Los descontentos

Está uno harto de recordar –y ustedes aburridos de que yo lo haga– el viejo adagio de mi familia: “Nunca se debe intentar contentar a quienes nunca se van a dar por contentos”. Y sin embargo es algo que en España hay que sacar a colación continuamente, como si no darnos nunca por contentos fuera uno de nuestros mayores vicios, o más bien ardides. Es este un país lleno de gente insaciable, a la que nada parece jamás bastante, que ve cualquier gentileza o concesión no como deseo de tener la fiesta en paz y llegar a acuerdos, ni como recapacitación y afán de ser justo, sino como síntoma de debilidad inequívoca de quien cede, y por lo tanto como señal para tirar de la cuerda y forzar aún más las situaciones. Lo más sorprendente es que nadie haga caso de ese adagio, que nadie se plantee lo inútil y aun lo contraproducente de intentar contentar a quienes jamás van a darse por satisfechos.

(…)

Porque también los hay de millares de individuos, y estoy seguro de que ustedes se las habrán visto en la vida con alguna persona así. Habrán puesto paños calientes y tenido infinitas buena fe y paciencia con ellas, habrán procurado agradarlas y apaciguarlas, las habrán tratado con guante blanco ante su enorme susceptibilidad y su imparable exigencia …, y no habrán conseguido sino recibir reproches y broncas, se habrán sentido en insaldable y permanente deuda con ellas, habrán experimentado la desagradable e injusta sensación de que, por mucho que hicieran ustedes en provecho suyo, ellas no sólo no iban a agradecérselo, sino que lo iban a tomar como algo lógico y debido y además insuficiente. Son personas imposibles, desesperantes, con las que lo mejor que puede hacerse es romper todo vínculo y trato, no tenerlo malo ni esforzarse por tenerlo bueno (una quimera, esto último). Son individuos que en seguida pierden de vista lo que es una deferencia o un gran favor por nuestra parte, que consideran “derechos adquiridos” lo que graciosa y voluntariamente les otorgamos un día, que olvidan que no tenemos ningún deber para con ellos, y que, si les retiramos nuestra protección o beneficio, lo juzgarán una agresión, nada menos. Recuerdo haber tenido amigos a los que favorecía en lo posible: sugería su nombre para trabajos o viajes; lograba que se los invitara a donde no lo habían sido; hacía gestiones para que se los publicara o tradujera; los ayudaba a mejorar sus tarifas, sin llegar a la indecencia de recomendar públicamente lo que de ellos no me gustaba. Al terminar la amistad, me abstuve de perjudicarlos, pero sí dejé de echarles aquellas manos, y ellos entendieron la mera cesación de un apoyo –nada más comprensible, si yo me había considerado traicionado– como una declaración de hostilidades por mi parte. Hasta tal punto habían olvidado que se trataba algo espontáneo y amistoso, a lo que no estaba en modo alguno obligado.(…)

«No católicos sino catolicistas» en Lo que no vengo a decir, de Javier Marías.

Miradores

En los pueblos se sabe todo. La vida de la gente pertenece al acervo común. Desde la pila del bautismo hasta el nicho del cementerio, la parábola que describe la existencia está bajo constante observación. En los pueblos existen unos bancos de datos: el casino, el confesionario, la barbería. En ellos se almacena la biografía de cada uno en forma poliédrica, puesto que a cualquiera de los vecinos se le conoce por los cuatro costados y no sólo a él, sino también a sus antepasados. En el casino el Gran Hermano se toma un carajillo todas las tardes mientras juega al tute. No existe escapatoria. Esa tupida red de información ha creado una manera cuya sustancia es la cautela. Cuando un forastero llega al pueblo siente que al cruzar una calle desierta se van abriendo sucesivos ventanucos a sus espaldas. Una serie de miradas negras no lo abandona nunca en su camino. Lo mismo sucede en las pequeñas ciudades. Bajo las lentas campanadas de la iglesia se apartan discretamente los visillos de los miradores cuando unos pasos suenan en la acera. El recato, la hipocresía y la paranoia son el resultado de este conocimiento directo entre las personas. El anonimato de la gran ciudad fue la primera revolución. Cuando la gente dejó de reconocerse en las calles populosas, los rostros se convirtieron en máscaras y entonces el espíritu humano cambió de esencia. Durante varios siglos en las grandes ciudades reinó este maravilloso baile entre desconocidos pero hoy los medios de información, de espionaje y de comunicación nos han obligado a todos a ser de pueblo otra vez. Los vídeos ocultos, los microtransistores, las células fotoeléctricas han sustituido a la solterona que nos atisbaba desde el mirador isabelino, al ventanuco siciliano que se abría en la calleja desierta cuando cruzaba un recién llegado. La transparencia está generando una nueva moral de modo que si la intimidad ya es irrecuperable lo más sensato será acomodar para siempre nuestras costumbres a la microelectrónica que es el nuevo espacio de la libertad.