Cidades

Esta mañá, durante o longo traxecto que percorrín para chegar á casa, contei ata cinco persoas falando soas pola rúa, sen máis interlocutor que os seus propios pensamentos privados fluíndo en voz alta, sen pudor ningún. Desafortunadamente, creo que adoita ser bastante habitual que suceda iso nas grandes cidades, onde seica sufrimos todos unha enorme incomunicación motivada polo exceso de desconfianza que nos demostramos uns cos outros. Non queremos que nos fagan dano e por iso só nos facémos dano a nós mesmos, no canto de compartir torturas psicolóxicas en forma de amante formal ou parella ruín, que hai de todo e para escoller se un desexa variedade e múltiples formas de risco.

(…)

Pouco máis tarde, premín o botón para solicitara parada do autobús e decateime de que, durante o traxecto no que reparara naquelas cinco persoas establecendo conversas imaxinarias, ninguén dixera nin unha soa palabra no interior do vehículo. Nin unha soa, e iso que ía ateigado dunha variada freiguesía de viaxeiros de todas as idades. Cadaquén viaxaba totalmente concentrado nos seus pensamentos, dirimindo entrequencias propias. Só se escoitaba a xorda carraspeira do motor e o timbre apercibindo ao buseiro para deter o vehículo nas paradas solicitadas. Ninguén abría a boca para pronunciarse, só formigueaban nas súas batimboras interiores con cara de ciruxáns insatisfeitos.

Diego Ameixeiras, Tres segundos de memoria.

La vida moderna

Al día siguiente. A las nueve de la mañana:

ZAMBOMBO.-(Al criado de Paco Arencibia.) Vengo a ver al señor.
EL CRIADO.-¿Al señor Arencibia?
ZAMBOMBO.-Sí.
EL CRIADO.-Pues lo siento de veras, caballero, pero el señor está descansando.

A las diez:

ZAMBOMBO.-¿Puedo ver al señor?
EL CRIADO.-Todavía descansa, caballero.

A las once:

ZAMBOMBO.-¿Se ha levantado ya el señor?
EL CRIADO.-No, caballero. Está durmiendo aún.

A las doce:

ZAMBOMBO.-¿El señor?
EL CRIADO.-Duerme todavía. Le he llamado dos veces y me ha dicho que me fuera a vender dátiles.

A la una:

ZAMBOMBO.-¿Pero es posible que no se haya levantado aún el señor?
EL CRIADO.-Es posible, caballero. Parece mentira que eso pueda ocurrir, pero desgraciadamente ocurre.

A la una y media:

ZAMBOMBO.-¿Todavía?
 EL CRIADO.-Aún.

A las dos:

ZAMBOMBO.-¿Aún?
EL CRIADO.-Todavía.

A las dos y media:

ZAMBOMBO.-¿Sigue durmiendo?
EL CRIADO.-Pase usted al salón. Está levantándose.

De dos y media a tres y media:

Impaciente espera de Zambombo en el salón particular de Paco Arencibia.

A las tres y media:

Paco Arencibia surgió en la puerta del saloncito y avanzó sonriente hacia su visitante. Vestía un traje morado-abate, abrigo de paño gris empeletado; en la mano izquierda, un sombrero del color del traje y unos guantes livianos, y su mano derecha jugueteaba con la cadenita de platino blancuzco de un monóculo oval.

-Perdone la larga espera, caballero. Nada me cuesta tanto trabajo como madrugar. La persona de mi mayor afecto no tiene nada que hacer, si quiere granjearse mi odio, más que despertarme temprano. Esta es la razón por la cual aborrezco a mi ayuda de cámara. Supongo que a usted le sucederá lo que a mí. Pero no hablemos de mí… El tiempo de usted es precioso y el mío encantador, aunque yo no hago nada en todo el día, aparte-claro está-de aburrirme. No obstante, la vida moderna nos obliga a hacerlo todo de prisa, incluso aburrirnos. La vida moderna… ¡Qué cosa, la vida moderna! Pero, ¿con quién tengo el honor de hablar, caballero?

Enrique Jardiel Poncela, Amor se escribe sin hache.

