Claudicación

En mi parecer el momento idóneo para dejar de fumar es aquel en que el fumador o la fumadora se encuentra en un estado de especial interés sobre sí o sobre su situación en la vida. Digamos que se encuentra en una encrucijada, de las que se conocen como excepcionalmente afortunadas o desafortunadas. Puntos duros.

En esa coyuntura, el sujeto no se soporta bien por el deplorable concepto que ha venido formándose sobre sí mismo (y el mundo) o, por lo contrario, “no se soporta” por la autosatisfacción que los logros profesionales, románticos o de otra índole le han proporcionado recientemente. En ambas tesituras se puede dejar de fumar y prolongar la abstinencia apreciablemente.

En el primer caso, el padecimiento de no fumar se toma como una punición merecida. En el segundo, no se puede volver la cara. Las épocas en las que sobrevienen sucesos importantes, buenos o malos, y que auspician un cambio, son favorables para abandonar la adicción al tabaco. (O para regresar a él cuando se ha abandonado.)

El tabaco es una cosmología. Para el sujeto que se encuentra circunstancialmente a mal consigo mismo, lograr refutar algunos de los signos de su vida presente, como es la relación con el tabaco, le sirve de alegoría de otras transformaciones. Igualmente, para el sujeto ocasionalmente entusiasmado consigo mismo vencer la dependencia del tabaco puede ser un reto oportuno para demostrar su nuevo nivel de logros.

A lo que se ve, la travesía de no fumar se vive simbólicamente. Raramente, se puede dejar una adicción si no es de una manera heráldica puesto que sería imposible de otro modo luchar contra su formidable ahínco. Igualmente, nadie que ha dejado de fumar puede reincidir sin el peso de la culpa. Si el individuo pone los símbolos en juego ya sabe lo que le aguarda. Dejar de fumar es un triunfo, pero la recaída en el tabaco acarrea descréditos con los que deberá apechar. Por añadidura las recaídas suelen acompañarse de desánimo y la aceptación de unas señales más amplias de derrota. Recaer, claudicar, conlleva una explícita asunción de lo peor; un abrazo a la impotencia, y, en ocasiones, una metáfora de suicidio. Se volverá al tabaco como a un reducto acorde con la resignada confirmación de que el mundo no tiene enmienda y el mejor consuelo procede de optar por la repetición de la penuria anterior.

Vicente Verdú, Días sin fumar.