Santos

Un grupo tan heterogéneo como el de los santos permite muchas clasificaciones y subdivisiones. A los efectos de este prólogo, propongo dos grandes categorías.

La primera es la de los santos que dan ejemplo con su conducta: los mártires y los anacoretas. No suelen inspirar devoción, pero son los más representados en pinturas y esculturas, porque son más dramáticos. Un ejemplo claro es san Sebastián con sus flechas: rara es la iglesia que no tenga su efigie, más raro es aún que alguien le rece.

La segunda categoría es la de los santos influyentes, los que curan enfermedades, socorren en caso de peligro y en general deshacen entuertos, algunos de muy poca trascendencia: encuentran objetos perdidos, contribuyen a que salgan bien los guisos y cosas por el estilo. Su eficacia deriva de algún contacto fortuito con la divinidad, como san Cristóbal, que por haber ayudado al niño Jesús a vadear un riachuelo tiene a su cargo la ingente flota automovilística mundial, o por razones diversas que a menudo no guardan relación con su vida, sino con algún símbolo de su iconografía, como sucede con los patronos de oficios.

Los relatos que integran este libro hablan de unos individuos que no pertenecen a ninguna de las dos categorías anteriores. En rigor, no son santos o lo son en una tercera categoría que la Iglesia no reconoce e incluso condena. Son santos en la medida en que consagran su vida a una lucha agónica entre lo humano y lo divino. Dicho de otro modo: su vida trasciende lo humano en la medida en que poseen una visión global de la existencia que los demás disolvemos en el prosaico desglose de los días. La mayoría de estos santos que no los son parte de una idea equivocada, de un trauma psicológico. La devoción con que se entregan a esta desviación de un modo excluyente y su disposición a renunciar a todo es lo que los asemeja a los santos. Como su lucha es interior y a nadie le interesa su aspecto, caso no tienen representación gráfica. En cambio son los favoritos de la literatura por razones obvias. Don Quijote, Hamlet y el capitán Ahab son ejemplos válidos; la literatura rusa se alimenta de ellos, desde el amable tío Vania hasta el abrupto Raskolnikov.

Si prescindimos de criterios religiosos o morales, estos falsos santos no se diferencian mucho de los santos de verdad. Y tanto los unos como los otros tienen algo de repelente. Los anacoretas o los mártires, voluntarios o involuntarios, cualesquiera, en fin, que hace del victimismo y el dolor su razón de ser contraría nuestra manera de entender la vida(…)

Tres vidas de santos, Eduardo Mendoza.

Autopista. España antes y ahora.

El trabajador. Si al decir «trabajador» indicamos una clase social, significa que las restantes clases sociales no dan ni golpe.

Un exprimidor. Cuando le pregunten qué es un «exprimidor», piense en naranjas, no en problemas sociales.

Frases hechas. En lugar de decir: «¡No sé dónde iremos a parar!», creo que sería más real decir: «¡No sé dónde nos van a mandar!»

Censura. La «autocensura» ?será por llevar la palabra «auto»? es la que más atropella al creador.

Literatura infantil. La mayoría de infecciones intestinales de los lobos provienen de haber comido Caperucitas Verdes.

El pesimismo del pueblo español. Una prueba indiscutible del pesimismo del pueblo español lo constituye el jamón de menor calidad: le llamamos «del país».

La esclavitud. La esclavitud no se ha abolido, se ha puesto en nómina.

Los ceros. ¡En qué sociedad vivimos que hasta los ceros, para ser algo, han de estar a la derecha!

Los plazos. En mi ca-sa so-mos gran-des de-fen-so-res de la com-pra a pla-zos.

Bienaventurados. Bienaventurados los que pasan hambre y sed de justicia porque además pasarán hambre y sed de la otra.

La religión. La religión sirve para ayudarnos a resolver una serie de problemas que no tendríamos si no existiera la religión.

La partida. Uno de los inconvenientes de partir de cero, en nuestra sociedad por lo menos, es que se parte hacia atrás.

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Contar

La gente relata sin cesar y narra sin darse ni siquiera cuenta de lo que está haciendo, de los incontrolables mecanismos de insidia, equívoco y caos que pone en marcha y que pueden resultar funestos, habla sin parar de los otros y de sí misma, y también de los otros al hablar de sí misma y también de sí misma al hablar de los otros.

Javier Marías, Tu rostro mañana I: Fiebre y Lanza.

Cosas de familia

Was it all true? Yes. Yes, he had sworn in front of the children. Yes, he had forgotten to pick Em up from her after-school dance class and left her to cry in the rain. Yes, he’d had a public argument with Joe’s football coach and another dad had pulled him away. Yes, he’d come home drunk at five p.m. on Christmas Eve and slept until ten the following morning. Yes to a thousand other idiocies, forgettings, mistakes, and bad decisions. And anyway, he was pretty sure that his mother had heard these stories before. Many of them had been party pieces jokes told at his expense, sometimes by Elaine, sometimes by Charlie himself. Everybody laughed. That’s what family stories were-amusing accounts of the messes and fuckups. Take away the love and the laugher, narrate the stories as if the characters had acted with malice and self-absorption, and everybody was in a bleak independent film about alcoholism and schizophrenia and child abuse.

Nick Hornby, Everybody’s Reading Bastard.

Neoyorquinos

Sometimes, if you listen closely, a neighborhood can have just as much of a personality as an individual. I used to live in New York’s East Village, but before it was cool and trendy-when it was just dangerous. One night, I heard a guy being held up at gunpoint outside my window. Another night, three guys kicked the shit out of me just for fun. Those experiences, along with the following things I overheard in the area at the time, contributed to my decision to save up and move to a neighbourhood with a more stable personality.

Overheard on Avenue B, two men talking:
«Just because I killed someone doesn’t mean I’m an expert.»

Overheard on the same block, a man talking to a woman:
«I’m not a jealous guy, I’m just violent.»

Overheard on East Seventh Street, a man talking to a lamppost:
«I am going to break your face, sucker.»

Overheard at the Odessa Restaurant near Tompkins Square Park, the owner talking to an anarchist squatter:
«I think you guys should start another riot for me. I need the business.»

Overheard on Avenue A, two well-dressed white men talking:
«I’m not a racist or anything, but have you ever beaten up an African-American?»

Overheard at the bar 7B, two women talking:
«He’s a total fox, so I love him. But he completely has no personality and doesn’t speak a word of English.»

Overheard on a building stoop on East Sixth Street, a man talking to the apartment supervisor:
«You can’t always go calling the coroner ten hours afterward.»

Overheard in Tompkins Square Park, two homeless men talking:
«What’s the point in pretending like I’m sane anymore?»

Overheard on Avenue D, two men talking, and I don’t know what this means but it’s scary as fuck:
«I don’t take a life, I bury a soul.»

Neil Strauss, Everyone Loves You When You’re Dead: Journeys into Fame and Madness.

Your birthday has come and gone

Your birthday has come and gone. Sixty-four years old now, inching ever close to senior citizenship, to the days of Medicare and Social Security benefits, to a time when more and more of your friends will have left you. So many of them are gone already-but just wait for the deluge that is coming. Much to your relief, the event passed without incident or commotion, you calmly took it in your stride, a small dinner with friends in Brooklyn, and the impossibe age you have now reached seldom entered your thoughts. February third, just one day after your mother’s birthday, who went in labour with you on the morning she turned twenty-two, nineteen days before it was supposed to happen, and when the doctor pulled you out of her drugged body with a pair of forceps, it was twenty minutes past midnight, less than half an hour after her birthday had ended. You therefore always celebrated your birthdays together, and even now, almost nine years after her death, you inevitably think about her whenever the clock turns from the second of February to the third. What an unlikely present you must have been that night sixty-four years ago: a baby boy for her birhtday, a birthday to celebrate her birth.

(…)

Paul Auster, extracto de sus memorias Winter Journal para GRANTA 117, Horror.

Comienzos con garra II

Dos de los tres han muerto desde que me fui de Oxford, y eso me hace pensar, supersticiosamente, que quizá esperaron a que yo llegara y consumiera mi tiempo allí para darme ocasión de conocerlos y para que ahora pueda hablar de ellos. Puede, por tanto, que-siempre supersticiosamente-esté obligado a hablar de ellos. No murieron hasta que yo dejé de tratarlos. De haber seguido en sus vidas y en Oxford(de haber seguido en sus vidas cotidianamente), tal vez aún estuvieran vivos. Este pensamiento no es sólo supersticioso, es también vanidoso.

Javier Marías, Todas las almas.

Louis Armstrong

Dejamos atrás la calle del artista.

Esperábamos algo tan acogedor y tan modesto, pero no ha dejado de asombrarnos que fuera tan acogedor y tan modesto. El impacto de respirar la humilde intimidad de alguien del que ya nadie niega su grandeza, ni artística ni humana. Pero en este caso no hay cursilería ni sentimentalismo en la emoción. No hay manera de vincular la procelosa vida de Amstrong con la nuestra. No podemos imaginar cómo alguien que creció en el lumpen, que vivió de la caridad o que padeció la humillación del racismo pudo encarar la vida con tanta alegría. Era un ser tocado por la gracia, un elegido. Podría haber sido un delincuente, podría haber sido un cabrón, podría haber sido un desgraciado. Pero fue un hombre de buen corazón y generoso.

Su museo está donde tiene que estar, en Corona. Cuando pintaron el exterior de su casa se empeño en pintar también la de los vecinos porque le daba apuro que su casa pudiera resultar ostentosa.

Elvira Lindo, Lugares que no quiero compartir con nadie.

Silencios incómodos

Denomínanse «silencios incómodos» a eses momentos de impasse nos que, tentando divertirse en grupo, ninguén fala porque non ten nada que dicir relacionado coas outras persoas. Se escasea a confianza entre os actantes reunidos, cualquera silencio que se prolongue máis alá de tres segundos incorpóranos inmediatamente a un estadio de incomodidade que, as cousas como son, debe paliarse soltando algunha prosmada, un estúpido recurso que inexplicablemente goza de moita mellor prensa que estar calado con valor e intelixencia, sopesando a calidade dalgún enxeño futuro que dedicarlle aos interlocutores.

Diego Ameixeiras, Tres segundos de memoria.