuando volvieron lloraban y decían que todos los niños del pueblo les tenían manía. Pensamos que era una tontería de críos; es más, mi santo les reprendió, dijo que probablemente ellos habían mostrado la arrogancia típica de los niños de ciudad. Pero a mí me quedaba la sombra de una duda, por decirlo cinematográficamente. Y la noche siguiente hicimos que nos íbamos, pero nos escondimos tras la caseta del encargado de los coches de choque. No podíamos dar crédito a lo que estábamos viendo: el coche de nuestros niños fue literalmente acorralado, los chavales de otros coches tomaban impulso para golpearles con saña. Y lo peor era ver al encargado: se descojonaba. El alcalde, nos dijo, sonriendo, que era una manera, ruda pero noble, de hacerles a los niños forasteros un ritual de iniciación. Luego, le cogió a mi santo por el brazo y le dijo: ‘Tu mujer no puede entenderlo, es de Moratalaz. Pero tú que eres de pueblo te acordarás de cuando a los tontos se les tiraban piedras y al forastero al pilón, ¿había maldad en ello? Bien sabes que no. ¿No seréis vosotros los que tenéis que cambiar de actitud?’.

Hemos cambiado. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Por ejemplo, el otro día vino nuestro amigo Miguel Munárriz a vernos y paró en la plaza a preguntarle a un paisano por nuestra casa. Cinco amables lugareños hicieron corro: ‘Sí, hombre, la casa del hombre que ya no escribe’. Uno se ofreció a subirse en el coche de Munárriz para acompañarle. El hombre le contó lo siguiente: ‘Yo estuve trabajando para ellos. A él no se le ve mala persona, que escriba o no escriba, eso no le puedo decir, pero se ve que es un hombre que con otra mujer hubiera llegado lejos… Ella no es mala, pero tiene un carácter -con todos mis respetos- fundamentalmente insoportable. Lo digo como operario y como persona. Luego esos chiquillos, tan consentidos, no les verá levantarse de la cama antes de las doce. Y ese hombre, esclavizado, que si haciendo comidas, que si el jardín, que si la compra, ¿cuándo va a escribir ese hombre, si ese hombre no tiene tiempo material? Ella sí que escribe, tiene más tiempo. Yo a mi mujer le digo lo mismo que Jesulín a la Campanario, tú cuidas de la casa, de los hijos y de mí, luego, haz lo que quieras, pero dentro de una lógica. Coincido con el diestro de Ubrique. Mire, aquí viven: el amarillo del chalé tiene cojones, luego dicen que la casa del Príncipe parece un hostal, pero ésta es talmente un puticlub. Bueno, dígales que un día que esté católico paso a tapar la zanja, y que recuerdos de Evelio’.

Munárriz estaba indignado, porque lo interpretó como una grosería. Pobrecillo, no supo entender el cariño que con el tiempo nos ha tomado este pueblo entrañable.

Elvira Lindo, Tinto de verano III. Otro verano contigo.

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