Los enamoramientos

Yo he permanecido soltero todos estos años; sí, con historias muy gratificantes, distrayéndome, a la espera. Primero a la espera de alguien que me trajera debilidad, y por quien la tuviera. Luego… Para mí es el único modo de reconocer ese término que todo el mundo emplea con desenvoltura pero que no debería ser tan fácil puesto que no lo conocen muchas lenguas, sólo el italiano además de la nuestra, que yo sepa, claro que yo sé pocas… Tal vez el alemán, la verdad es que lo ignoro: el enamoramiento. El sustantivo, el concepto; el adjetivo, el estado, eso sí es más conocido, por lo menos el francés lo tiene y el inglés no, pero se esfuerza y se acerca… Nos hacen mucha gracia muchas personas, nos divierten, nos encantan, nos inspiran afecto y aun nos enternecen, o nos gustan, nos arrebatan, incluso nos vuelven locos momentáneamente, disfrutamos de su cuerpo o de su compañía o de ambas cosas, (…) Hasta se nos hacen imprescindibles algunas, la fuerza de la costumbre es inmensa y acaba por suplir casi todo, incluso por suplantarlo. Puede suplantar el amor, por ejemplo; pero no el enamoramiento, conviene distinguir entre los dos, aunque se confundan no son lo mismo… Lo que es muy raro es sentir debilidad, verdadera debilidad por alguien, y que nos la produzca, que nos haga débiles. Eso es lo determinante, que nos impida ser objetivos y nos desarme a perpetuidad(…)

Javier Marías, Los enamoramientos.

Culpar

Supongo que también él necesitaba enemigos, alguien a quien echar la culpa de su desgracia. Lo que hace todo el mundo, por otra parte, las clases bajas como las medias y las altas y los desclasados: nadie acepta ya que las cosas pasan a veces sin que haya un culpable, o que existe la mala suerte, o que las personas se tuercen y se echan a perder y se buscan ellas solas la desdicha o la ruina. -‘Tú mismo te has forjado tu ventura’, pensé recordando, citando a Cervantes, cuyas palabras, en efecto, no se tienen ya en cuenta-.

Javier Marías, Los enamoramientos.

Contar

La gente relata sin cesar y narra sin darse ni siquiera cuenta de lo que está haciendo, de los incontrolables mecanismos de insidia, equívoco y caos que pone en marcha y que pueden resultar funestos, habla sin parar de los otros y de sí misma, y también de los otros al hablar de sí misma y también de sí misma al hablar de los otros.

Javier Marías, Tu rostro mañana I: Fiebre y Lanza.

El conocimiento adquirido

Pues lo cierto es que el lector normal, aunque no conozca a los personajes de la noticia, creerá, aceptará, dará por descontado que un novio ha desnudado a su novia por considerar que su atuendo era demasiado osado. Seguramente no le importará en absoluto la identidad de ese novio, pero dará por supuestas su existencia y su actuación. Y aun cuando ese novio explique posteriormente que la noticia era falsa o un error, que le arrancó el vestido a su novia porque se le estaba quemando y corría el peligro de arder con él, será la primera versión la que, de manera consciente o inconsciente, deliberada o involuntaria, el lector guardará en su memoria o al menos en su imaginación. ¿Por qué? La razón a mi modo de ver, puede ser simple. Queremos que pasen cosas y nunca nos bastan, nuestro talante es eminentemente positivista y acumulativo, empírico y afirmativo, y difícilmente aceptamos algo (un hecho, un dato, una anécdota) que ha pasado a formar parte de nuestra «enciclopedia» pueda ser borrado como no existente o no acaecido. La anulación de lo que por un momento he sido, la reducción de nuestro saber (aunque sea imaginario, o conjetural, o inútil) resulta inadmisible para el hombre o mujer de fines del siglo XX. Si a la postre resulta que el novio no desnudó a su novia por atrevida, eso poco importa en realidad, pues pudo haber sucedido como se contó, y la mera posibilidad pasó ya a formar parte de nuestra imaginación, que por nada del mundo renunciará al conocimiento adquirido.

«Lo que no ocurre» en Pasiones pasadas, de Javier Marías.

Malpensados

A veces me pregunto ingenuamente por qué se ha instalado tanto en nuestra sociedad ese estúpido precepto de nuestro refranero, «Piensa mal y acertarás». O más bien por qué se ha instalado la primera parte de esa norma sin que apenas importe el cumplimiento de la segunda, esto es, sin que a los malpensados les interese mucho el resultado de sus sospechas y sin que el fracaso ocasional de su práctica los lleve a variarla, enmendarla o renunciar a ella. Hay demasiada gente que pese a comprobar una y otra vez que no acertó al pensar mal, seguirá empecinada en hacerlo, en ver el mundo con pésimos ojos, en tener la desconfianza y el recelo por brújula en sus relaciones con sus vecinos y en sus juicios acerca de ellos, en considerar que nunca se hace nada no ya desinteresada o generosamente, sino ni siquiera inmotivadamente. Como si lo caprichoso y gratuito estuviera abolido y fuera imposible, como si toda acción, toda palabra, toda iniciativa obedecieran siempre-siempre-a motivos falsos o a intereses egoístas. Como si las personas no dieran a menudo palos de ciego o se comportaran atolondradamente, por no llevar la contraria y asegurar que a veces se mueven por buenas causas y por fines nobles.

Esto es lo que por general se niega, sobre todo a los personajes públicos. No son sólo tanto los medios de comunicación, con las maledicentes radios a la cabeza; es también gran parte de la sociedad la que nunca piensa que nadie hace nada si no es en su provecho, principalmente económico. En buena medida la culpa es de nuestros políticos y financieros, que en los últimos años han acaparado para mal lo que se denomina la vida pública. Han sido tan abundantes los casos de corrupción y engaño, tantas las raterías que se han ido descubriendo, que sin duda han abonado el refrán mencionado, y me temo que por mucho tiempo. Pero considerar que unos cuantos políticos robaperas con capaces de marcar el rumbo de todo un país es concederles excesiva importancia.

Más grave es, en lo que se refiere a este gremio y también al de los periodistas, que nunca se reconozca nada. Nunca se reconoce una mentira, un error o una calumnia, nunca un mérito de un adversario, nunca su actuación atinada. Nunca se piden disculpas por las acusaciones vertidas cuando se demuestran falaces, nunca por las predicciones maliciosas cuando no se cumplen, nunca por los juicios parciales y apresurados cuando resultan injustos. Casi nunca se rectifica ni se repara un daño, jamás hay que pesar por el perjuicio infligido a alguien deliberada o involuntariamente. Todo lo contrario: se insiste. Cuando se prueba que alguien no hizo algo por los motivos que se le imputaban, en seguida se buscan otros no menos ruines; cuando se ve que no incurrió en lo que esperaban los malpensados, se achaca a maniobras aún más bajas que las que llevaron a pronosticar lo que por fin no hubo; si un político hace lo que se le pide desde el bando opuesto, no se dirá que ha entrado en razón y se ha comportado como es debido, sino que se le ridiculizará, se lo tildará de calzonazos o se afirmará que ha obedecido misteriosas órdenes de no se sabe quién para mejor hacer la próxima jugarreta. Y aún es más: si alguien se justifica, se lo acusará de justificarse; si milagrosamente se disculpa, se lo acusará de disculparse; si se enmienda, de enmendarse; si permanece en su cargo, de aferrarse al sillón; si dimite, de dimitir a deshoras y cobardemente; si hace lo que criticó en otros, de hacerlo; si es consecuente y no lo hace una vez en su cargo, de traidor y blando.

Así no hay manera, y en eso sin embargo llevamos tiempo instalados.

Qué futuro aguarda a quien sabe que se lo censurará por sistema, no importa cómo se conduzca. (…)

Javier Marías, Mano de sombra.

Comienzos con garra II

Dos de los tres han muerto desde que me fui de Oxford, y eso me hace pensar, supersticiosamente, que quizá esperaron a que yo llegara y consumiera mi tiempo allí para darme ocasión de conocerlos y para que ahora pueda hablar de ellos. Puede, por tanto, que-siempre supersticiosamente-esté obligado a hablar de ellos. No murieron hasta que yo dejé de tratarlos. De haber seguido en sus vidas y en Oxford(de haber seguido en sus vidas cotidianamente), tal vez aún estuvieran vivos. Este pensamiento no es sólo supersticioso, es también vanidoso.

Javier Marías, Todas las almas.

Los descontentos

Está uno harto de recordar –y ustedes aburridos de que yo lo haga– el viejo adagio de mi familia: “Nunca se debe intentar contentar a quienes nunca se van a dar por contentos”. Y sin embargo es algo que en España hay que sacar a colación continuamente, como si no darnos nunca por contentos fuera uno de nuestros mayores vicios, o más bien ardides. Es este un país lleno de gente insaciable, a la que nada parece jamás bastante, que ve cualquier gentileza o concesión no como deseo de tener la fiesta en paz y llegar a acuerdos, ni como recapacitación y afán de ser justo, sino como síntoma de debilidad inequívoca de quien cede, y por lo tanto como señal para tirar de la cuerda y forzar aún más las situaciones. Lo más sorprendente es que nadie haga caso de ese adagio, que nadie se plantee lo inútil y aun lo contraproducente de intentar contentar a quienes jamás van a darse por satisfechos.

(…)

Porque también los hay de millares de individuos, y estoy seguro de que ustedes se las habrán visto en la vida con alguna persona así. Habrán puesto paños calientes y tenido infinitas buena fe y paciencia con ellas, habrán procurado agradarlas y apaciguarlas, las habrán tratado con guante blanco ante su enorme susceptibilidad y su imparable exigencia …, y no habrán conseguido sino recibir reproches y broncas, se habrán sentido en insaldable y permanente deuda con ellas, habrán experimentado la desagradable e injusta sensación de que, por mucho que hicieran ustedes en provecho suyo, ellas no sólo no iban a agradecérselo, sino que lo iban a tomar como algo lógico y debido y además insuficiente. Son personas imposibles, desesperantes, con las que lo mejor que puede hacerse es romper todo vínculo y trato, no tenerlo malo ni esforzarse por tenerlo bueno (una quimera, esto último). Son individuos que en seguida pierden de vista lo que es una deferencia o un gran favor por nuestra parte, que consideran “derechos adquiridos” lo que graciosa y voluntariamente les otorgamos un día, que olvidan que no tenemos ningún deber para con ellos, y que, si les retiramos nuestra protección o beneficio, lo juzgarán una agresión, nada menos. Recuerdo haber tenido amigos a los que favorecía en lo posible: sugería su nombre para trabajos o viajes; lograba que se los invitara a donde no lo habían sido; hacía gestiones para que se los publicara o tradujera; los ayudaba a mejorar sus tarifas, sin llegar a la indecencia de recomendar públicamente lo que de ellos no me gustaba. Al terminar la amistad, me abstuve de perjudicarlos, pero sí dejé de echarles aquellas manos, y ellos entendieron la mera cesación de un apoyo –nada más comprensible, si yo me había considerado traicionado– como una declaración de hostilidades por mi parte. Hasta tal punto habían olvidado que se trataba algo espontáneo y amistoso, a lo que no estaba en modo alguno obligado.(…)

«No católicos sino catolicistas» en Lo que no vengo a decir, de Javier Marías.

Divagaciones

‘Cualquier relación entre las personas es siempre un cúmulo de problemas, de forcejeos, también de ofensas y humillaciones’, pensé. ‘Todo el mundo obliga a todo el mundo’, pensé. ‘Este individuo Bill ya ha obligado a Berta, y Berta está tratando de obligarme a mí, Bill ha forcejeado, también la ha ofendido y ya la ha humillado antes de conocerse, quizá ella no se da cuenta o en el fondo no le importa, vive instalada en eso, Berta forcejea conmigo para convencerme, como Miriam con Guillermo para que se case con ella, y quizá Guillermo con su mujer española para que por fin se muera, forcejea para su muerte. Yo he forcejeado y obligado a Luisa, o fue Luisa a mí, no está claro, contra quién forcejearía mi padre, o quién lo ofendería y lo obligaría, o cómo ocurrió que en su vida hay dos muertes, quizá forcejeó para alguna, no quiero saberlo, el mundo es plácido cuando no se sabe, no sería mejor que nos estuviéramos todos quietos. Pero aunque nos estemos quietos hay problemas y forcejeos y humillaciones y ofensas, y también obligaciones, a veces nos obligamos a nosotros mismos, sentido del deber se llama, quizá mi deber es ayudar a Berta en lo que me pida, hay que dar importancia a lo que la tiene para los amigos, si me niego a ayudarla la ofenderé, y la humillaré, toda negativa es siempre una ofensa y un forcejeo, y es verdad que la he visto desnuda, peto eso fue hace mucho tiempo, lo sé pero no lo recuerdo, han pasado quince años y ella es mayor y cojea, era joven entonces y no había sufrido accidentes y sus piernas eran iguales, por qué habrá tenido que recurrir a eso, nunca mencionábamos nuestro pasado tan mínimo, mínimo en sí y frente al presente tan largo, yo también era joven, aquello ocurrió y a la vez no ha ocurrido, al igual que todo, por qué hacer ni no hacer, por qué decir sí o no, por qué fatigarse con un quizá o un tal vez, por qué decir, por qué callar, por qué negarse, por qué saber nada si nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente, lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que tomamos y asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos, volcamos toda nuestra inteligencia y nuestros sentidos y nuestro afán en la tarea de discernir lo que será novelado, o ya lo está, y por eso estamos llenos de arrepentimientos y de ocasiones perdidas, de confirmaciones y reafirmaciones y ocasiones aprovechadas, cuando lo cierto es que nada se afirma y todo se va perdiendo. O acaso es que nunca hay nada.’

Javier Marías, Corazón tan blanco.

Comienzos con garra

No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó enseguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que le siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro, sin saber todavía qué hacer con él. Llevaba la servilleta en la mano, y no la soltó hasta que al cabo de un rato reparó en el sostén tirado sobre el bidet, y entonces lo cubrió con el paño que tenía a mano o tenía en la mano y sus labios habían manchado, como si le diera más vergüenza la visión de la prenda íntima que la del cuerpo derribado y semidesnudo con el que la prenda había estado en contacto hasta hacía muy poco: el cuerpo sentado a la mesa o alejándose por el pasillo o también de pie. Antes, con gesto automático, el padre había cerrado el grifo del lavabo, el del agua fría, que estaba abierto con mucha presión. La hija había estado llorando mientras se ponía ante el espejo, se abría la blusa, se quitaba el sostén y se buscaba el corazón(…)

Javier Marías, Corazón tan blanco.