Comienzos con garra II

Dos de los tres han muerto desde que me fui de Oxford, y eso me hace pensar, supersticiosamente, que quizá esperaron a que yo llegara y consumiera mi tiempo allí para darme ocasión de conocerlos y para que ahora pueda hablar de ellos. Puede, por tanto, que-siempre supersticiosamente-esté obligado a hablar de ellos. No murieron hasta que yo dejé de tratarlos. De haber seguido en sus vidas y en Oxford(de haber seguido en sus vidas cotidianamente), tal vez aún estuvieran vivos. Este pensamiento no es sólo supersticioso, es también vanidoso.

Javier Marías, Todas las almas.

Louis Armstrong

Dejamos atrás la calle del artista.

Esperábamos algo tan acogedor y tan modesto, pero no ha dejado de asombrarnos que fuera tan acogedor y tan modesto. El impacto de respirar la humilde intimidad de alguien del que ya nadie niega su grandeza, ni artística ni humana. Pero en este caso no hay cursilería ni sentimentalismo en la emoción. No hay manera de vincular la procelosa vida de Amstrong con la nuestra. No podemos imaginar cómo alguien que creció en el lumpen, que vivió de la caridad o que padeció la humillación del racismo pudo encarar la vida con tanta alegría. Era un ser tocado por la gracia, un elegido. Podría haber sido un delincuente, podría haber sido un cabrón, podría haber sido un desgraciado. Pero fue un hombre de buen corazón y generoso.

Su museo está donde tiene que estar, en Corona. Cuando pintaron el exterior de su casa se empeño en pintar también la de los vecinos porque le daba apuro que su casa pudiera resultar ostentosa.

Elvira Lindo, Lugares que no quiero compartir con nadie.

Silencios incómodos

Denomínanse “silencios incómodos” a eses momentos de impasse nos que, tentando divertirse en grupo, ninguén fala porque non ten nada que dicir relacionado coas outras persoas. Se escasea a confianza entre os actantes reunidos, cualquera silencio que se prolongue máis alá de tres segundos incorpóranos inmediatamente a un estadio de incomodidade que, as cousas como son, debe paliarse soltando algunha prosmada, un estúpido recurso que inexplicablemente goza de moita mellor prensa que estar calado con valor e intelixencia, sopesando a calidade dalgún enxeño futuro que dedicarlle aos interlocutores.

Diego Ameixeiras, Tres segundos de memoria.

Cidades

Esta mañá, durante o longo traxecto que percorrín para chegar á casa, contei ata cinco persoas falando soas pola rúa, sen máis interlocutor que os seus propios pensamentos privados fluíndo en voz alta, sen pudor ningún. Desafortunadamente, creo que adoita ser bastante habitual que suceda iso nas grandes cidades, onde seica sufrimos todos unha enorme incomunicación motivada polo exceso de desconfianza que nos demostramos uns cos outros. Non queremos que nos fagan dano e por iso só nos facémos dano a nós mesmos, no canto de compartir torturas psicolóxicas en forma de amante formal ou parella ruín, que hai de todo e para escoller se un desexa variedade e múltiples formas de risco.

(…)

Pouco máis tarde, premín o botón para solicitara parada do autobús e decateime de que, durante o traxecto no que reparara naquelas cinco persoas establecendo conversas imaxinarias, ninguén dixera nin unha soa palabra no interior do vehículo. Nin unha soa, e iso que ía ateigado dunha variada freiguesía de viaxeiros de todas as idades. Cadaquén viaxaba totalmente concentrado nos seus pensamentos, dirimindo entrequencias propias. Só se escoitaba a xorda carraspeira do motor e o timbre apercibindo ao buseiro para deter o vehículo nas paradas solicitadas. Ninguén abría a boca para pronunciarse, só formigueaban nas súas batimboras interiores con cara de ciruxáns insatisfeitos.

Diego Ameixeiras, Tres segundos de memoria.

La vida moderna

Al día siguiente. A las nueve de la mañana:

ZAMBOMBO.-(Al criado de Paco Arencibia.) Vengo a ver al señor.
EL CRIADO.-¿Al señor Arencibia?
ZAMBOMBO.-Sí.
EL CRIADO.-Pues lo siento de veras, caballero, pero el señor está descansando.

A las diez:

ZAMBOMBO.-¿Puedo ver al señor?
EL CRIADO.-Todavía descansa, caballero.

A las once:

ZAMBOMBO.-¿Se ha levantado ya el señor?
EL CRIADO.-No, caballero. Está durmiendo aún.

A las doce:

ZAMBOMBO.-¿El señor?
EL CRIADO.-Duerme todavía. Le he llamado dos veces y me ha dicho que me fuera a vender dátiles.

A la una:

ZAMBOMBO.-¿Pero es posible que no se haya levantado aún el señor?
EL CRIADO.-Es posible, caballero. Parece mentira que eso pueda ocurrir, pero desgraciadamente ocurre.

A la una y media:

ZAMBOMBO.-¿Todavía?
 EL CRIADO.-Aún.

A las dos:

ZAMBOMBO.-¿Aún?
EL CRIADO.-Todavía.

A las dos y media:

ZAMBOMBO.-¿Sigue durmiendo?
EL CRIADO.-Pase usted al salón. Está levantándose.

De dos y media a tres y media:

Impaciente espera de Zambombo en el salón particular de Paco Arencibia.

