Responsabilidad

Así, pues, en una sociedad compleja es fácil sentir disminuida la responsabilidad personal cuando uno mismo no pasa de ser un eslabón intermedio en la cadena de la acción dañina. Cuando se trata de resultados halagüeños, nos atribuimos el mérito de haber cooperado a alcanzarlos. Como esos resultados sean repulsivos o funestos, en cambio, la tentación es la contraria: nosotros sólo éramos una pieza del engranaje, nuestro quehacer apenas tuvo parte en el desenlace final. Por ahí se escurre la responsabilidad individual en el seno de un grupo.

Aurelio Arteta, Tantos tontos tópicos.

El principio del mal o el arte de la vanidad

La dialéctica erística es el arte de disputar, y precisamente el arte de disputar de modo que uno tenga razón; y ello per fas et nefas (con medios lícitos e ilícitos). De hecho, se puede tener objetivamente razón en la cosa misma, pero no tenerla ante los ojos de los presentes e, incluso, ni ante los propios ojos. Así sucede, por ejemplo, cuando el adversario refuta mi propia prueba y eso se toma como la refutación de la tesis misma; en apoyo de la cual se pueden aducir otras pruebas. En tal caso, naturalmente, la situación, en lo que respecta al adversario, es inversa: aparece teniendo razón aunque objetivamente no la tenga. Por consiguiente, la verdad objetiva de una proposición y la validez de la misma en la aprobación de los contendientes y oyentes son dos cosas distintas. (A esta última se refiere la dialéctica.)

¿De dónde deriva esto? De la maldad natural del género humano. Si esta no existiera, si en nuestro fondo fuésemos honrados, en todo debate intentaríamos que la verdad saliera a la luz, sin preocuparnos de si, de hecho, esta resulta conforme a la opinión que nosotros sostuvimos al principio o a la de otro; lo cual sería indiferente o, en todo caso, de importancia muy secundaria. Sin embargo, esto se convierte en lo principal. Nuestra congénita vanidad, especialmente susceptible en todo lo concerniente a la capacidad intelectual, no quiere aceptar que lo que, en el primer momento sostuvimos como verdadero aparezca falso, y verdadero lo que sostuvo el adversario. Por consiguiente, cada uno debería preocuparse únicamente de formular juicios justos. Y, para ello, debería primero pensar y después hablar. Pero en la mayoría de las personas, a la innata vanidad se une la incontinencia verbal y una innata falta de probidad. Hablan antes de haber pensado y, cuando después se dan cuenta de que su afirmación es falsa y no tienen razón, pretenden que aparezca como si fuese a la inversa. El interés por la verdad, que debería ser el único motivo para sostener lo mantenido como verdadero, cede ahora por completo el paso al interés de la vanidad. Lo verdadero ha de aparecer como falso y lo falso como verdadero.

Arthur Schopenhauer, El arte de tener razón.

Sobre tópicos

Los tópicos son lugares comunes, en griego tópoi. Se trata de lugares- aquí, verbales- conocidos, transitados o frecuentados por todos o por muchos, sitios donde nos encontramos la mayoría. Según esta acepción corriente, el tópico es un dicho que no dice nada nuevo a nadie, sino más bien lo que todos saben. Lo que se pretende con él es el satisfactorio encuentro de uno con esa mayoría, el ocultamiento en medio del número, la huida de toda disputa y, en fin, la tranquilidad consiguiente… En cierto sentido no andan lejos de las frases hechas.(…) Contribuyen desde luego al gregarismo, tal y como lo expresó Orwell: “Mi lema es grita siempre con los demás. Es el único modo de estar seguro”. Tal es la función primera de los tópicos: acomodarnos al grupo, arroparnos con “todo lo que se lleva”, vestirnos a la moda verbal del momento a fin de llegar a ser de los nuestros. En una palabra, volvernos normales.

Aurelio Arteta, Tantos tontos tópicos.

Emociones y sentimientos

En sus emociones los seres humanos son muy parecidos. En los sentimientos ya se diferencian mucho. Y en sus ideas, finalmente, son bastante diferentes. En el largo camino desde el afecto a la idea sensata hay, según parece, una libertad enorme. Los sentimientos se emancipan de la simple excitación de la emoción. Y las ideas emigran de los sentimientos, autómatas, por el mundo. Hasta aquí todo correcto. Pero sorprendentemente la mayoría de las personas se manifiestan muy constantes en sus sentimientos e ideas. Solemos emplear más tiempo en sentir y pensar siempre lo mismo que en sentir y pensar algo nuevo.

