Louis Armstrong

Dejamos atrás la calle del artista.

Esperábamos algo tan acogedor y tan modesto, pero no ha dejado de asombrarnos que fuera tan acogedor y tan modesto. El impacto de respirar la humilde intimidad de alguien del que ya nadie niega su grandeza, ni artística ni humana. Pero en este caso no hay cursilería ni sentimentalismo en la emoción. No hay manera de vincular la procelosa vida de Amstrong con la nuestra. No podemos imaginar cómo alguien que creció en el lumpen, que vivió de la caridad o que padeció la humillación del racismo pudo encarar la vida con tanta alegría. Era un ser tocado por la gracia, un elegido. Podría haber sido un delincuente, podría haber sido un cabrón, podría haber sido un desgraciado. Pero fue un hombre de buen corazón y generoso.

Su museo está donde tiene que estar, en Corona. Cuando pintaron el exterior de su casa se empeño en pintar también la de los vecinos porque le daba apuro que su casa pudiera resultar ostentosa.

Elvira Lindo, Lugares que no quiero compartir con nadie.

Paisanos

Vientos del pueblo.

En este pueblo se nos quiere. Al principio creíamos que no, porque nadie nos saluda por la calle y nos miran como malencarados, pero el alcalde nos dijo que lo hacen por respetar nuestra intimidad. Vamos, la respetan tanto tanto que a veces no nos saluda ni la cajera del súper. Un día nos faltaban 50 céntimos a la hora de pagar. Pensamos que nos iban a fiar, pero no. La cajera dijo: ‘Tendrá usted que dejar un Bio’. Y lo dejamos. Fuimos al alcalde otra vez no por chivateo, sino porque nos gusta conocer la idiosincrasia, y nos dijo que la cajera lo había hecho para que sintiéramos que nos trataba igual de mal que a cualquiera. Es extraño eso de saber que tantas personas te quieren y que lo disimulen tanto. Cualquiera que no estuviera en el ajo pensaría que su mirada torva es de enemistad, pero nosotros sabemos (por el alcalde) la simpatía que generamos.

Los niños, por ejemplo, soñaban con tener amigos cuando llegamos hace cinco años. Les llevamos a las fiestas pensando que era un lugar idóneo para hacer amiguitos. Cuando volvieron lloraban y decían que todos los niños del pueblo les tenían manía. Pensamos que era una tontería de críos; es más, mi santo les reprendió, dijo que probablemente ellos habían mostrado la arrogancia típica de los niños de ciudad. Pero a mí me quedaba la sombra de una duda, por decirlo cinematográficamente. Y la noche siguiente hicimos que nos íbamos, pero nos escondimos tras la caseta del encargado de los coches de choque. No podíamos dar crédito a lo que estábamos viendo: el coche de nuestros niños fue literalmente acorralado, los chavales de otros coches tomaban impulso para golpearles con saña. Y lo peor era ver al encargado: se descojonaba. El alcalde, nos dijo, sonriendo, que era una manera, ruda pero noble, de hacerles a los niños forasteros un ritual de iniciación. Luego, le cogió a mi santo por el brazo y le dijo: ‘Tu mujer no puede entenderlo, es de Moratalaz. Pero tú que eres de pueblo te acordarás de cuando a los tontos se les tiraban piedras y al forastero al pilón, ¿había maldad en ello? Bien sabes que no. ¿No seréis vosotros los que tenéis que cambiar de actitud?’.

Hemos cambiado. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Por ejemplo, el otro día vino nuestro amigo Miguel Munárriz a vernos y paró en la plaza a preguntarle a un paisano por nuestra casa. Cinco amables lugareños hicieron corro: ‘Sí, hombre, la casa del hombre que ya no escribe’. Uno se ofreció a subirse en el coche de Munárriz para acompañarle. El hombre le contó lo siguiente: ‘Yo estuve trabajando para ellos. A él no se le ve mala persona, que escriba o no escriba, eso no le puedo decir, pero se ve que es un hombre que con otra mujer hubiera llegado lejos… Ella no es mala, pero tiene un carácter -con todos mis respetos- fundamentalmente insoportable. Lo digo como operario y como persona. Luego esos chiquillos, tan consentidos, no les verá levantarse de la cama antes de las doce. Y ese hombre, esclavizado, que si haciendo comidas, que si el jardín, que si la compra, ¿cuándo va a escribir ese hombre, si ese hombre no tiene tiempo material? Ella sí que escribe, tiene más tiempo. Yo a mi mujer le digo lo mismo que Jesulín a la Campanario, tú cuidas de la casa, de los hijos y de mí, luego, haz lo que quieras, pero dentro de una lógica. Coincido con el diestro de Ubrique. Mire, aquí viven: el amarillo del chalé tiene cojones, luego dicen que la casa del Príncipe parece un hostal, pero ésta es talmente un puticlub. Bueno, dígales que un día que esté católico paso a tapar la zanja, y que recuerdos de Evelio’.

