Malpensados

A veces me pregunto ingenuamente por qué se ha instalado tanto en nuestra sociedad ese estúpido precepto de nuestro refranero, “Piensa mal y acertarás”. O más bien por qué se ha instalado la primera parte de esa norma sin que apenas importe el cumplimiento de la segunda, esto es, sin que a los malpensados les interese mucho el resultado de sus sospechas y sin que el fracaso ocasional de su práctica los lleve a variarla, enmendarla o renunciar a ella. Hay demasiada gente que pese a comprobar una y otra vez que no acertó al pensar mal, seguirá empecinada en hacerlo, en ver el mundo con pésimos ojos, en tener la desconfianza y el recelo por brújula en sus relaciones con sus vecinos y en sus juicios acerca de ellos, en considerar que nunca se hace nada no ya desinteresada o generosamente, sino ni siquiera inmotivadamente. Como si lo caprichoso y gratuito estuviera abolido y fuera imposible, como si toda acción, toda palabra, toda iniciativa obedecieran siempre-siempre-a motivos falsos o a intereses egoístas. Como si las personas no dieran a menudo palos de ciego o se comportaran atolondradamente, por no llevar la contraria y asegurar que a veces se mueven por buenas causas y por fines nobles.

Esto es lo que por general se niega, sobre todo a los personajes públicos. No son sólo tanto los medios de comunicación, con las maledicentes radios a la cabeza; es también gran parte de la sociedad la que nunca piensa que nadie hace nada si no es en su provecho, principalmente económico. En buena medida la culpa es de nuestros políticos y financieros, que en los últimos años han acaparado para mal lo que se denomina la vida pública. Han sido tan abundantes los casos de corrupción y engaño, tantas las raterías que se han ido descubriendo, que sin duda han abonado el refrán mencionado, y me temo que por mucho tiempo. Pero considerar que unos cuantos políticos robaperas con capaces de marcar el rumbo de todo un país es concederles excesiva importancia.

Más grave es, en lo que se refiere a este gremio y también al de los periodistas, que nunca se reconozca nada. Nunca se reconoce una mentira, un error o una calumnia, nunca un mérito de un adversario, nunca su actuación atinada. Nunca se piden disculpas por las acusaciones vertidas cuando se demuestran falaces, nunca por las predicciones maliciosas cuando no se cumplen, nunca por los juicios parciales y apresurados cuando resultan injustos. Casi nunca se rectifica ni se repara un daño, jamás hay que pesar por el perjuicio infligido a alguien deliberada o involuntariamente. Todo lo contrario: se insiste. Cuando se prueba que alguien no hizo algo por los motivos que se le imputaban, en seguida se buscan otros no menos ruines; cuando se ve que no incurrió en lo que esperaban los malpensados, se achaca a maniobras aún más bajas que las que llevaron a pronosticar lo que por fin no hubo; si un político hace lo que se le pide desde el bando opuesto, no se dirá que ha entrado en razón y se ha comportado como es debido, sino que se le ridiculizará, se lo tildará de calzonazos o se afirmará que ha obedecido misteriosas órdenes de no se sabe quién para mejor hacer la próxima jugarreta. Y aún es más: si alguien se justifica, se lo acusará de justificarse; si milagrosamente se disculpa, se lo acusará de disculparse; si se enmienda, de enmendarse; si permanece en su cargo, de aferrarse al sillón; si dimite, de dimitir a deshoras y cobardemente; si hace lo que criticó en otros, de hacerlo; si es consecuente y no lo hace una vez en su cargo, de traidor y blando.

Así no hay manera, y en eso sin embargo llevamos tiempo instalados.

Qué futuro aguarda a quien sabe que se lo censurará por sistema, no importa cómo se conduzca. (…)

Javier Marías, Mano de sombra.