Aquella mitad

Porque lo cierto es que, a la vez que uno es consciente de sus posibilidades, o de su probable duración, estamos instalados en la vida de tal manera que se nos hace muy costoso abandonar la idea a la que estamos acostumbrados, a saber: la de que tenemos siempre, si no todo, mucho tiempo por delante; y de que lo pasado, lo que ya admite sólo el recuerdo, puede ser otra cosa que —indefinidamente— la mitad, «aquella mitad».
Javier Marías, Aquella mitad de mi tiempo.

Frank Sinatra has a cold

20141028-230531.jpg

FRANK SINATRA, holding a glass of bourbon in one hand and a cigarette in the other, stood in a dark corner of the bar between two attractive but fading blondes who sat waiting for him to say something. But he said nothing; he had been silent during much of the evening, except now in this private club in Beverly Hills he seemed even more distant, staring out through the smoke and semidarkness into a large room beyond the bar where dozens of young couples sat huddled around small tables or twisted in the center of the floor to the clamorous clang of folk-rock music blaring from the stereo. The two blondes knew, as did Sinatra’s four male friends who stood nearby, that it was a bad idea to force conversation upon him when he was in this mood of sullen silence, a mood that had hardly been uncommon during this first week of November, a month before his fiftieth birthday.

Sinatra had been working in a film that he now disliked, could not wait to finish; he was tired of all the publicity attached to his dating the twenty-year-old Mia Farrow, who was not in sight tonight; he was angry that a CBS television documentary of his life, to be shown in two weeks, was reportedly prying into his privacy, even speculating on his possible friendship with Mafia leaders; he was worried about his starring role in an hour-long NBC show entitled Sinatra — A Man and His Music, which would require that he sing eighteen songs with a voice that at this particular moment, just a few nights before the taping was to begin, was weak and sore and uncertain. Sinatra was ill. He was the victim of an ailment so common that most people would consider it trivial. But when it gets to Sinatra it can plunge him into a state of anguish, deep depression, panic, even rage. Frank Sinatra had a cold.

Sinatra with a cold is Picasso without paint, Ferrari without fuel — only worse. For the common cold robs Sinatra of that uninsurable jewel, his voice, cutting into the core of his confidence, and it affects not only his own psyche but also seems to cause a kind of psychosomatic nasal drip within dozens of people who work for him, drink with him, love him, depend on him for their own welfare and stability. A Sinatra with a cold can, in a small way, send vibrations through the entertainment industry and beyond as surely as a President of the United States, suddenly sick, can shake the national economy. (Seguir leyendo)

Gay Talese para Esquire, abril de 1966.

La última palabra de Carrillo

Escribo estas líneas el día en que el Gobierno ha dado oficialmente la cifra de más de 5.200.000 parados que en las semanas, meses y hasta próximos años puede crecer inexorablemente. Los mercados, esas estructuras especulativas que funcionan como un gran casino tras el cual de hallan los bancos, las empresas inversoras y de calificación, conforman un sistema financiero que se ha convertido en el poder que hoy dirige al mundo y domina los poderes políticos. La sociedad ha perdido el control de su propio destino, control arrebatado por quienes no responden ante nadie de su gestión. La democracia no funciona, los poderes políticos se alejan del pueblo y al final a este solo le queda la calle para expresar su malestar y su confusión. Todo ello va conduciéndonos a una situación cada vez más caótica, de la que podría surgir hasta un nuevo fascismo.

La gente sencilla no comprende bien lo que sucede. No comprende que las medidas que le imponen sean las mismas en la Grecia endeudada y en la España o el Portugal empobreciéndose que en la rica Alemania. La austeridad que se aplica tiene consecuencias distintas para unos y para otros. Para los más pobres es sencillamente la ruina, que a este paso puede terminar afectando a todos. Y esto, ¿por qué? Porque hay que satisfacer a los mercados, que continúan sus juegos de casino, sus especulaciones, indiferentes a cuanto están sufriendo los pueblos enteros.

Se está diciendo que la solución a esta crisis es más Europa, más integración. Se ha puesto de moda el término gobernanza. Pero hasta ahora, los métodos con que se ha construido la UE han tenido poco de democráticos. Ha sido un obra de gobernantes y de tecnócratas más que de los mismos ciudadanos. Se ha construido muy por arriba, con un criterio que se ha llamado funcional. Y ahora se pretende hacer lo mismo con un nuevo pacto, preparado por los tecnócratas, que va a imponer el criterio de los más poderosos, y en último término el de los mercados.