Una razón de todo ello podría ser que sólo pocas veces reflexionamos sobre nuestros sentimientos. Por qué los tenemos y por qué sentimos determinadas cosas tal como las sentimos. En ese sentido la persona burguesa trata los sentimientos como su dinero: sobre sentimientos no se habla; se tienen. La tendencia en lis programas de entrevistas de televisión a plantear siempre la misma pregunta: “¿Cómo se sintió cuando…?” lo confirma. Pues si habláramos con naturalidad sobre nuestros sentimientos no sentiríamos curiosidad por esas respuestas. En lugar de ello, sin embargo, los sentimientos son ostensiblemente el último ámbito inexplorado que nos interesa en las personas. Pues con sus ideas ya hemos ajustado cuentas ampliamente; no esperamos muchas novedades.

Richard David Precht, Amor. Un sentimiento desordenado.

Sobre la felicidad y la vanagloria

Ningún deber se valora menos entre nosotros que el deber de ser felices. Siendo felices sembramos anónimamente beneficios para el mundo, que permanecen desconocidos aún para nosotros mismos, o que cuando se les revela a nadie sorprenden tanto como a nosotros mismos(…)

¿Y para qué, Dios mío, tantos afanes? ¿Cuál es la causa por la que amargan sus vidas y las de otros? Que un hombre pueda publicar tres o treinta artículos al año, que pueda o no terminar su gran pintura alegórica, son asuntos de poca importancia para el mundo. Las filas de la vida están llenas; y aunque unos cuantos caigan, habrá siempre otros que vengan a llenar la brecha. Cuando se le dijo a Juana de Arco que debía estar en casa realizando oficios de mujer, ella respondió que había michas para hilar y lavar; y lo mismo podría afirmarse de cualquiera, aunque tuviera las más raras habilidades; cuando la naturaleza es tan “descuidada de la vida individual”, ¿por qué habríamos de imaginar que la nuestra tiene excepcional importancia? Supongamos que Shakespeare hubiera sido golpeado en la cabeza alguna noche oscuro en la cota de caza de Sir Thomas Lucy; ¿marcharía el mundo mejor o peor, o dejaría el cántaro de ir a la fuente, la hoz al grano y el estudiante al libro?(…)

¡Ay! Esto puede tomárselo como se quiera, pero pocas son las funciones individuales verdaderamente indispensables.(…) Las metas por las que ellos entregaron su inapreciable juventud, en lo que les toca, pueden ser quiméricas o perjudiciales; las glorias y las riquezas que esperan, pueden no llegar jamás, o llegar cuando les son indiferentes; y ellos mismos y el mundo que habitan son tan insignificantes, que la mente se hiela con sólo pensarlo.

Robert Louis Stevenson, Apología del ocio.

La clase media

La misma deformación se percibe hoy en la única clase que, en su auto percepción “subjetiva”, se concibe y representa explícitamente como tal: es la recurrente “clase media”, precisamente, esa “no-clase” de los estratos intermedios de la sociedad, aquellos que presumen de laboriosos y que se identifican no sólo por su respeto a sólidos principios morales y religiosos, sino por diferenciarse de, y oponerse a, los dos “extremos” del espacio social: las grandes corporaciones, sin patria ni raíces, de un lado, y los excluidos y empobrecidos inmigrantes y habitantes de los guetos, por otro.

La “clase media” basa su identidad en el rechazo a estos dos extremos que, de contraponerse directamente, representarían “el antagonismo de clase” en su forma pura. La falsedad constructiva de esta idea de la “clase media” es, por tanto, semejante a aquella de la “justa línea de Partido” que el estalinismo trazaba entre “desviaciones de izquierda” y las “desviaciones de derecha”: la “clase media”, en su existencia “real”, es la falsedad encarnada, el rechazo del antagonismo. En términos psicoanalíticos, es un fetiche: la imposible intersección de la derecha y de la izquierda que, al rechazar los dos polos del antagonismo, en cuanto posiciones “extremas” y antisociales(empresas multinacionales e inmigrantes intrusos) que perturban la salud dl cuerpo social, se auto-representa como el terreno común y neutral de la Sociedad. La izquierda se suele lamentar del hecho de que la línea de demarcación de la lucha de clases haya quedado desdibujada, desplazada, falsificada, especialmente, por parte d populismo de derechas que dice hablar en nombre del pueblo cuando en realidad promueve los intereses del poder. Este continuo desplazamiento, esta continua “falsificación” de la línea división(entre las clases), sin embargo, ES la “lucha de clases”: una sociedad clasista en la que la percepción ideológica de la división de clases fuese pura y directa, sería una sociedad armónica y sin lucha; por decirlo con Laclau: el antagonismo de clase estaría completamente simbolizado, no sería imposible/real, sino simplemente un rasgo estructural de diferenciación.

Slavoj Žižek, En defensa de la intolerancia.