A las tres y media:

Paco Arencibia surgió en la puerta del saloncito y avanzó sonriente hacia su visitante. Vestía un traje morado-abate, abrigo de paño gris empeletado; en la mano izquierda, un sombrero del color del traje y unos guantes livianos, y su mano derecha jugueteaba con la cadenita de platino blancuzco de un monóculo oval.

-Perdone la larga espera, caballero. Nada me cuesta tanto trabajo como madrugar. La persona de mi mayor afecto no tiene nada que hacer, si quiere granjearse mi odio, más que despertarme temprano. Esta es la razón por la cual aborrezco a mi ayuda de cámara. Supongo que a usted le sucederá lo que a mí. Pero no hablemos de mí… El tiempo de usted es precioso y el mío encantador, aunque yo no hago nada en todo el día, aparte-claro está-de aburrirme. No obstante, la vida moderna nos obliga a hacerlo todo de prisa, incluso aburrirnos. La vida moderna… ¡Qué cosa, la vida moderna! Pero, ¿con quién tengo el honor de hablar, caballero?

Enrique Jardiel Poncela, Amor se escribe sin hache.

Divagaciones

‘Cualquier relación entre las personas es siempre un cúmulo de problemas, de forcejeos, también de ofensas y humillaciones’, pensé. ‘Todo el mundo obliga a todo el mundo’, pensé. ‘Este individuo Bill ya ha obligado a Berta, y Berta está tratando de obligarme a mí, Bill ha forcejeado, también la ha ofendido y ya la ha humillado antes de conocerse, quizá ella no se da cuenta o en el fondo no le importa, vive instalada en eso, Berta forcejea conmigo para convencerme, como Miriam con Guillermo para que se case con ella, y quizá Guillermo con su mujer española para que por fin se muera, forcejea para su muerte. Yo he forcejeado y obligado a Luisa, o fue Luisa a mí, no está claro, contra quién forcejearía mi padre, o quién lo ofendería y lo obligaría, o cómo ocurrió que en su vida hay dos muertes, quizá forcejeó para alguna, no quiero saberlo, el mundo es plácido cuando no se sabe, no sería mejor que nos estuviéramos todos quietos. Pero aunque nos estemos quietos hay problemas y forcejeos y humillaciones y ofensas, y también obligaciones, a veces nos obligamos a nosotros mismos, sentido del deber se llama, quizá mi deber es ayudar a Berta en lo que me pida, hay que dar importancia a lo que la tiene para los amigos, si me niego a ayudarla la ofenderé, y la humillaré, toda negativa es siempre una ofensa y un forcejeo, y es verdad que la he visto desnuda, peto eso fue hace mucho tiempo, lo sé pero no lo recuerdo, han pasado quince años y ella es mayor y cojea, era joven entonces y no había sufrido accidentes y sus piernas eran iguales, por qué habrá tenido que recurrir a eso, nunca mencionábamos nuestro pasado tan mínimo, mínimo en sí y frente al presente tan largo, yo también era joven, aquello ocurrió y a la vez no ha ocurrido, al igual que todo, por qué hacer ni no hacer, por qué decir sí o no, por qué fatigarse con un quizá o un tal vez, por qué decir, por qué callar, por qué negarse, por qué saber nada si nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente, lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que tomamos y asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos, volcamos toda nuestra inteligencia y nuestros sentidos y nuestro afán en la tarea de discernir lo que será novelado, o ya lo está, y por eso estamos llenos de arrepentimientos y de ocasiones perdidas, de confirmaciones y reafirmaciones y ocasiones aprovechadas, cuando lo cierto es que nada se afirma y todo se va perdiendo. O acaso es que nunca hay nada.’

Javier Marías, Corazón tan blanco.

Comienzos con garra

No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó enseguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que le siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro, sin saber todavía qué hacer con él. Llevaba la servilleta en la mano, y no la soltó hasta que al cabo de un rato reparó en el sostén tirado sobre el bidet, y entonces lo cubrió con el paño que tenía a mano o tenía en la mano y sus labios habían manchado, como si le diera más vergüenza la visión de la prenda íntima que la del cuerpo derribado y semidesnudo con el que la prenda había estado en contacto hasta hacía muy poco: el cuerpo sentado a la mesa o alejándose por el pasillo o también de pie. Antes, con gesto automático, el padre había cerrado el grifo del lavabo, el del agua fría, que estaba abierto con mucha presión. La hija había estado llorando mientras se ponía ante el espejo, se abría la blusa, se quitaba el sostén y se buscaba el corazón(…)

Javier Marías, Corazón tan blanco.

Consecuencias

Una sola cosa debe pedirse, y es la licencia para partir, si deseáis lograr, vosotros y vuestros descendientes, una paz eterna. Pues si le concedéis la vida a Pandraso a cambio de una parte de Grecia y permanecéis entre los Dánaos, nunca disfrutareis de una paz duradera mientras los hermanos, hijos y nietos de aquellos a los que infligisteis la matanza de ayer sean vuestros vecinos o anden mezclados con vosotros. No llegarán nunca a olvidar la muerte de sus parientes y, en consecuencia, os guardarán un odio eterno, aprovechando cualquier bagatela para tomar venganza.

Geoffrey de Monmouth, Historia de los reyes de Britania.

El otro

De manera que, continuando la posada y la conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre y a mí blancos y a él no, huía de él, con miedo, para mi madre, y, señalando con el dedo, decía:

-¡Madre, coco!

Respondió él riendo:

-¡Hideputa!

Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí: <<¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!>>.

La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades.