Cuando la Renfe se cree lo que dicen sus anuncios

Estás en Gijón y hace mucho frío. Previo pago de casi tres mil pesetas has sacado un billete para el electrotrén Gijón-Madrid, que sale a las 13.10 horas, para llegar a las nueve de la noche. Es un tren superlujo, superrápido, supercómodo. Es una virguería de tren, es un primor. Pero la cosa empieza mal: cuando llegas a la estación, te dicen que has de coger un autobús. A ti te sorprende la noticia, pero obedeces, te subes a un autocar sin calefacción y te vas hasta Oviedo castañeando los dientes y observando con cierta inquietud cómo la carretera va cubriéndose de nieve poco a poco.

Estación de Oviedo. Las 13.45 horas. El trayecto en el frío coche te ha dejado un poco quebrantado y como adolorido de meniscos. Nieva, y los pasajeros esperan pacientemente al tren en el andén, a la intemperie. Al fin suenan los altavoces: “El electrotrén con destino a Madrid efectúa su salida aproximadamente a las 14.10 horas”, dice una voz con plácido e impersonal tono, “los tres últimos vagones no tienen calefacción”, continúa la voz con la misma placidez. Un murmullo de pasmo se eleva del andén: los viajeros se miran los unos a los otros con ojos vidriosos, desolados. No obstante, siguen todos esperando con docilidad ejemplar, permitiéndose tan sólo algún morigerado pateo de calentamiento. Y el electrotrén no llega. La estación es barrida por los vientos, de modo que, cuando los vagones hacen al fin su entrada, a eso de las tres de la tarde, la masa viajera se encuentra una pizca amoratada. A ti, ¡oh cielos!, te ha tocado uno de los coches sin calefacción, te acurrucas en el compartimento helado y, como las otras doscientas cincuenta personas en tu misma situación, te dedicas a tiritar con admirable mansedumbre. El tren arranca. El campo está completamente nevado y la máquina avanza a velocidades microscópicas. Los viajeros se soplan las puntas de los dedos con un aliento que es todo vapor e intentan limpiarse, con pudorosa discreción, los arroyos nasales de moquillo. Fuera, tras los cristales, se extiende Siberia. De repente, el tren se para en mitad de un túnel. Los vagones, además de no tener calefacción, carecen de luz. El silencio es tan espeso como la oscuridad. Un minuto, tres, seis. Es como estar encerrado en una nevera. No se oye ni una respiración, tan sólo la tos eventual de unos jubilados que van hacia Alicante, vía Madrid, por el aquel de librarse de los fríos. Empiezas a pensar que no saldrás jamás del túnel: recuerdas los dos accidentes catastróficos que Renfe tuvo en el año 1980, los setenta y cuatro muertos de balance. Diez minutos. Al fin, el tren arranca. Son las 16.30 horas, y al poco os detenéis en la pequeña estación de Pola de Lena. Las cinco de la tarde, y seguís ahí parados. Las 17.15 horas. Ya no sientes nada del tobillo para abajo. Llega el revisor y explica que van a dejar los tres vagones sin calefacción aquí, porque se les agarrotan los frenos y es una lata. Que no os preocupéis, que en diez minutos vendrá otro electrotrén a recogeros. De modo que os quedáis los doscientos cincuenta pasajeros abandonados en la tundra. La estación es tan pequeña que el único cobijo que ofrece, la cantina, no tiene cabida para más de diez personas. La cantinera, una anciana venerable, se afana en atenderos con sus tres minúsculas tacitas de café y unos cuantos vasos desaparejados-evidentes restos de su ajuar-que componen su única dotación de utensilios. La cantinera y el jefe de estación-también longevo-están espeluznados y sobrepasados por las dimensiones del desastre. Como no hay ningún otro lugar en donde guarecerse, volvéis a los vagones congelados. Las seis de la tarde. Noche cerrada. En la oscuridad de los vagones brilla de cuando en cuando un mechero que alguien prende para ver la hora o para verificar que sus dedos no están del todo amoratados y que no será necesaria la amputación de urgencia. El moquillo cae ya a todo fluir sin que nadie se moleste en restañarlo. El jubilado con tos se va convirtiendo rápidamente en un jubilado con bronquitis. Las ocho de la tarde. Se oye llegar un tren. Todo el mundo se asoma, esperanzado: no es el electrotrén prometido, sino un tren pequeño que también viene sin luz, un tren tranvía procedente de León y con destino a Gijón, como informa el altavoz. Alguien-una voz que sale de las sombras-os dice que os bajéis. Os apiñáis en el andén con nieve hasta el tobillo, balbucientes, moqueantes, comatosos. Escudriñados a través de las oscuras ventanillas descubrís que el recién llegado tren está lleno de gente. De nuevo el altavoz: “Señores pasajeros del tren tranvía con destino a Gijón, hagan el favor de descender de los vagones”. Una breve pausa. Y luego: “Señores pasajeros del electrotrén, hagan el favor de subir al tren tranvía”. Entonces, como por efecto de un conjuro, los ocupantes del pequeño tren se asoman todos a una por las apagadas ventanillas: ¡Y una miiiiiierda, me voy a bajar yo!, berrean a decenas con voz ronca de frío. El jefe de estación repite con gesto cercano a lo apopléjico: “Yo sólo cumplo órdenes, a mí me han dicho que les baje, que les van a mandar unos autobuses”. Pero los viajeros hacen morisquetas y cortes de manga y no se mueven. El altavoz, entonces, ordena que subáis a los dos últimos coches del tren tranvía, que van vacíos. La comitiva de parias obedece y os metéis en los apagados y helados vagones con la certidumbre de que acabaréis en Auswichtz. Nueva espera. El jubilado con la tos bronquial se va convirtiendo sin prisas, pero sin pausas, en un jubilado con pulmonía. De pronto, a las 20.30 horas, la máquina arranca. Pero sólo se mueven vuestros dos vagones: atrás queda, desenganchado, el resto del tren travía. Y mientras salís lentamente de la estación, escucháis cómo se eleva en la noche el clamor prodigioso, los alaridos, el furibundo bramar de los que son abandonados.