The Leftist Project

The idea of Judgement Day, when all accumulated debts will be fully paid and an out-of-joint world will finally be set straight, is then taken over in secularised form by the modern leftist project. Here the agent of judgment is no longer God, but the people. Leftist political movements are like ‘banks of rage.’ They collect rage investments from people and promise them large-scale revenge, the re-establishment of global justice. Since, after the revolutionary explosion of rage, full satisfaction never takes place and an inequality and hierarchy re-emerge, there always arises a push for the second-true, integral- revolution which will satisfy the disappointed and truly finish the emancipatory work: 1792 after 1789, October after February…

The problem is simply that there is never enough rage capital. This is why it is necessary to borrow from or combine with other rages: national or cultural. In fascism, the national rage predominates; Mao’s communism mobilises the rage of exploited poor farmers, not proletarians. No wonder that Sloterdijk systematically uses the term ‘leftist fascism,’ and regularly refers to Ernst Nolte, the German ‘revisionist’ historian who developed the idea of Nazism as a deplorable but understandable reaction to communist terror. For Sloterdijk, fascism is ultimately a secondary variation of (and reaction to) the properly leftist project of emancipatory rage. In our own time, when this global rage has exhausted its potential, two main forms of rage remains: Islam (the rage of victims of capitalist globalisation) plus ‘irrational’ outburst by youth. One should, perhaps, add these Latin-American populism, ecologist, anti-consumerists and other forms of anti-globalist resentment. The Porto Alegre movement failed to establish itself as a global bank for this rage, since it lacked a positive alternative vision. Sloterdijk even mentions the ‘re-emerging Left-Fascist whispering at the borders of the academia,’ where, I guess, I belong…Although these local outburst are what critics of Fukuyama celebrate as the ‘return of history,’ they remain poor substitutes which cannot hide the fact that there is no longer a global rage potential.

Slavoj Žižek, Violence.

Pacifistas

It is often claimed that every contemporary ethical dispute is really a debate between Charles Darwin and the Pope. On the one side there is a secular (im)morality which finds it acceptable and desirable ruthlessly to use and sacrifice individuals. On the other, there is Christian morality which asserts that every single human being has an immortal soul and is thus sacred. In this context it’s interesting to note how, after the outbreak of the First World War, some social Darwinians were pacifists on account of their anti-egalitarian Darwinism; Ernst Haeckel, the leading proponent of social Darwinism, opposed the war because in it, the wrong people were killed: ‘The stronger, healthier, more normal the young man is, the greater is the prospect for him to be murdered by the needle gun, cannons, and other similar instruments of culture.’ The problem was that the weak and sick were not allowed into the army. They were left free to have children and thus lead the nation into biological decline. One of the solutions envisaged was to force everyone to serve in the army and then, in battle, ruthlessly use the weak and sick as cannon fodder in suicidal attacks.

Violence, Slavoj Žižek.

Children of Men

Children of Men is obviously not a film about infertility as a biological problem. The infertility Cuaron’s film is about was diagnosed long ago by Friedrich Nietzsche, when he perceived how Western civilisation was moving in the direction of the Last Man, an apathetic creature with no great passion or commitment. Unable to dream, tired of life, he takes no risks, seeking only comfort and security, and expression of tolerance with one another: ‘A little poison now and then: that makes for pleasant dreams. And much poison at the end, for a pleasant death. They have their little pleasures for the day, and their little pleasures for the night, but they have a regard for health. “We have discovered happiness,”- say the Last Man, and they blink.’

Violence, Slavoj Žižek.

Ideologías y violencia

Our blindness to the results of systematic violence is perhaps most clearly perceptible in debates about communist crimes. Responsibility for communist crimes is easy to allocate: we are dealing with subjective evil, with agents who did wrong. We can ever identify the ideological sources of the crimes-totalitarian ideology, The communist Manifesto, Rousseau, even Plato. But when one draws attention to the millions who died as the result of capitalist globalisation, from the tragedy of Mexico in the sixteenth century through to the Belgian Congo holocaust a century ago, responsibility is largely denied. All this seems just to have happened as the result of an ‘objective’ process, which nobody planned and executed and for which there was no ‘Capitalist Manifesto’. (The one who came closest to writing it was Ayn Rand.) The fact that the Belgian king Leopold II who presided over the Congo holocaust was a great humanitarian and proclaimed a saint by the Pope cannot be dismissed as a mere case of ideological hypocrisy and cynicism. Subjectively, he may well have been a sincere humanitarian, even modestly counteracting the catastrophic consequences of the vast economic project which was the ruthless exploitation of the natural resources of the Congo over which he presided. The country was his personal fiefdom! The ultimate irony is that even most of the profit from this endeavour were the benefit of the Belgian people, for public works, museums and so son. King Leopold was surely the precursor of today’s ‘liberal communists’.

Slavoj Žižek, “Violence.”