Divagaciones

‘Cualquier relación entre las personas es siempre un cúmulo de problemas, de forcejeos, también de ofensas y humillaciones’, pensé. ‘Todo el mundo obliga a todo el mundo’, pensé. ‘Este individuo Bill ya ha obligado a Berta, y Berta está tratando de obligarme a mí, Bill ha forcejeado, también la ha ofendido y ya la ha humillado antes de conocerse, quizá ella no se da cuenta o en el fondo no le importa, vive instalada en eso, Berta forcejea conmigo para convencerme, como Miriam con Guillermo para que se case con ella, y quizá Guillermo con su mujer española para que por fin se muera, forcejea para su muerte. Yo he forcejeado y obligado a Luisa, o fue Luisa a mí, no está claro, contra quién forcejearía mi padre, o quién lo ofendería y lo obligaría, o cómo ocurrió que en su vida hay dos muertes, quizá forcejeó para alguna, no quiero saberlo, el mundo es plácido cuando no se sabe, no sería mejor que nos estuviéramos todos quietos. Pero aunque nos estemos quietos hay problemas y forcejeos y humillaciones y ofensas, y también obligaciones, a veces nos obligamos a nosotros mismos, sentido del deber se llama, quizá mi deber es ayudar a Berta en lo que me pida, hay que dar importancia a lo que la tiene para los amigos, si me niego a ayudarla la ofenderé, y la humillaré, toda negativa es siempre una ofensa y un forcejeo, y es verdad que la he visto desnuda, peto eso fue hace mucho tiempo, lo sé pero no lo recuerdo, han pasado quince años y ella es mayor y cojea, era joven entonces y no había sufrido accidentes y sus piernas eran iguales, por qué habrá tenido que recurrir a eso, nunca mencionábamos nuestro pasado tan mínimo, mínimo en sí y frente al presente tan largo, yo también era joven, aquello ocurrió y a la vez no ha ocurrido, al igual que todo, por qué hacer ni no hacer, por qué decir sí o no, por qué fatigarse con un quizá o un tal vez, por qué decir, por qué callar, por qué negarse, por qué saber nada si nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente, lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que tomamos y asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos, volcamos toda nuestra inteligencia y nuestros sentidos y nuestro afán en la tarea de discernir lo que será novelado, o ya lo está, y por eso estamos llenos de arrepentimientos y de ocasiones perdidas, de confirmaciones y reafirmaciones y ocasiones aprovechadas, cuando lo cierto es que nada se afirma y todo se va perdiendo. O acaso es que nunca hay nada.’

Javier Marías, Corazón tan blanco.

Comienzos con garra

No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó enseguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que le siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro, sin saber todavía qué hacer con él. Llevaba la servilleta en la mano, y no la soltó hasta que al cabo de un rato reparó en el sostén tirado sobre el bidet, y entonces lo cubrió con el paño que tenía a mano o tenía en la mano y sus labios habían manchado, como si le diera más vergüenza la visión de la prenda íntima que la del cuerpo derribado y semidesnudo con el que la prenda había estado en contacto hasta hacía muy poco: el cuerpo sentado a la mesa o alejándose por el pasillo o también de pie. Antes, con gesto automático, el padre había cerrado el grifo del lavabo, el del agua fría, que estaba abierto con mucha presión. La hija había estado llorando mientras se ponía ante el espejo, se abría la blusa, se quitaba el sostén y se buscaba el corazón(…)

Javier Marías, Corazón tan blanco.

Consecuencias

Una sola cosa debe pedirse, y es la licencia para partir, si deseáis lograr, vosotros y vuestros descendientes, una paz eterna. Pues si le concedéis la vida a Pandraso a cambio de una parte de Grecia y permanecéis entre los Dánaos, nunca disfrutareis de una paz duradera mientras los hermanos, hijos y nietos de aquellos a los que infligisteis la matanza de ayer sean vuestros vecinos o anden mezclados con vosotros. No llegarán nunca a olvidar la muerte de sus parientes y, en consecuencia, os guardarán un odio eterno, aprovechando cualquier bagatela para tomar venganza.

Geoffrey de Monmouth, Historia de los reyes de Britania.

Paisanos

Vientos del pueblo.

