El conocimiento adquirido

Pues lo cierto es que el lector normal, aunque no conozca a los personajes de la noticia, creerá, aceptará, dará por descontado que un novio ha desnudado a su novia por considerar que su atuendo era demasiado osado. Seguramente no le importará en absoluto la identidad de ese novio, pero dará por supuestas su existencia y su actuación. Y aun cuando ese novio explique posteriormente que la noticia era falsa o un error, que le arrancó el vestido a su novia porque se le estaba quemando y corría el peligro de arder con él, será la primera versión la que, de manera consciente o inconsciente, deliberada o involuntaria, el lector guardará en su memoria o al menos en su imaginación. ¿Por qué? La razón a mi modo de ver, puede ser simple. Queremos que pasen cosas y nunca nos bastan, nuestro talante es eminentemente positivista y acumulativo, empírico y afirmativo, y difícilmente aceptamos algo (un hecho, un dato, una anécdota) que ha pasado a formar parte de nuestra “enciclopedia” pueda ser borrado como no existente o no acaecido. La anulación de lo que por un momento he sido, la reducción de nuestro saber (aunque sea imaginario, o conjetural, o inútil) resulta inadmisible para el hombre o mujer de fines del siglo XX. Si a la postre resulta que el novio no desnudó a su novia por atrevida, eso poco importa en realidad, pues pudo haber sucedido como se contó, y la mera posibilidad pasó ya a formar parte de nuestra imaginación, que por nada del mundo renunciará al conocimiento adquirido.

“Lo que no ocurre” en Pasiones pasadas, de Javier Marías.