Yo creo que hay dos caminos para construir Europa, y si no los hay debería haberlos: el de la derecha y el que debería elaborar la izquierda. Hasta ahora se ha seguido el de la derecha, que ha fomentado el euroescepticismo. Sería necesario pensar en un camino más democrático, que en vez de acentuar las distancias del desarrollo entre unos y otros países, ayude a superarlas. Si no, la gobernanza va a servir para profundizar en las diferencias, y la unida de Europa puede terminar saltando por los aires.

Volviendo a lo esencial, hay que hacer frente al crisis. Pienso que al convertir el problema de la deuda de los Estados en la cuestión principal, siguiendo el criterio del sistema financiero que la provocó, solo se ha conseguido convertirla en algo crónico que puede terminar muy mal para los países pobres y para los ricos. Ya se advierten signos de este peligro hasta en EE UU.

La cuestión principal no es la deuda, si no la crisis, que provoca paro, destruye empresas pequeñas, medianas e incluso algunas grandes y produce miseria y pobreza. Y su solución demanda serias reformas del sistema capitalista.

No se trata del fin del capitalismo. Se trata de que este sistema no funciona, y no funciona porque el actor financiero ha adquirido un desarrollo monstruoso que ya no solo impulsa al sector productivo, el comercio, los servicios, sino todo lo que es importante para normalizar la vida de los ciudadanos e incluso de los negocios no especulativos.

Se trataría de una reforma global que transforme el sector financiero en un servicio público a cargo de los Estados y de las instituciones internacionales adecuadas. Sé que es una reforma difícil, porque necesitaría de un nuevo pacto político y social entre el mundo del trabajo y del capital. Pero es una idea que necesitaría el apoyo de una izquierda mundial seriamente reformista, que hoy todavía está en pañales.

Sin reformas de este tipo, la sociedad retrocedería al período histórico en el que la disyuntiva reforma o revolución dividió a los sectores más avanzados de la sociedad.

El recurso que parecen defender los sectores dominantes hoy en la sociedad para salir del atasco de la crisis, utilizar los excedentes-las sobras-de la actual política de apoyo a la banca y de sumisión a los mercados, no es más que una trampa. Con las sobras no habrá para relanzar el crecimiento de la economía. Si la socialdemocracia no rompe con la actual política deberían de aparecer fuerzas nuevas que se hagan cargo de la tarea de salvar la civilización, el bienestar, la democracia y la paz, de impedir un retraso humano de más de un siglo.

Santiago Carrillo, Nadando a contracorriente(Prólogo, 2012).

Ficción

And I mean that—everything is fiction. When you tell yourself the story of your life, the story of your day, you edit and rewrite and weave a narrative out of a collection of random experiences and events. Your conversations are fiction. Your friends and loved ones—they are characters you have created. And your arguments with them are like meetings with an editor—please, they beseech you, you beseech them, rewrite me. You have a perception of the way things are, and you impose it on your memory, and in this way you think, in the same way that I think, that you are living something that is describable. When of course, what we actually live, what we actually experience—with our senses and our nerves—is a vast, absurd, beautiful, ridiculous chaos.
So I love hearing from people who have no time for fiction.

Read more.

El conocimiento adquirido

Pues lo cierto es que el lector normal, aunque no conozca a los personajes de la noticia, creerá, aceptará, dará por descontado que un novio ha desnudado a su novia por considerar que su atuendo era demasiado osado. Seguramente no le importará en absoluto la identidad de ese novio, pero dará por supuestas su existencia y su actuación. Y aun cuando ese novio explique posteriormente que la noticia era falsa o un error, que le arrancó el vestido a su novia porque se le estaba quemando y corría el peligro de arder con él, será la primera versión la que, de manera consciente o inconsciente, deliberada o involuntaria, el lector guardará en su memoria o al menos en su imaginación. ¿Por qué? La razón a mi modo de ver, puede ser simple. Queremos que pasen cosas y nunca nos bastan, nuestro talante es eminentemente positivista y acumulativo, empírico y afirmativo, y difícilmente aceptamos algo (un hecho, un dato, una anécdota) que ha pasado a formar parte de nuestra «enciclopedia» pueda ser borrado como no existente o no acaecido. La anulación de lo que por un momento he sido, la reducción de nuestro saber (aunque sea imaginario, o conjetural, o inútil) resulta inadmisible para el hombre o mujer de fines del siglo XX. Si a la postre resulta que el novio no desnudó a su novia por atrevida, eso poco importa en realidad, pues pudo haber sucedido como se contó, y la mera posibilidad pasó ya a formar parte de nuestra imaginación, que por nada del mundo renunciará al conocimiento adquirido.

«Lo que no ocurre» en Pasiones pasadas, de Javier Marías.