Munárriz estaba indignado, porque lo interpretó como una grosería. Pobrecillo, no supo entender el cariño que con el tiempo nos ha tomado este pueblo entrañable.

Elvira Lindo, Tinto de verano III. Otro verano contigo.

Calumnias.

Ya está. Lo consiguieron: el presidente de Estados Unidos, un negro que tiene Hussein como segundo nombre, ha mostrado su partida de nacimiento, y ese ser llamado Donald Trump, el último en apuntarse a las sospechas sobre el “verdadero” origen de Obama, se ha tomado este gesto como una victoria. Lo es: lo que viene a demostrar esa partida de nacimiento enviada a todos los medios de comunicación acreditados en la Casa Blanca es que siempre hay público para la estupidez. La prensa lo sabe y lo explota. Mi impresión es que cuando Barack Obama, en el encuentro con los medios esta semana, dijo aquello de “no quiero terminar sin decirles algo”, no estaba utilizando a los periodistas para que sacaran de dudas al millonario Trump sobre su lugar de nacimiento; no, Obama estaba dirigiéndose a aquellos a los que se les supone oficio para seleccionar la información, para acreditar su veracidad y no dar pábulo a rumores sin fundamento.

Yo lo entendí como una pequeña bronca. Y en este caso tenía razón. Habló con una sonrisa en los labios, pero no hubiera hecho una declaración de este tipo si no hubiera un número significativo de estadounidenses que aún piensan que Obama es musulmán y que no nació en territorio americano. El mundo está lleno de idiotas. El mundo está lleno de idiotas que tienen dinero, pero se supone que los periodistas han de hacer algo más que prestar oídos a lo que fabule un idiota dañino, que, en mi opinión, es el tipo de idiota de la peor especie, porque los hay inofensivos, incluso candorosos, dedicados a creer que Elvis está vivo y Walt Disney listo para su descongelación, pero los idiotas dañinos siembran la ira en el alma de ciertos ignorantes que están deseando tener razones para liquidar a un enemigo. El difamador no suele rendirse. Si la duda ha sido resuelta, si el presidente de su país hace pública su partida de nacimiento, el difamador contesta, ¡ja!, ahora, habrá que averiguar si ese documento es verdadero. Y aunque sea difícil creerlo para las personas racionales, esa nueva sospecha tendrá su público, porque siempre hay público para la estupidez, y no hay tribunal, presidente o evidencia que borre de la mente de un ignorante orgulloso de serlo una sospecha que le hace sentirse sagaz y en conocimiento de algo que desconocen sus semejantes. Para el intoxicador cualquier argumento es válido con tal de hacer daño y desviar la atención al terreno de la mentira y la superstición. Nosotros tenemos lo nuestro también: el asunto de las sedaciones del hospital público de Leganés es uno de los más tristes capítulos de los últimos tiempos. Una denuncia anónima enciende la mecha y a los pocos días son muchos los medios que, a través de sus comentaristas o columnistas, convierten la sospecha en evidencia: no les cabe la menor duda de que hay un equipo sanitario, liderado por el doctor Montes, que se dedica a liquidar enfermos. Los más burdos echan mano del insulto, los más sofisticados apelan a la filosofía o la ciencia para llegar a la misma conclusión, que hay una sala en ese hospital de la que nadie sale vivo. ¿Cuál es la razón? Eso lo dejamos al criterio del consumidor: matar por matar, dejar en este mundo sólo a los sanotes, conseguir camas libres para otros enfermos, despachar rápido a los ancianos… Qué importa. Todas esas informaciones fueron ilustradas con el rostro de ese médico, Montes, que unas veces aparecía con bata y otras vestido de paisano y sin corbata, lo que a juicio del exportavoz del Gobierno Miguel Ángel Rodríguez se llamaría un desarrapado. Y ese público siempre anhelante de noticias que corroboren su certeza de que ya no hay moral, ni orden, ni piedad, veía, vaya si veía, en la cara del médico el rostro de un verdugo. De nada sirvió que un tribunal eliminara toda referencia a mala praxis a Montes y su equipo. Al mal ya se le había puesto cara, y siempre habrá personas a las que ni un tribunal, ni un presidente ni la misma evidencia harán cambiar de opinión. Tal vez alguna de ellas habrá sentido que el suelo temblaba bajo sus pies cuando un médico, en un hospital público, se negara por miedo a paliar el dolor de su hija, de su madre o su hermano. Tal vez. Esta es una vieja historia. Habrá de repetirse una vez y otra. Cierto es que hay climas políticos que favorecen la calumnia, el escarnio o la mentira, y también cierto que los medios de comunicación a menudo favorecen que columnistas y opinadores les hagan el trabajo sucio, suelten por esa boca en aras de la libertad de expresión aquello que no se sienten impelidos a demostrar: es una opinión, ¡su sagrada opinión! Todo con tal de animar un espectáculo que sólo conduce a la ignorancia. Estoy convencida de que aquellos justos que acusan con tanta ligereza con frecuencia no creen en lo que están afirmando. Es el cinismo, el ansia de victoria, la falta de juego limpio con el adversario lo que les anima y les da fuelle. Para ellos la recompensa estará en el bar la mañana siguiente, cuando alguien se les acerque y les diga, con una palmada en la espalda, que menos mal que hay gente como él, como ellos, que se arriesgan a decir lo que nadie se atreve. Y a nuestro héroe se le quedará en el rostro una sonrisa beatífica, la de los que soportan el peso de la verdad sobre sus hombros.

Elvira Lindo para “El País”, Calumnia, que algo queda. 01/05/2011

Cultura reactiva.

Hacer siempre es difícil. Hacer una mesa sólida, dar una buena clase, preparar una comida sabrosa, escribir un artículo redondo, pintar un cuadro misterioso, cortar un vestido elegante, crear una novela memorable, componer una canción para recordar. Hacer algo bien es siempre difícil. Pero, si me apuran, aunque el resultado no apunte a la excelencia, la mesa no sea práctica, la clase resulte tediosa, la comida insulsa y la canción olvidable también habrá detrás un trabajo. Hacer supone un riesgo. No siempre los resultados son como uno espera. Sea como fuere, me merecen más respeto los que hacen que los que, protegidos por su inactividad, se dedican solo a reaccionar ante las obras de otros. Cuánto le gustaba a Pla esa frase de Paul Valéry, “la horrible facilidad de destruir”. Sí, ese es el signo de los tiempos, la tendencia imparable a emitir un juicio inmediato sobre lo que otros hacen. Todos formamos parte de un jurado popular. Entramos en un artículo y comentamos, “este tío no tiene ni puta idea de lo que dice”; o alertamos a nuestros amigos de las redes sociales, “mucho me temo que ese libro es pura bazofia”. Casi ni hace falta ver las cosas que otro hace para juzgarlas. Lo importante, en esta democracia de la reacción, es la rapidez con que uno puede aliviar su ira. Jaron Lanier, uno de los pioneros de Internet que popularizó el término “realidad virtual”, ya alertó sobre esa cultura reactiva, que no se limita a la Red sino que se ha instaurado como costumbre: incluso las columnas están plagadas de reacciones ante lo que han escrito otros. Hacer siempre es difícil; reaccionar, sencillo. Hay personas que viven reaccionando. Y me pregunto cómo hay tantas reacciones en horario laboral: ¿no será que quienes reaccionan tan iracundos ante lo que hacen otros no están cumpliendo adecuadamente con su propio trabajo?

Elvira Lindo para El País.

Grupos.

Y por medio andan los amigos que, en esa edad en la que no entiendes más moral que la que te dictan tus iguales, se convierten en guardianes de una infelicidad de manera más implacable que la que en un futuro ejercerá la propia familia.

Los amigos, mis amigos de entonces, acomodados en ese gregarismo que lo engullía todo, pareja, barrio y camaradas, y que señalaba cualquier signo de independencia, desde buscar pareja en otro ambiente a centrarse en una ambición personal y no compartida, como un abandono del grupo, como una traición.

Qué difícil era y es traicionar al grupo y qué fácil ser desleal con uno mismo. La deslealtad a uno mismo no se suele advertir en el presente, se camufla de malestar, de ansiedad difusa, porque éstas son sensaciones mucho más fáciles de sobrellevar. Yo nunca acabé de identificar aquello que no era más que una traición a mis deseos.

Elvira Lindo, Lo que me queda por vivir.