TOXOS.


El tojo es la planta por excelencia del monte gallego y uno de los insultos preferidos del gallego de a pie. Hay una especie de amor-odio hacia esa planta, ya que sus flores amarillas alegran la vista en primavera pero si te ocurre la fatalidad de caerte sobre uno de ellos, maldita la gracia que te hace.

Manuel Rivas, en su Un espía en el reino de Galicia(no tenían la edición en gallego en la bilbioteca), habla sobre el tema. Este autor tiene predilección por el tojo, y en bastantes de sus libros (por ejemplo en el propio título de Toxos e flores) así como en algún poema en concreto, hace referencía a este insigne poblador del paisaje gallego.

EL TOJO ‘IS BEAUTIFUL’.

La gente habla muy mal del tojo, a pesar de su acelerada desaparición. Lo culpan de muchas cosas, como semilla del diablo. Pero la mejor primavera gallega, ¿quién lo niega?, es la primavera del tojo. Tojo que viste de oro los montes, que alegra la vista, y la gente se queda atónita ante la película que proyecta la tierra: ¡Carajo con el tojo!

En otros países he visto jardines con retamas y lucían como reinas de la floresta. No había tojo, porque el tojo debe de ser casi un exclusivo patrimonio gallego. Pero, si lo hubiese, aún reluciría más que la retama. Cuando está en todo su esplendor, no hay flores más lindas que las del tojo, la retama y la acacia mimosa, que en Galicia son plantas silvestres. A nadie se le ocurre poner una retama o un tojo en un jardín privado, y menos en uno público. Si naciese un tojo en un jardín, el concejal de parques seguro que lo multaría y después mandaría arrancarlo, indignado ante semejante intromisión de la naturaleza virgen.

No, no se ven tojos en los jardines de Galicia. Antes de plantar un tojo, el concejal de parques plantaría una flor de plástico o un cactus. El cactus es algo exótico y curioso. El tojo es, simplemente, una vergüenza.

Cuando alguien repara en el tojo es para darle una patada y decir: ‘¡Arrecoño, cuánto tojo!’. aunque sólo fuese por la historia, debería haber más consideración con el tojo, pues era fundamental en la economía rural y se aprovechaba de mil maneras. Ahora no sabemos muy bien qué hacer con el tojo, además de quemarlo y utilizarlo como sinónimo de huraño o persona de trato difícil. Así, de las personas mal encaradas decimos que es ‘un tojo’. A nadie se le ocurre declarar su amor diciéndole a su prenda: ‘Mi tojito del alma’. Pero también sería apropiado como símbolo para expresar el amor: la más hermosa flor que nace entre espinas.

Si no hubiera tojo, muchos montes serían pedregales, sin posibiliades de revivir. El tojo es, sobre todo, el más hermoso y económico traje de luces de Galicia. En esta época, el tojo orilla de oro las cunetas de las carreteras gallegas. Allí donde no hay tojo, es mejor mirar hacia el asfalto pues reina la basura y el abandono. Fíjense en este dato. Para limpiar los bordes de las carreteras gallegas, la COTOP tiene previsto retirar 500.000 toneladas de residuos, lo que requiere una inversión de cientos de millones de pesetas.

El tojo podría resultar de un gran provecho y rentabilidad como fuente bio energética. Pero aquí hay a quien le da la risa con esta clase de inventos. Nos parece natural que el agua sea la principal fuente de energía eléctrica, pero su nos hablan del tojo parece que nos cuentan un chiste. Cualquier día de estos aparece por aquí un japonés de aquellos de González Laxe quería tener como socios del progreso gallego, se queda con todo el tojo y luego lo vende aquí en forma de kilovatios. Y si no, tiempo al tiempo.

Pero no sólo de kilovatios vive el hombre. El tojo es una de las creaciones estéticas más propias de Galicia. Muchos montes darían mejor servicio arbolados o con pasto, pero no es culpa del tojo. Recuperar el sentido de la vista sobre Galicia pasa también por recuperar el orgullo estético del tojo.

Además de los labradores que conocían su valor, los únicos simpatizantes del tojo en Galicia fueron los poetas y los viejos galleguistas y amantes del folklore que le llamaban a sus agrupaciones Toxos e flores y cosas así. Tendríamos que fiarnos más de los poetas. Uno de los principales deportes culturales en Galicia, dejando a un lado banquetes y construir biblotecas sin libros, es meterse con los poetas, incluso entre gentes consideradas cultas. Si por los poetas fuese, seguiría habiendo cisnes en la ría de Ponteceso y se promocionaría magníficamente el Camino de Santiago por el mundo adelante hablando de Dante y James Joyce, que lo citan en sus obras, y no sólo del centollo de Julio Iglesias. Pero se empieza tomando en broma a los poetas y se acaba poniendo un basurero en el cabo de Finisterra.

Los poetas cantaron al tojo porque tienen el don de mirar con cariño aquello que muchos ignoran. Recorriendo el universo del río Xallas, o de la costa da Morte, uno comprende la tensa emoción estética de Eduardo Pondal ante las laderas doradas por los tojales. Es como si viniera Van Gogh y se pusiera a pintar, en vivo, sobre el lienzo del monte.

En lugar de silenciarlo como una vergüenza nacional o de maldecirlo como la expresión vegetal del atraso, deberíamos llevar a los turistas a los montes del tojo, sobre todo en esta época, cuando la chorima, la flor del tojo, los viste de oro.

El movimiento antirracista que reclamó los derechos civiles de los negros hizo popular aquel lema de Black is beautiful. Los probos holandeses, precursores del ecologismo, proclamaron aquello de ‘lo pequeño es hermoso’. Por eso los gallegos deberían popularizar entre sus eslóganes internacionales ese de el tojo is beautiful. ¡El tojo es hermoso!

El tojo es el símbolo perfecto de la vida humana, esa síntesis entre espina y flor. En el día de Sant Jordi, los catalanes se regalan libros y rosas. Aquí no tenemos un día para regalarnos nada en público los unos a los otros, aunque los gallegos son más generosos que los catalanes por lo que se refiere a pagarse las copas entre ellos. Pero hay costumbres que sería muy positivo copiar, como sería muy positivo copiar algunas leyes. No entiendo a los cronistas políticos cuando critican un proyecto de ley que sea un ‘calco de los catalanes’. Yo supongo que no está mal, nada mal, copiar las cosas que están bien, y ojalá copiásemos más, sea de los catalanes o de los indios del Amazonas, en vez de copiar tanto y tanto de Sicilia.

Pero volviendo a las flores y a las letras, ¿por qué no regalar el 17 de mayo, Día de las Letras Galegas, un libro con una ramita de tojo en flor? Además de un detalle, contribuiríamos a desarrollar la industria editorial y una nueva fuente de ingresos para la necesitada economía rural: la de las chorima.

Metamos el tojo en el hogar. No en la cama, pero sí a su lado, en el florero de la mesilla de noche. Llevémoslo, junto con la retama, a los jardines gallegos. Lástima que en los pocos parques de las ciudades gallegas no se vea un roble, ni un castaño, con la grata excepción de la compostelana robleda de Santa Susana. Plantemos, sí, camelias y magnolios, esas joyas orientales que la hidalga campiña gallega adoptó como propias. Y plantemos también tojo.

El hermoso tojo que vestirá con el oro de la chorima el corazón de las ciudades deshechas.

Estoy segura de que si los parques gallegos estuvieran llenos de tojos, más de uno se pensaría dos veces apropiarse (así, por la cara) de las plantas públicas.

A roda, A raíz do toxo verde.

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