Filosofía

¿Y cómo fue su infancia? La viví como una infancia infeliz. Bueno, no era nada trágico, no me pegaban, pero la viví como una infancia infeliz porque mi madre era infeliz. Mi madre era una mujer depresiva, además infeliz en su pareja, con un marido, mi padre, que era un hombre muy duro, no era violento, pero era realmente duro. Por tanto, toda mi infancia la viví con la infelicidad de mi madre. Yo era de temperamento algo serio, no soy espontáneamente alegre y sereno. Soy más bien sombrío y angustiado, porque nací en la angustia y la infelicidad. De ahí que cuando descubrí la filosofía, esta me hiciera tanto bien. Tenía la sensación de que otra vida era posible. Además, mi madre era infeliz, pero también era…¿cómo decir? La palabra técnica sería histérica, pero es demasiado severo decirlo así, pero es que vivía por la apariencia, por el parecer sobre todo cuando se encontraba bien. Y cuando se encontraba muy mal era cuando se volvía verdadera. Por tanto, porque mi madre era así, yo tenía la sensación de que la felicidad era ficticia, que hacíamos como si fuéramos felices y que la infelicidad era la verdad. Y cuando leí a los filósofos griegos, descubrí la inversa, que la ilusión era lo que hacía que uno fuera infeliz, y la verdad, lo que hacía que uno fuera feliz. Por eso suelo decir que la filosofía griega fue mi «buena madre», en el sentido de madre amistosa, es decir, otra imagen de la relación entre la felicidad y la verdad. Para mi madre, la felicidad era ficticia, la infelicidad era verdadera; Epicuro y los demás filósofos griegos me enseñaron que podía ser a la inversa, que la ilusión hace infeliz y en la verdad se puede encontrar algo más de felicidad. Y por eso estudie filosofía; en el fondo pienso que uno estudia filosofía porque no es feliz. Justamente porque el objetivo de la filosofía es la felicidad, pues cuanto menos feliz, más necesitamos filosofar. Alguien que sea plenamente feliz, ¿por qué a a querer estudiar filosofía? Por tanto, tenía la sensación de que no se me daba bien «la vida», y sigo pensándolo, y cuando empecé a estudiar filosofía en el colegio, yo, que era un alumno regular, de repente tuve notas excepcionales, y me di cuenta de que se me daba mejor pensar que vivir.

André Comte-Sponville para EPS.

Suerte

«La suerte es extremadamente injusta y desde el tsunami lo creo aún más…La suerte y la fortuna son una putada, una verdadera putada; a mí me ha tocado el otro lado», afirma la española, afinando un concepto que saldrá varias veces en la conversación: la presencia de la suerte. «Pero, ¿quién soy yo para que el mar me haya devuelto a todos mis hijos? Por eso me cuesta hablar de la suerte: me parece un tema desgarrador. Hay un libro de estos sobre la suerte, uno que ha escrito un tipo de ESADE afirmando que es algo que tú puedes generar y controlar, y eso me produce autentico asco. La suerte es aleatoria, yo tuve la suerte de probar la buena de la misma forma que podría haber pasado al revés».

María Belón para EPS.

El momento de la gracia

Mientras escribo este artículo, con la prima de riesgo disparada, las bolsas cayendo a plomo, Krugman anunciando corralitos y Rajoy implorando ayuda a Europa, nuestro país parece un avión cruzando una tormenta: hace ya rato que se ha encendido el letrero de “Fasten your seat belts” (ya saben: Abróchense los cinturones), la gente se agarra a los reposabrazos de los asientos con los ojos cerrados y los labios bisbiseando, se oyen gritos cada vez que la nave da un sacudón, las mamás hablan con los niños, algún señor vomita en una bolsa de papel y las azafatas y los sobrecargos fingen una tranquilidad que no sienten. Todos intentamos usar la razón, claro: nos decimos que no pasará nada, que se mata menos gente en avión que en coche o en tren, que al final aterrizaremos sanos y salvos y todo el mundo se romperá las manos aplaudiendo al capitán; pero la razón no lo puede todo, y siempre hay una vocecita que nos sugiere que, como en el poema de José María Valverde, en cualquier momento el letrero de “Fasten your seat belts” puede ser sustituido por el de “Say your prayers” (ya saben: Diga sus oraciones).