Y poco más:que tardáis dos horas en alcanzar León, que casi os quedáis en el puerto de Pajares, que pasáis un miedo pavoroso. Que en León por fin os cambian a un tren en condiciones y llegáis a Madrid a las 7.15 horas. Y que, al ir a protestar al jefe de la estación, éste contesta desabrido: “Mucho quejarse, pero han llegado, todas las carreteras y los aeropuertos cerrados y han llegado”. Y tú piensas que es mejor no llegar, que es inmoral que den salida a un tren ya roto. Que es peligrosísimo que la Renfe se crea las mentiras de sus propios anuncios.

El País, 1-2-1981.

Rosa Montero, La vida desnuda.

Remember the time?

Truculencias. Publicado en El País el 03/11/1983.

Voy a contar una historia truculenta, la historia de una menor que ha sido violada por su padre. Gema, se llama ella, y para mayor miseria es débil mental. Cuando sucedió todo sólo tenía 15 años. La madre era asistenta. El padre estaba en paro: tenía todo el tiempo y la impunidad del mundo para abusar de Gema. Fue denunciado por su esposa el 9 de septiembre de 1981. Tardaron dos meses en procesarle (meses que el violador empleó en seguir violando) y, cuando lo hicieron, el amable juez le dejó en libertad sin fianza. El libérrimo padre aprovechó la coyuntura para continuar desgarran do a la muchacha, esta vez por el ano, produciéndole lesiones por las que la chica tuvo que ser internada en la clínica 23 de Octubre. Además, maltrató a su mujer y la amenazó de muerte si proseguía en sus denuncias, de modo que las abogadas de la niña tuvieron que recurrir al ministerio fiscal, que ordenó al fin la detención del padre el 29 de enero de 1982. Por cierto, todos los interrogatorios se hicieron en la sala de oficiales. Allí, de lante de una muchedumbre que interrumpía el teclear a máquina y aplicaba la oreja, la niña fue obligada a describir cómo la desnudaba el padre, cómo y por dónde la follaba. Llegó el juicio oral: el padre admitió haber hecho el amor con Gema. Ella dijo que consintió Porque tenía miedo; el hermano de la niña (14 años) declaró que el padre les pegaba mucho, tanto a Gema como a él; la madre contó, en su inocencia, que la niña había quedado embarazada del padre y que la había llevado a Londres a abortar. La sentencia dictaminó estupro y no violación, como si la chica hubiera disfrutado; se hablaba del «marido de la madre» y no del padre, evitando la agravante del incesto; no se hacía mención alguna a los malos tratos denunciados, pero, eso sí, se recogía el delito de aborto cometido, «hecho del que conoce el Juzgado Central competente». Total: cuatro años de cárcel para el hombre. Las abogadas recurrieron al Tribunal Supremo, que acaba de fallar reconociendo la paternidad y, por tanto, el incesto, y aumentando la pena dos meses y un día, que es el mínimo. El juez que llevó el caso es Scampa, que ha sido ascendido a magistrado de la Audiencia. Dentro de poco, supongo, procesarán a la madre y a la niña. Por aborto.