En este pueblo se nos quiere. Al principio creíamos que no, porque nadie nos saluda por la calle y nos miran como malencarados, pero el alcalde nos dijo que lo hacen por respetar nuestra intimidad. Vamos, la respetan tanto tanto que a veces no nos saluda ni la cajera del súper. Un día nos faltaban 50 céntimos a la hora de pagar. Pensamos que nos iban a fiar, pero no. La cajera dijo: ‘Tendrá usted que dejar un Bio’. Y lo dejamos. Fuimos al alcalde otra vez no por chivateo, sino porque nos gusta conocer la idiosincrasia, y nos dijo que la cajera lo había hecho para que sintiéramos que nos trataba igual de mal que a cualquiera. Es extraño eso de saber que tantas personas te quieren y que lo disimulen tanto. Cualquiera que no estuviera en el ajo pensaría que su mirada torva es de enemistad, pero nosotros sabemos (por el alcalde) la simpatía que generamos.

Los niños, por ejemplo, soñaban con tener amigos cuando llegamos hace cinco años. Les llevamos a las fiestas pensando que era un lugar idóneo para hacer amiguitos. Cuando volvieron lloraban y decían que todos los niños del pueblo les tenían manía. Pensamos que era una tontería de críos; es más, mi santo les reprendió, dijo que probablemente ellos habían mostrado la arrogancia típica de los niños de ciudad. Pero a mí me quedaba la sombra de una duda, por decirlo cinematográficamente. Y la noche siguiente hicimos que nos íbamos, pero nos escondimos tras la caseta del encargado de los coches de choque. No podíamos dar crédito a lo que estábamos viendo: el coche de nuestros niños fue literalmente acorralado, los chavales de otros coches tomaban impulso para golpearles con saña. Y lo peor era ver al encargado: se descojonaba. El alcalde, nos dijo, sonriendo, que era una manera, ruda pero noble, de hacerles a los niños forasteros un ritual de iniciación. Luego, le cogió a mi santo por el brazo y le dijo: ‘Tu mujer no puede entenderlo, es de Moratalaz. Pero tú que eres de pueblo te acordarás de cuando a los tontos se les tiraban piedras y al forastero al pilón, ¿había maldad en ello? Bien sabes que no. ¿No seréis vosotros los que tenéis que cambiar de actitud?’.

Hemos cambiado. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Por ejemplo, el otro día vino nuestro amigo Miguel Munárriz a vernos y paró en la plaza a preguntarle a un paisano por nuestra casa. Cinco amables lugareños hicieron corro: ‘Sí, hombre, la casa del hombre que ya no escribe’. Uno se ofreció a subirse en el coche de Munárriz para acompañarle. El hombre le contó lo siguiente: ‘Yo estuve trabajando para ellos. A él no se le ve mala persona, que escriba o no escriba, eso no le puedo decir, pero se ve que es un hombre que con otra mujer hubiera llegado lejos… Ella no es mala, pero tiene un carácter -con todos mis respetos- fundamentalmente insoportable. Lo digo como operario y como persona. Luego esos chiquillos, tan consentidos, no les verá levantarse de la cama antes de las doce. Y ese hombre, esclavizado, que si haciendo comidas, que si el jardín, que si la compra, ¿cuándo va a escribir ese hombre, si ese hombre no tiene tiempo material? Ella sí que escribe, tiene más tiempo. Yo a mi mujer le digo lo mismo que Jesulín a la Campanario, tú cuidas de la casa, de los hijos y de mí, luego, haz lo que quieras, pero dentro de una lógica. Coincido con el diestro de Ubrique. Mire, aquí viven: el amarillo del chalé tiene cojones, luego dicen que la casa del Príncipe parece un hostal, pero ésta es talmente un puticlub. Bueno, dígales que un día que esté católico paso a tapar la zanja, y que recuerdos de Evelio’.

Munárriz estaba indignado, porque lo interpretó como una grosería. Pobrecillo, no supo entender el cariño que con el tiempo nos ha tomado este pueblo entrañable.

Elvira Lindo, Tinto de verano III. Otro verano contigo.

