Mi padre solía decir que no hay nada igual sino parecido. Parecidos encontramos muchos cada día, ya sea en el físico, en la historia o en lo que nos cuentan (o en libros que recuerdan sospechosamente a otros libros) Y parecido es lo que encontré entre cierta historia no confirmada del presidente estadounidense Lincoln y los famosos vaqueros de Brokeback Mountain.
Ahora mismo estoy leyendo dos libros interesantes: uno sobre gays en la historia y otro sobre economía y desastres financieros.
El primero relata una episodio de la vida de Abraham Lincoln (no confirmado) en el que se habla de una posible relación homosexual con un tal Joshua Speed. Llamemos a esta historia “de cómo Abraham Lincoln se pasó cuatro años durmiendo en la misma cama con un abacero de Springfield“. Este suceso, rescatado por Larry Kramer, no cuenta con pruebas irrefutables, sólo con conjeturas. De hecho, muchos historiadores consideran a Kramer un pseudohistoriador. Dicho señor dice poseer un diario de Speed, en el que se confirma la relación, pero que no quiere sacar a la luz por motivos de imagen del presidente. Sospechoso.
La historia comienza cuando Abe se traslada al próspero pueblo de Springfield para buscar mayor fortuna como abogado. Recordemos que en ese tiempo, Lincoln pasaba penurias económicas. Ante la dificultad para encontrar un hospedaje económico, Speed decide ofrecerle su propia casa. Y eso es lo único que sabemos a ciencia cierta: que Lincoln compartió cama durante cuatro años con el abacero.
Dejemos que hable el libro.
En un cálido atardecer de 1837 un joven viajero polvoriento atraviesa la calle mayor de Springfield, Illinois, cargando dos maletas viejas como único equipaje. Aparenta algo menos de 30 años, su figura es alta y desgarbada, de largos brazos colgando desde los hombros estrechos hasta las manos grandes y ásperas. Una barba oscura escondo el mentón huidizo bajon la boca amplio y los pómulos prominentes(…)
El forastéro entra en un comercio de abacería y artículos de labranza, para preguntar sobre un sitio barato donde alojarse. Le indican cómo llegar a un hotelucho cercano, pero poco después regresa para explicar que los precios son demasiado altos para su exiguo bolsillo. Permanece allí de pie, desconcertado, mirando con sus ojos tristes al joven abacero. Éste, un muchacho de 23 años, llamado Joshua Speed, se apiada de su inesperado visitante y le invita a compartir gratis su propio lecho, en la parte alta del local. Abraham Lincoln sube a inspeccionar la cama de su anfitrión y decide aceptar el ofrecimiento, con tal de tener dónde dormir. Algo debió ocurrir aquella noche, porque Abe y Joshua continuaron durmiendo juntos durante los cuatro años siguientes (…)
Durante el cuarto año de íntima convivencia, Joshua comenzó a rumiar la idea de cerrar su tambaleante negocio y regresar junto a su familia, que poseía una rica plantación en Kentucky. Al parecer el plan no incluía a Abe, y no sabemos si éste, para seguir a Speed, hubiera abandonado el próspero bufete del que era socio. Lo que sí sabemos es que en esa misma época Lincoln(…) comenzó a salir con una vivaz joven de sociedad llamada Mary Todd. Al poco tiempo ambos se comprometieron(…) Por fin el reticente novio decidió romper el compromiso(…)
Finalmente Speed volvió a casa, y Lincoln cayó en una fuerte depresión que acabó minando su salud. Siete meses después de su partida, Joshua supo de la postración de su amigo y lo invitó a la finca familiar en Kentucky, donde fue atendido y mimado hasta recuperarse. Poco después partió en busca de sus altos destinos, pero los dos amigos siguieron viéndose cada tanto y mantuvieron durante décadas una íntima y frecuente correspondencia.