Rosa Montero, La vida desnuda.

El incidente de Lugo

– Ha hablado usted de los reventadores. Es cierto que allí adónde va usted a hablar pasa algo.

– Ya no. Pero hubo un momento en que fue una cosa provocada y deliberada, hasta que me hicieron quitarme la chaqueta.

– El famoso incidente de Lugo.

– Del que nunca me arrepentí. Porque esa historia hay que contarla entera. Yo no fui a perseguir a un grupo de gente que me contradijera. Muchas veces he tenido gente que ha debatido conmigo, y no ha pasado nada. Pero allí había cuatrocientas personas dispuestas a que no se celebrara el acto y a que en el mitin no se pudiera hablar. Y durante una hora y cinco minutos lo consiguieron, chillando sin parar; no he visto, desde luego, gargantas mejores que las de aquellos muchachos. Y tres oradores, entre ellos una chica encantadora, que era candidata nuestra, Carmela, no pudieron hablar. Y cuando llegó mi turno, dije: «Señores, yo voy a hablar, ustedes verán lo que hacen, pero yo voy a hablar». Y entonces fue cuando armaron la más gorda, y yo dije: «Ah, ¿sí?, pues vais a ver».

– Y fue cuando gritó: «A por ellos», y se lanzó en su persecución.

– Y me quité la chaqueta, y cuando vieron… nada, seis personas había detrás de mí, no más, cuatrocientas personas corrieron como ratas. Lo cual indica también qué clase de ganado eran.

Manuel Fraga en Entrevistas, de Rosa Montero.

Cuando Fraga daba miedo. El País 15/01/2012.

Eran los tiempos en los que Fraga daba miedo. Hablo de los primeros años de la Transición, cuando don Manuel tenía un cuerpo de barrilete como de boxeador ajado, una cabeza pétrea semejante a un mojón de carretera secundaria y un temperamento mercurial y vesubiano, de erupción incontrolada pero inminente. Todavía cincuentón, su energía era tan legendaria como la peculiaridad de sus actitudes, y las anécdotas le perseguían como las moscas al buey. Cuando le entrevisté por primera vez, en junio de 1978, todavía se comentaban sus célebres frases (como lo de “la calle es mía”) y sus arrebatos: por ejemplo, que en un mitin en Lugo, pocos meses antes, se había lanzado en persecución de 400 reventadores al grito de “¡a por ellos!”. O que, siendo ministro, había arrancado un teléfono de la pared porque no dejaba de sonar. O lo peor para mí entonces: que, pocos días antes de nuestra cita, había echado a empellones a un periodista porque no le gustaron sus preguntas. Como es natural, todos estos datos me hicieron acudir a la entrevista bastante amedrentada.

Por eso, por el puro miedo, me preparé muy bien el comienzo de la charla, intentando encontrar algún truco que me permitiera desmontar esa bomba de relojería que el político gallego parecía llevar dentro de su amplísima frente. Y así, empecé diciendo que me habían contado dos cosas contradictorias sobre él (“todo hombre es contradictorio”, tronó Fraga cargado de razón). La primera, que tenía un gran sentido del humor, una observación que le encantó: “Lo cultivo todo lo que puedo. Creo que uno de los grandes defectos nacionales es no tener sentido del humor”. Pero también me habían dicho, añadí, que era un hombre violento que me podía echar a la segunda pregunta. Y ahí, claro, don Manuel tuvo que decir que no, que eso solo había ocurrido una vez y con un amigo suyo, que él no hacía esas cosas… A partir de ese momento me sentí más protegida: al alardear de su buen humor, Fraga se veía obligado a demostrar que lo tenía; y tras negar sus brotes de violencia, presumí que le sería más difícil ceder a la tentación de estrujarme el cuello. Y así discurrió la entrevista, que fue difícil, tirante, agresiva por su parte y por la mía, pero también graciosa, chispeante e inolvidable.

Porque era cierto que Manuel Fraga Iribarne poseía un gran sentido del humor, una vasta cultura y una brillante inteligencia, y, al mismo tiempo, también era verdad que de repente parecía cubrirle un velo rojo, que perdía los nervios y farfullaba, que se convertía en un motor pasado de revoluciones y en una fuerza ciega e irracional. Ha sido nuestra más perfecta versión de Doctor Jeckyll y Mister Hide. Un personaje intenso.

Dos años después de aquella entrevista, en 1980, coincidimos como ponentes en un impresionante simposium que organizó la Universidad de Vanderbilt en Nashville, Tennessee (EEUU), sobre los cinco primeros años de democracia en España. El cuarto día, terminadas ya las conferencias, el evento cerró con un coctel-cena en casa del rector. En un momento ya avanzado de la noche me acerqué a la mesa de las bebidas a servirme una copa, pero los cubitos de hielo que llenaban un enorme bol se habían pegado los unos a los otros, formando un iceberg inexpugnable que ataqué inútilmente con las pinzas de hielo durante un buen rato. De pronto, Fraga Iribarne se materializó a mi lado con toda la solidez de su corpachón. «Permítame, señorita», ordenó, haciéndome a un lado. Se quitó la chaqueta, se remangó la camisa por encima del codo de su brazo derecho y, a continuación, comenzó a aporrear la gran masa congelada a puñetazo limpio hasta hacerla trizas. Luego agarró un buen montón de esquirlas de hielo con su manaza y me llenó el vaso. Y, sonriendo, dijo: «¿Ve usted, señorita? De cuando en cuando es necesario el uso de la fuerza bruta». De algún modo fue su punto final a uno de los debates que mantuvimos durante la entrevista. Nunca olvidaba nada.

Los años, la salud y el peso de la edad le fueron calmando, pero siempre mantuvo su originalidad radical y algo alienígena. De hecho, hasta su físico, al envejecer, le fue haciendo cada vez más parecido a un personaje de La Guerra de las galaxias. Hoy lamento la pérdida de este hombre irrepetible: el mundo será más convencional sin su presencia. Además, creo que hay que reconocer su esfuerzo por apaciguar en su momento a la derecha más cerril. Esto es: le agradezco que se comiera a los caníbales.

Rosa Montero.

Muerte y propiedad

– El miedo a la muerte es algo más complicado…Yo me pregunto- duda Ferreri mientras mastica su merluza-, me pregunto qué se sentía cuando a la muerte no la llamaban muerte. O qué siente un perro al morir. Supongo que dice ¿qué me pasa? Nosotros no: nosotros al enfrentarnos a la muerte decimos, ¡ay!, me dejo aquí mis hijos, mi coche, mi casa, qué dolor…Me dejo todas las cosas que están ordenadas formando mi vida. El miedo a la muerte no es por lo que esperas, es por lo que dejas. Es una cuestión de propiedad.

– Cuando yo era pequeña- dice la rubia- tenía precisamente miedo a perder mis muñecas.

Ferreri pelea calladamente con una espina de pescado, mira a la chica imperturbable y frío, y continúa:

– No es una cuestión de muñecas. Es miedo a dejar todo. Sería muy bello que el miedo a la muerte sólo fuera a los desconocido. Pero eso no es lo doloroso.

– El miedo a dejar esto va íntimamente unido con el deseo de inmortalidad. ¿No se ha sentido usted tentado alguna vez de «dejar una obra maestra para la posteridad?

– Si tienes sentido de la ironía no puedes caer en esa trampa, no puedes creer en esa inmortalidad ni en las obras maestras. Y, además, ¡qué caramba me pueden importar a mí mis películas después de mi muerte! Mi miedo es físico, personal, me asusto yo.

Entrevista a Marco Ferreri en Entrevistas, de Rosa Montero.