Raíces

En el mundo político es especialmente relevante un tipo de organización-que tiene un objetivo muy concreto: hacerse con el poder dentro del partido y conseguir que el partido alcance el poder estatal. Esto da lugar a confusas dramaturgias, con frecuencia ignoradas por los ciudadanos, que quedan excluidos de un proceso que va a determinar sus opciones de voto. A través de maniobras internas, en las que juegan toda suerte de intrigas, compromisos, promesas, amenazas, alguien se hace con la dirección, inmediatamente nombra a las personas que decidirán las listas electorales, entre las cuales tendrá que elegir el ciudadano. Se consuma así una trágala partidista que afecta decisivamente a la representatividad democrática. Aún no está lejos el triste espectáculo que dio el presidente Aznar deshojando la margarita de su sucesión, mientras los aspirantes esperaban con la respiración contenida ser designados por el dedo supremo.

José Antonio Marina, La pasión del poder.

Responsabilidad

Así, pues, en una sociedad compleja es fácil sentir disminuida la responsabilidad personal cuando uno mismo no pasa de ser un eslabón intermedio en la cadena de la acción dañina. Cuando se trata de resultados halagüeños, nos atribuimos el mérito de haber cooperado a alcanzarlos. Como esos resultados sean repulsivos o funestos, en cambio, la tentación es la contraria: nosotros sólo éramos una pieza del engranaje, nuestro quehacer apenas tuvo parte en el desenlace final. Por ahí se escurre la responsabilidad individual en el seno de un grupo.

Aurelio Arteta, Tantos tontos tópicos.

El principio del mal o el arte de la vanidad

La dialéctica erística es el arte de disputar, y precisamente el arte de disputar de modo que uno tenga razón; y ello per fas et nefas (con medios lícitos e ilícitos). De hecho, se puede tener objetivamente razón en la cosa misma, pero no tenerla ante los ojos de los presentes e, incluso, ni ante los propios ojos. Así sucede, por ejemplo, cuando el adversario refuta mi propia prueba y eso se toma como la refutación de la tesis misma; en apoyo de la cual se pueden aducir otras pruebas. En tal caso, naturalmente, la situación, en lo que respecta al adversario, es inversa: aparece teniendo razón aunque objetivamente no la tenga. Por consiguiente, la verdad objetiva de una proposición y la validez de la misma en la aprobación de los contendientes y oyentes son dos cosas distintas. (A esta última se refiere la dialéctica.)

¿De dónde deriva esto? De la maldad natural del género humano. Si esta no existiera, si en nuestro fondo fuésemos honrados, en todo debate intentaríamos que la verdad saliera a la luz, sin preocuparnos de si, de hecho, esta resulta conforme a la opinión que nosotros sostuvimos al principio o a la de otro; lo cual sería indiferente o, en todo caso, de importancia muy secundaria. Sin embargo, esto se convierte en lo principal. Nuestra congénita vanidad, especialmente susceptible en todo lo concerniente a la capacidad intelectual, no quiere aceptar que lo que, en el primer momento sostuvimos como verdadero aparezca falso, y verdadero lo que sostuvo el adversario. Por consiguiente, cada uno debería preocuparse únicamente de formular juicios justos. Y, para ello, debería primero pensar y después hablar. Pero en la mayoría de las personas, a la innata vanidad se une la incontinencia verbal y una innata falta de probidad. Hablan antes de haber pensado y, cuando después se dan cuenta de que su afirmación es falsa y no tienen razón, pretenden que aparezca como si fuese a la inversa. El interés por la verdad, que debería ser el único motivo para sostener lo mantenido como verdadero, cede ahora por completo el paso al interés de la vanidad. Lo verdadero ha de aparecer como falso y lo falso como verdadero.

Arthur Schopenhauer, El arte de tener razón.

Sobre tópicos

Los tópicos son lugares comunes, en griego tópoi. Se trata de lugares- aquí, verbales- conocidos, transitados o frecuentados por todos o por muchos, sitios donde nos encontramos la mayoría. Según esta acepción corriente, el tópico es un dicho que no dice nada nuevo a nadie, sino más bien lo que todos saben. Lo que se pretende con él es el satisfactorio encuentro de uno con esa mayoría, el ocultamiento en medio del número, la huida de toda disputa y, en fin, la tranquilidad consiguiente… En cierto sentido no andan lejos de las frases hechas.(…) Contribuyen desde luego al gregarismo, tal y como lo expresó Orwell: “Mi lema es grita siempre con los demás. Es el único modo de estar seguro”. Tal es la función primera de los tópicos: acomodarnos al grupo, arroparnos con “todo lo que se lleva”, vestirnos a la moda verbal del momento a fin de llegar a ser de los nuestros. En una palabra, volvernos normales.

Aurelio Arteta, Tantos tontos tópicos.

Lecturas peligrosas

This is why we are consciously relieved when we turn to reading after being occupied with our own thoughts. But, in reading, our head is, however, really only the arena of some one else’s thoughts. And so it happens that the person who reads a great deal—that is to say, almost the whole day, and recreates himself by spending the intervals in thoughtless diversion, gradually loses the ability to think for himself; just as a man who is always riding at last forgets how to walk. Such, however, is the case with many men of learning: they have read themselves stupid. For to read in every spare moment, and to read constantly, is more paralysing to the mind than constant manual work, which, at any rate, allows one to follow one’s own thoughts. Just as a spring, through the continual pressure of a foreign body, at last loses its elasticity, so does the mind if it has another person’s thoughts continually forced upon it. And just as one spoils the stomach by overfeeding and thereby impairs the whole body, so can one overload and choke the mind by giving it too much nourishment. For the more one reads the fewer are the traces left of what one has read; the mind is like a tablet that has been written over and over. Hence it is impossible to reflect; and it is only by reflection that one can assimilate what one has read if one reads straight ahead without pondering over it later, what has been read does not take root, but is for the most part lost.

Arthur Schopenhauer, “On Reading and Books.”

Felicidad barojiana.

A los pocos días de frecuentar el hospital, Andrés se inclinaba a creer que el pesimismo de Schopenhauer era una verdad casi matemática. El mundo le parecía una mezcla de manicomio y de hospital; ser inteligente constituía una desgracia, y sólo la felicidad podía venir de la inconsciencia de la locura.

Pío Baroja, El árbol de la ciencia.

Sobre la traducción.

El destino -el privilegio y el honor- del hombre es no lograr nunca lo que se propone y ser pura pretensión, viviente utopía. Parte siempre hacia el fracaso y antes de entrar en la pelea lleva herida la sien.

Así acontece en esta modesta ocupación que es traducir. En el orden intelectual no cabe faena más humilde. Sin embargo, resulta exorbitante.

Escribir bien consiste en hacer continuamente pequeñas erosiones a la gramática, al uso establecido, a la norma vigente de la lengua. Es un acto de rebeldía permanente contra el contorno social, una subvención. Escribir bien implica cierto radical denuedo. Ahora bien; el traductor suele ser un personaje apocado. Por timidez ha escogido tal ocupación, la mínima. Se encuentra ante el enorme aparato policíaco que son la gramática y el uso mostrenco. ¿Qué hará con el texto rebelde? ¿No es pedirle demasiado que lo sea él también y por cuenta ajena? Vencerá en él la pusilanimidad y en vez de contravenir los bandos gramaticales hará todo lo contrario: meterá al escritor traducido en la prisión del lenguaje normal, es decir, que le traicionará. Traduttore, traditore.

“Miseria y esplendor de la traducción” en José Ortega y Gasset, El libro de las Misiones.

medium_Ortega_y_Gasset.jpg

Reflexiones de Ortega. Y como es habitual en sus escritos, hay que seguir leyendo hasta el final para ver a dónde quiere llegar.