El lugar de los valores Morales en la economía

Los resultados de la crisis están siendo sin duda devastadores para una gran parte de la humanidad. Basta con leer la prensa o escuchar las noticias diarias en radio, televisión, o acceder a través de internet, para tomar consciencia de que el sufrimiento humano es inmenso en distintos lugares de la tierra, desde las hambrunas de África, que acaban con cientos de miles de vidas de niños y adultos, pasando por las guerras ligadas a las fuentes de energía, el endeudamiento de países supuestamente desarrollados, el crecimiento del paro en esos mismos países, el aumento de una inmigración dispuesta a perder la vida en su intento por mejorarla y el imparable expolio del planeta.

En la llegada de este mundo dolorido y complejo ¿ha tenido algún papel la falta de determinados valores morales y tratar de encarnarlos podría ayudar a construir sociedades más justas? La respuesta a estas cuestiones no puede ser sino afirmativa sin ningún género de dudas.

A mi juicio, posibles causas éticas de esta situación han sido la crisis generalizada de confianza, provocada por la falta de transparencia en las prácticas bancarias, que dispersaron el riesgo en productos opacos, llevando a una desconfianza generalizada, cuando la confianza es el principal activo sobre el que descansa tanto la legitimidad como el funcionamiento del mundo financiero, empresarial y político, el principal “recurso moral” con el que pueden contar la empresas para generar reputación; el fallo en los mecanismos de regulación y control, que son el complemento necesario de la confianza; la falta de profesionalidad por parte de quienes actuaron por incentivos perversos y no por los valores de su profesión tanto en las entidades financieras como en las empresariales, cuando esas actividades se legitimaban por proporcionar a las gentes bienes y servicios de calidad y a un precio razonable, a través de ese mecanismo moderno que es el mercado y también de esa motivación, asimismo propia del mundo moderno, que es el afán de lucro, pero un lucro que se consigue mejor intentando atender a las expectativas legítimas de todos los afectados por su actividad; el fracaso de determinados modelos de vida consumista que aconsejan llevar a cabo conductas imprudentes e irresponsables a políticos. Empresarios y ciudadanos y, por último, la maldición del cortoplacismo, la necesidad de tomar decisiones a corto plazo, de tomar decisiones rápidas, que apenas deja tiempo para la reflexión, menos aún para decidir anticipando el futuro, cuando precisamente la celeridad de los cambios exige estar “bien entrenado”, tener los reflejos preparados para tomar buenas decisiones, y diseñar iniciativas de largo aliento, no limitadas al aquí y ahora. Y no sólo en el mundo empresarial, sino especialmente en el político. El hecho de que los partidos en el gobierno dispongan de cuatro años para desarrollar sus programas y que en realidad no persigan durante ese tiempo sino ganar de nuevo las elecciones , desplaza las reformas estructurales (sistema educativo, mercado laboral, productividad), tan necesarias según todos los especialistas, ad calendas graecas.

Naturalmente, ante un elencos de olvidos se impone la pregunta “¿qué hacer?” y la primera respuesta consistiría en decir que se hace necesario instaurar la transparencia, generar confianza a través de la reputación bien ganada, controlar sin oprimir e intentar que no paguen la crisis los más débiles, formar buenos profesionales que se sepan al servicio de las personas, optar por modelos de vida justos, forjarse un carácter, un êthos organizativo dispuesto a buscar el beneficio de forma prudente y justa: es decir, tratando de crear una buena sociedad, que es lo justo, y además la forma prudente de lograr beneficio.

Es una necesidad vital reflexionar sobre qué valores o qué falta de valores han incrementado el nivel de injusticia y sufrimiento y sobre cuáles queremos encarnar en la vida personal, pero también en las actividades políticas, económicas o sociales y en las organizaciones e instituciones que les sirven de plataforma.

La ciencia económica no puede excluir los valores de su tarea, sino que se ve obligada a reconocerles el lugar que les corresponde: no puede aferrarse al modelo mecanicista de ciencia, sino optar por el de una ciencia humana, de la que forman parte las decisiones de agentes humanos con capacidad de valorar. Y es urgente optar por los mejores valores.

Adela Cortina para Claves de la razón práctica, n° 217.