En relación al tema de los vaqueros y otros personajes típicamente solitarios del universo yanki, el capítulo nos habla de las relaciones entre los pioneros. Sin extrapolar nuestra concepción de la homosexualidad a esta época, sí es verdad que:
Los académicos más liberales aceptan que los rudos pioneros dormían a menudo juntos, que la escasez de mujeres podía motivarles fantasías y deseos homoeróticos, y que a veces llegaban a aparearse entre ellos (….) Kramer responde que de juegos inocentes nada, y que la relación sexual entre hombres era una conducta consciente y frecuente entre los pioneros del siglo XIX (¿se sigue con la tradición?) En su opinión la homosexualidad llegó a constituir una verdadera subcultura de frontera, que dio lugar también a pingues negocios. Pone como ejemplo los “campamentos” que ciertas agencias clandestinas organizaban para grupos de hombres solos. La excusa era el disfrute la naturaleza y la vida al aire libre, una oferta un poco extraña para un público mayoritariamente rural. Lo cierto es que los excursionitas eran llevados a lugares apartados y solitarios, donde pasaban la noche ocupando las tiendas por parejas(…) Como prueba de su existencia leyó en Madison un folleto de la época, en el que un tal Dan el Guapo, de Kansas, invita “a señores adeptos” a una excursión para dormir al aire libre. “¿Adeptos a qué…?”
Últimamente, el señor Kramer ha defendido que quizás el asesinato de Lincoln estuviese relacionado con homofobia. En fin… el tiempo dirá y esperemos que con pruebas.
Entonces parece ser que evidentemente la ecuación vaqueros, aire libre y EEUU nos da homosexualidad como en la película. No en todos los casos pero sí en algunos.
Es cansina la eterna discusión sobre términos como homoerótico, homosexual, heterosexual, etc. Se trata pura y llanamente de sentimientos, de gente adulta que elige lo que quiere hacer con su vida y que tiene el perfecto derecho de invitar a su cama a quien le dé la gana. Aunque las teorías de Margaret Maed no están muy de moda ahora, sí convendría volver a revisar sus libros sobre la teoría de los géneros. Enterramos nuestro derecho a estar con quién queramos entre palabrería y estúpidas convicciones sociales. Todos los ciudadanos tienen que regirse por unas leyes, pagar los mismos impuestos y respetarse mutuamente para equilibrar las tensiones que ya existen en el mundo. Yo creo en la “normalidad” para todos: el derecho a sentirse un ciudadano como otro cualquiera. Eso no significa que me valga todo: la zoofilia y la pederastría no las acepto como práctica sexuales, sino como aberraciones. No se puede confundir la gimnasia con la magnesia.
A pesar que que usamos el verbo “ser” (que indica algo permanente, por ejemplo, soy heterosexual) creo que deberíamos emplear el “estar” (no permanente, por ejemplo, estoy homosexual) ya que ni sabemos lo que haremos mañana y ni con quién dormiremos. Eso sí, nos permitimos el lujo de decir “está muerto”. Por mucha resurrección que nos prometan, pues va a ser que no.
Me he quedado un poco impactada sobre la posible relación de otros dos hombres que se suponía que vivían “en la frontera”: Robin Hood y Little John.
Concuerdo: el hacer cualquier cosa que no le suponga un daño a nadie me parece legítimo desde todos los puntos de vista. El adulterio, por ejemplo, puede ser muy aceptable si todas las partes están de acuerdo, y ha habido casos. Es quizás por eso que la zoofilia y la pederastia nos parecen aberraciones, porque vemos un daño evidente. Algunos pueden alegar que un beso entre homosexuales les produce un daño estético, pero en ese caso los que se quejan suelen ser los causantes de su propio “daño”: no hay más que aplicar el “ojos que no ven…” y dedicarse a la propia felicidad sin inmiscuirse en la de los demás para arreglar el asunto.
Pues sí. El libro (que acabo de terminar… yo no soy una lectora “lineal”) confirma mucho de lo que hemos comentado tú y yo. Sobre lo permanente, dice de la edad isabelina: “La sociedad isabelina no concebía la homosexualidad como una opción diferente y perenne, ni tampoco que alguien debería ser sólo heterosexual toda su vida”.
Sobre el daño, Voltaire (¡hombre!, ¡un ilustrado por aquí!) apunta lo siguiente: “En su larga vida Voltaire llegó a opinar sobre todo lo humano y lo divino, incluyendo la inclinación homosexual, que entonces se denominaba sodomía. En una época en que tal tipo de conducta era duramente castigada por las leyes, tuvo el valor de afirmar que, si no estaba acompañada de violencia, era un acto privado que no podía constituir delito”