Procrastinación, desidia y otros vicios

En su “Memorias de un investigador privado”, José Antonio Marina hace un pequeño esbozo de uno de mis más queridos defectos:

La procastinación no es un simple aplazamiento, ni es negarse a hacer una cosa. Es, sin duda, desidia, pero una desidia acompañada de complejas tácticas dilatorias. El procastinador toma la firme decisión de hacer una cosa mañana, decisión que volverá a ser aplazada con la misma resolución al día siguiente. Tiene, pues, una gran fuerza de voluntad para actuar en el futuro, pero una débil voluntad para el presente. Es como si se diera a sí mismo un talón con fecha renovable. Una complaciente voz interior le dice que emergerá de esa noche de prórroga transformado, dotado de energías maravillosas, que harán todo más fácil. ¿Quién puede negar que es mejor acometer una tarea sintiéndose pletórico de fuerzas? El procastinador suele ser un postergador raciocinante, que se da argumentos muy convincentes- para él- que le aconsejan aplazar la acción. Voy a someterle a un test de urgencia para que compruebe si es usted un procastinador:

1. ¿Paga frecuentemente recargos por cheques devueltos, pagos atrasados, recibos o contribuciones pagadas fuera de plazo?
2. ¿Se queda demasiadas veces en la carretera sin gasolina por esperar a repostar en la gasolinera siguiente, que tiene, por ejemplo, mejor iluminación?
3. ¿Sabe que tiene que ordenar su mesa de despacho, pero se dice que es una operación tan importante que conviene esperar al lunes o a las vacaciones para acometerla con la dedicación que merece?
4. Cuando, al fin, se decide a ordenar, ¿se limita a organizar los montones de otra manera?
5. ¿Se le acumula la correspondencia, y toma, por vergüenza, decisiones que dificultan todavía más su puesta al día? Por ejemplo, lo que podía haberse resuelto con una breve nota necesita ahora una carta larga, que se aplaza para el día del cumpleaños del receptor, para así acompañarla de un regalo. Como esta carta tampoco se escribe, decide sustituirla por una visita en la que entregará el regalo personalmente. Pero entonces, le parece lógico esperar a la vuelta de un viaje, para tener el pretexto de haberlo comprado en el extranjero. Etcétera, etcétera, etcétera.
6. ¿Le sucede con frecuencia que aguanta molestias diarias por no arreglar una avería, cambiar de televisor o comprar un destornillador más grande?
7. ¿Suele aplazar una acción porque le falta algún pequeño requisito que en ese momento se le antoja imprescindible? Por ejemplo, sólo tiene un bolígrafo de punta fina cuando a usted le gustan los de punta gruesa. Y está convencido de que con el de punta fina no se le ocurrirá nada. Así que decide aplazar la redacción de la carta hasta que consiga el boli apropiado.
8. ¿Prepara el escenario de la acción con tanta minuciosidad que ya no le queda tiempo para ejecutarla?
9. ¿Piensa que las cosas no hay que hacerlas hasta que se puedan hacer perfectas?

Rita Emmett, en su divertido libro “The Procrastinator’s Handbook”, enuncia una irrefutable Ley de Emmett: “El temor a realizar una tarea consume más tiempo y energía que hacer la tarea en sí”. Hay que advertir que el verdadero procastinador no dilata su actividad porque sea dolorosa o muy molesta. Suele ser tan sólo un poco más molesta que la que está haciendo en ese momento. Lo curioso es que cuando alguien se libera de ese tipo de adicción al día siguiente, se encuentra realmente bien. Si una persona decide utilizar la primera media hora del trabajo a responder a todas las cartas, conseguirá una envidiable tranquilidad para el resto del día.

Hay otro asunto que facilita el dejar las cosas para otro momento. Tiene que ver con la percepción del tiempo. Los postergadores suelen pensar que hacer algo ocupa más tiempo de lo que en realidad ocupa, que no vale la pena iniciar una cosa si no la va a terminar de un tirón, y que poco tiempo es ningún tiempo. Manejan el tiempo al por mayor y no al menudeo, que es como de hecho lo vivimos (…) hay pequeños retales, huecos de tiempo entre una ocupación y otra (…) que el procastinador despilfarra.

Yo podría contar mil anécdotas de ficciones inventadas(de manera muy racional) con las cuales encontré grandes excusas para evitar hacer cosas de suma importancia. Verdaderos novelones. Un primer paso es actualizar más este blog y a ver si también mis tareas diarias. Me da miedo que ahora salga alguno de esos psicólogos diciendo que esto es una enfermedad que hay que tratar. Con este mundo tan psicoanalizado nunca se sabe. Siempre recuerdo una frase del “Doce monos”: La psicología es la última de las religiones (creo que era así)

Y aquí acaba una entrada que pensaba dejar para mañana…