Razonamientos taurinos.

DECLARACIÓN DE INTENCIONES.

La fiesta de los toros es víctima de una doble incomprensión. Los que abominan de ella no entienden su sentido. No aspiramos a que lo compartan o defiendan; sólo a que sepan qué se encierra en el ritual cruento y violentísimo de la lidia. Creen los antitaurinos que el torero y el aficcionado sienten un elemental y primitivo placer sádico en el sufrimiento del toro, que imaginan similar al suyo de estar en el mismo trance. En ningún momento pretendo polemizar sobre este punto. Los animales (y los hombres entre ellos) sufren (sufrimos) de mil maneras y por las más variadas razones y sinrazones.

La fiesta de los toros es un rito y un espectáculo en que se conserva toda la violencia de la vida. Es-como se ha dicho-una tragedia en que los actores mueren de verdad. Fuera de la plaza, los toros y los hombres también mueren de verdad, pero esas matanzas no se ofrecen en espectáculo, al menos no se ofrecían hasta que la televisión inventó los realitichóus y los reportajes bélicos y de la naturaleza.

La fiesta de los toros somete a un protocolo rigurosísimo la lucha entre la vida y la muerte. La violencia del animal y del hombre se ciñen a unas normas estrictas. Cuando ocurre en esa lid se juzga como creación artítica, es decir, por la perfección formal con que se ejecuta.

Siempre ha existido en el hombre una atracción por el riesgo que pugna con el instinto de conservación. Desdichadamente, muchas veces esa pasión se ejerce contra terceros o redunda en perjuicio de personas que nada tienen que ver con la cuestión. En Río de Janeiro, por ejemplo, fue moda entre la juventud de las favelas viajar de pie sobre el techo de los vagones de tren, sorteando los cables de alta tensión que alimentan a la locomotora. No faltaban víctimas entre tan intrépidos acróbatas. Más lacerantes son las competiciones atomovilísticas en las vías urbanas (para eso no hace falta ir a Brasil) o las infracciones suicidas: conducir contra dirección, invadir el carril contrario cerca de un cambio de rasante… Estos amantes del peligro aspiran a una efímera y limitada notoriedad entre sus amigos y secuaces. Al fin, como dijo Tulio, «Honos alit artes» (‘El reconocimiento social alienta las artes’). La fiesta de los toros, que no es un improvisado ejercicio de temeridad, canaliza esa pasión por el riesgo sin daño de barras. Permite al hombre urbano del siglo XX entablar un contacto simbólico con las fuerzas de la naturaleza y participar en un rito que aúna lo dionisíaco (lo irracional y telúrico, la sangre y la violencia, lo genésico y lo letal) con lo apolíneo (lo reglado y medido, el sometimiento de la razón y la técnica, la transformación de los impulsos vitales en formas que aspiran a ser perfectas).

No sería impertinente decir- parodiando a Napoleón- que, a las cinco de la tarde, en cada plaza de toros se contemplan muchos siglos de historia. Niegan los detractores que la fiesta sea arte o cultura. Sin duda, tienen un concepto idealizado y aséptico de lo que significan estas dos palabras. Cualquiera que haya deambulado algo por las creaciones humanas y por las realidades antropológicas, se ha topado, no ya con lo violento, sino con lo cruel, lo monstruoso y lo abominable.

Los ritos taurinos están lejos de la asepsia de museo. La lidia, como su nombre indica, es una lucha, un enfrentamiento a muerte. Tiene una emoción inmediata porque los espectadores viven vicariamente la tensión y el peligro. Además, se reviste de un significado simbólico que es reminiscencia del camino de la humanidad para dominar las fuerzas naturales. Y, por último, sus lances encierran un sentido técnico: en ellos concurren conocimiento y habilidades, labrados por una tradición secular, que permiten transformar en algo armónico lo que en su origen debió de ser una desesperada reacción del insitinto.

Y aquí nos encontramos con la segunda incomprensión. Muchos espectadores, más o menos fervorosos, pero en ningún caso taurófobos, conocen de forma vaga e imprecisa el significado técnico y el valor simbólico de lo que ven año tras año en las ferias y fiestas patronales de su localidad. Comulgan con el rito, pero desde una fe ciega o, al menos, poco ilustrada. (…)

Felipe B. Pedraza, «Iniciación a la fiesta de los toros».

Sinceramente, profesor Pedraza, su argumentación no hay por dónde cogerla. Tres citas cultas, una referencia a la antropología y una disculpa para disfrazar el sadismo de la «fiesta» de los toros. Aspiramos a la cultura para domeñar lo salvaje que llevamos dentro. Tenemos un grave problema cuando la cultura se usa para justificar lo injustificable. Que tenemos instintos animales: por supuesto. Que es importante comprenderlos y apaciguarlos: también. Asesinar a una persona, planear una campaña militar, atarse los cordones de los zapatos… Todo eso también puede llegar a ser un arte.

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