La última palabra de Carrillo

Escribo estas líneas el día en que el Gobierno ha dado oficialmente la cifra de más de 5.200.000 parados que en las semanas, meses y hasta próximos años puede crecer inexorablemente. Los mercados, esas estructuras especulativas que funcionan como un gran casino tras el cual de hallan los bancos, las empresas inversoras y de calificación, conforman un sistema financiero que se ha convertido en el poder que hoy dirige al mundo y domina los poderes políticos. La sociedad ha perdido el control de su propio destino, control arrebatado por quienes no responden ante nadie de su gestión. La democracia no funciona, los poderes políticos se alejan del pueblo y al final a este solo le queda la calle para expresar su malestar y su confusión. Todo ello va conduciéndonos a una situación cada vez más caótica, de la que podría surgir hasta un nuevo fascismo.

La gente sencilla no comprende bien lo que sucede. No comprende que las medidas que le imponen sean las mismas en la Grecia endeudada y en la España o el Portugal empobreciéndose que en la rica Alemania. La austeridad que se aplica tiene consecuencias distintas para unos y para otros. Para los más pobres es sencillamente la ruina, que a este paso puede terminar afectando a todos. Y esto, ¿por qué? Porque hay que satisfacer a los mercados, que continúan sus juegos de casino, sus especulaciones, indiferentes a cuanto están sufriendo los pueblos enteros.

Se está diciendo que la solución a esta crisis es más Europa, más integración. Se ha puesto de moda el término gobernanza. Pero hasta ahora, los métodos con que se ha construido la UE han tenido poco de democráticos. Ha sido un obra de gobernantes y de tecnócratas más que de los mismos ciudadanos. Se ha construido muy por arriba, con un criterio que se ha llamado funcional. Y ahora se pretende hacer lo mismo con un nuevo pacto, preparado por los tecnócratas, que va a imponer el criterio de los más poderosos, y en último término el de los mercados.

Yo creo que hay dos caminos para construir Europa, y si no los hay debería haberlos: el de la derecha y el que debería elaborar la izquierda. Hasta ahora se ha seguido el de la derecha, que ha fomentado el euroescepticismo. Sería necesario pensar en un camino más democrático, que en vez de acentuar las distancias del desarrollo entre unos y otros países, ayude a superarlas. Si no, la gobernanza va a servir para profundizar en las diferencias, y la unida de Europa puede terminar saltando por los aires.

Volviendo a lo esencial, hay que hacer frente al crisis. Pienso que al convertir el problema de la deuda de los Estados en la cuestión principal, siguiendo el criterio del sistema financiero que la provocó, solo se ha conseguido convertirla en algo crónico que puede terminar muy mal para los países pobres y para los ricos. Ya se advierten signos de este peligro hasta en EE UU.

La cuestión principal no es la deuda, si no la crisis, que provoca paro, destruye empresas pequeñas, medianas e incluso algunas grandes y produce miseria y pobreza. Y su solución demanda serias reformas del sistema capitalista.

No se trata del fin del capitalismo. Se trata de que este sistema no funciona, y no funciona porque el actor financiero ha adquirido un desarrollo monstruoso que ya no solo impulsa al sector productivo, el comercio, los servicios, sino todo lo que es importante para normalizar la vida de los ciudadanos e incluso de los negocios no especulativos.

Se trataría de una reforma global que transforme el sector financiero en un servicio público a cargo de los Estados y de las instituciones internacionales adecuadas. Sé que es una reforma difícil, porque necesitaría de un nuevo pacto político y social entre el mundo del trabajo y del capital. Pero es una idea que necesitaría el apoyo de una izquierda mundial seriamente reformista, que hoy todavía está en pañales.

Sin reformas de este tipo, la sociedad retrocedería al período histórico en el que la disyuntiva reforma o revolución dividió a los sectores más avanzados de la sociedad.

El recurso que parecen defender los sectores dominantes hoy en la sociedad para salir del atasco de la crisis, utilizar los excedentes-las sobras-de la actual política de apoyo a la banca y de sumisión a los mercados, no es más que una trampa. Con las sobras no habrá para relanzar el crecimiento de la economía. Si la socialdemocracia no rompe con la actual política deberían de aparecer fuerzas nuevas que se hagan cargo de la tarea de salvar la civilización, el bienestar, la democracia y la paz, de impedir un retraso humano de más de un siglo.

Santiago Carrillo, Nadando a contracorriente(Prólogo, 2012).