El otro

De manera que, continuando la posada y la conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre y a mí blancos y a él no, huía de él, con miedo, para mi madre, y, señalando con el dedo, decía:

-¡Madre, coco!

Respondió él riendo:

-¡Hideputa!

Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí: <<¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!>>.

La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades.

La clase media

La misma deformación se percibe hoy en la única clase que, en su auto percepción «subjetiva», se concibe y representa explícitamente como tal: es la recurrente «clase media», precisamente, esa «no-clase» de los estratos intermedios de la sociedad, aquellos que presumen de laboriosos y que se identifican no sólo por su respeto a sólidos principios morales y religiosos, sino por diferenciarse de, y oponerse a, los dos «extremos» del espacio social: las grandes corporaciones, sin patria ni raíces, de un lado, y los excluidos y empobrecidos inmigrantes y habitantes de los guetos, por otro.

La «clase media» basa su identidad en el rechazo a estos dos extremos que, de contraponerse directamente, representarían «el antagonismo de clase» en su forma pura. La falsedad constructiva de esta idea de la «clase media» es, por tanto, semejante a aquella de la «justa línea de Partido» que el estalinismo trazaba entre «desviaciones de izquierda» y las «desviaciones de derecha»: la «clase media», en su existencia «real», es la falsedad encarnada, el rechazo del antagonismo. En términos psicoanalíticos, es un fetiche: la imposible intersección de la derecha y de la izquierda que, al rechazar los dos polos del antagonismo, en cuanto posiciones «extremas» y antisociales(empresas multinacionales e inmigrantes intrusos) que perturban la salud dl cuerpo social, se auto-representa como el terreno común y neutral de la Sociedad. La izquierda se suele lamentar del hecho de que la línea de demarcación de la lucha de clases haya quedado desdibujada, desplazada, falsificada, especialmente, por parte d populismo de derechas que dice hablar en nombre del pueblo cuando en realidad promueve los intereses del poder. Este continuo desplazamiento, esta continua «falsificación» de la línea división(entre las clases), sin embargo, ES la «lucha de clases»: una sociedad clasista en la que la percepción ideológica de la división de clases fuese pura y directa, sería una sociedad armónica y sin lucha; por decirlo con Laclau: el antagonismo de clase estaría completamente simbolizado, no sería imposible/real, sino simplemente un rasgo estructural de diferenciación.

Slavoj Žižek, En defensa de la intolerancia.

Audiencias en suspense

Reprochar a Hitchcock, el hacer suspense equivaldría a acusarle de ser el cineasta menos aburrido del mundo, como si a un amante se le censurase dar placer a su pareja en lugar de no ocuparse más que del suyo propio. En el cine, tal y como lo practica Hitchcock, se trata de concentrar la atención del público sobre la pantalla hasta el punto de impedir a los espectadores árabes pelar sus cacahuetes, a los italianos encender su cigarrillo, a los franceses magrear a sus vecinas, a los suecos hacer el amor entre dos filas de butacas, a los griegos…, etc.

François Truffaut, El cine según Hitchcock.

La ironía de los nombres

¡Cómo abundan los nombres poéticos en estos sitios tan feos! Desde que viajo por estas tierras, me sorprende la horrible ironía de los nombres. Tal sitio que se distingue por su yermo aspecto y la desolada tristeza del negro paisaje, se llama Valleameno. Tal villorrio de adobes que miserablemente se extiende sobre un llano árido y que de diversos modos pregona su pobreza, tiene la insolencia de nombrarse Villarica; y hay un barranco pedregoso y polvoriento, donde ni los cardos encuentran jugo, y que sin embargo se llama Valdeflores. ¿Eso que tenemos delante es el Cerrilo de los Lirios? ¿Pero dónde están esos lirios, hombre de Dios? Yo no veo más que piedras y yerba descolorida. Llamen a eso el Cerrillo de la Desolación y hablarán a derechas. Exceptuando Villahorrenda, que parece ha recibido al mismo tiempo el nombre y la hechura, todo aquí es ironía. Palabras hermosas, realidad prosaica y miserable. Los ciegos serían felices en este país, que para la lengua es paraíso y para los ojos infierno.

Benito Pérez Galdós, Doña Perfecta.