La comparación es mala: en el accidente de un avión casi nunca hay supervivientes; en el de un país, en cambio, siempre los hay, porque los pasajeros de primera clase se salvan, mientras que los de clase turista no: por eso es mucho más exacto comparar nuestra situación con la de un barco que amenaza con hundirse (y por eso, la próxima vez que lean que alguien dice que esto es como el Titanic, porque o nos salvamos todos o nos ahogamos todos, píntenle un bigote en la foto de mi parte). Sea como sea, mi impresión es que en estas circunstancias el optimismo es casi un deber moral. No teman: no voy a infligirles una arenga patriótica, aunque tampoco me parecería de una demagogia intolerable pedir un poco de calma a fin de que no se pise el cuello y los genitales a los niños, mujeres y ancianos que intentan salir del barco antes que nosotros (desengañémonos: eso es lo que están haciendo quienes se han apresurado a poner su dinero a buen recaudo en bancos ingleses, norteamericanos, suizos y alemanes). Yo entiendo muy bien que nos pongamos nerviosos; es verdad, además, que los tipos como yo somos los menos indicados para hablar del asunto: al fin y al cabo, en estas situaciones los neuróticos de sanatorio llevamos ventaja, porque hemos vivido tantas veces el Apocalipsis en nuestra imaginación que cuando parece que llega de verdad, lo afrontamos mejor que las personas normales. Hecha esta puntualización, yo diría que no está mal tratar de conservar una mínima decencia; y añado: si nos van a lapidar, que nos lapiden, pero al menos no perdamos del todo las formas. Recuerden además que mucha gente se está forrando con nuestro miedo, y que el valiente muere una vez, mientras que el cobarde muere mil veces. Pero, en fin, lo que yo quería decir hoy es algo más elemental; es esto: ¡amiguitos, en peores plazas hemos toreado! Piensen en sus padres o en sus abuelos, sin ir más lejos: comparado con lo que ellos vivieron, lo que nosotros estamos viviendo es una broma. Como saben los historiadores, es falso que la historia nunca se repita; al contrario: siempre tiende a repetirse, porque, como dijo Bernard Shaw, lo único que se aprende de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia. La última crisis parecida a esta de ahora, la del 29, se saldó en España con una guerra civil, y en Europa, con 50 millones de muertos; pero de momento no parece demasiado verosímil que, a pesar de todas las tonterías que está haciendo Europa, nos hallemos a las puertas de otra guerra total (de hecho, llevamos ya cuatro años de crisis y Hitler todavía no ha subido al poder en Alemania), y tampoco parece muy probable que usted y yo vayamos a vernos de nuevo en la frontera francesa, con un colchón debajo del brazo, los niños en una mano y la abuela en la otra. Gracias a Dios, parece que por esta vez Bernard Shaw se equivoca. Quien no se equivoca es Hemingway, como mínimo cuando declaró que el coraje no es otra cosa que gracia bajo presión. Este es el momento de la gracia. Es verdad que nuestros políticos no ayudan demasiado: no creo que nadie esperase de ellos que hiciesen como los capitanes de las novelas de nuestra infancia y nos gritasen en lo peor de la tormenta que los atásemos al timón; pero muchos tampoco esperábamos que a todos se les pusiese cara de Francesco Schettino, aquel capitán del Costa Concordia que solo pensaba en ganar las próximas elecciones mientras su barco amenazaba con hundirse. De todos modos, da lo mismo. Repito que en peores plazas hemos toreado. Además, aunque los últimos 30 años habían estado bien, lo cierto es que resultaban un poco irreales, y quizá amenazaban con convertirnos definitivamente en una perfecta panda de idiotas, quiero decir en un país de nuevos ricos, con toda la prepotencia, la estupidez y la grosería de los nuevos ricos. Ahora volvemos a la realidad; ahora es cuando quizá pueda esperarse otra vez algo grande de nosotros.

El País semanal, 10 de junio de 2012.