El momento de la gracia

Mientras escribo este artículo, con la prima de riesgo disparada, las bolsas cayendo a plomo, Krugman anunciando corralitos y Rajoy implorando ayuda a Europa, nuestro país parece un avión cruzando una tormenta: hace ya rato que se ha encendido el letrero de “Fasten your seat belts” (ya saben: Abróchense los cinturones), la gente se agarra a los reposabrazos de los asientos con los ojos cerrados y los labios bisbiseando, se oyen gritos cada vez que la nave da un sacudón, las mamás hablan con los niños, algún señor vomita en una bolsa de papel y las azafatas y los sobrecargos fingen una tranquilidad que no sienten. Todos intentamos usar la razón, claro: nos decimos que no pasará nada, que se mata menos gente en avión que en coche o en tren, que al final aterrizaremos sanos y salvos y todo el mundo se romperá las manos aplaudiendo al capitán; pero la razón no lo puede todo, y siempre hay una vocecita que nos sugiere que, como en el poema de José María Valverde, en cualquier momento el letrero de “Fasten your seat belts” puede ser sustituido por el de “Say your prayers” (ya saben: Diga sus oraciones).

La comparación es mala: en el accidente de un avión casi nunca hay supervivientes; en el de un país, en cambio, siempre los hay, porque los pasajeros de primera clase se salvan, mientras que los de clase turista no: por eso es mucho más exacto comparar nuestra situación con la de un barco que amenaza con hundirse (y por eso, la próxima vez que lean que alguien dice que esto es como el Titanic, porque o nos salvamos todos o nos ahogamos todos, píntenle un bigote en la foto de mi parte). Sea como sea, mi impresión es que en estas circunstancias el optimismo es casi un deber moral. No teman: no voy a infligirles una arenga patriótica, aunque tampoco me parecería de una demagogia intolerable pedir un poco de calma a fin de que no se pise el cuello y los genitales a los niños, mujeres y ancianos que intentan salir del barco antes que nosotros (desengañémonos: eso es lo que están haciendo quienes se han apresurado a poner su dinero a buen recaudo en bancos ingleses, norteamericanos, suizos y alemanes). Yo entiendo muy bien que nos pongamos nerviosos; es verdad, además, que los tipos como yo somos los menos indicados para hablar del asunto: al fin y al cabo, en estas situaciones los neuróticos de sanatorio llevamos ventaja, porque hemos vivido tantas veces el Apocalipsis en nuestra imaginación que cuando parece que llega de verdad, lo afrontamos mejor que las personas normales. Hecha esta puntualización, yo diría que no está mal tratar de conservar una mínima decencia; y añado: si nos van a lapidar, que nos lapiden, pero al menos no perdamos del todo las formas. Recuerden además que mucha gente se está forrando con nuestro miedo, y que el valiente muere una vez, mientras que el cobarde muere mil veces. Pero, en fin, lo que yo quería decir hoy es algo más elemental; es esto: ¡amiguitos, en peores plazas hemos toreado! Piensen en sus padres o en sus abuelos, sin ir más lejos: comparado con lo que ellos vivieron, lo que nosotros estamos viviendo es una broma. Como saben los historiadores, es falso que la historia nunca se repita; al contrario: siempre tiende a repetirse, porque, como dijo Bernard Shaw, lo único que se aprende de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia. La última crisis parecida a esta de ahora, la del 29, se saldó en España con una guerra civil, y en Europa, con 50 millones de muertos; pero de momento no parece demasiado verosímil que, a pesar de todas las tonterías que está haciendo Europa, nos hallemos a las puertas de otra guerra total (de hecho, llevamos ya cuatro años de crisis y Hitler todavía no ha subido al poder en Alemania), y tampoco parece muy probable que usted y yo vayamos a vernos de nuevo en la frontera francesa, con un colchón debajo del brazo, los niños en una mano y la abuela en la otra. Gracias a Dios, parece que por esta vez Bernard Shaw se equivoca. Quien no se equivoca es Hemingway, como mínimo cuando declaró que el coraje no es otra cosa que gracia bajo presión. Este es el momento de la gracia. Es verdad que nuestros políticos no ayudan demasiado: no creo que nadie esperase de ellos que hiciesen como los capitanes de las novelas de nuestra infancia y nos gritasen en lo peor de la tormenta que los atásemos al timón; pero muchos tampoco esperábamos que a todos se les pusiese cara de Francesco Schettino, aquel capitán del Costa Concordia que solo pensaba en ganar las próximas elecciones mientras su barco amenazaba con hundirse. De todos modos, da lo mismo. Repito que en peores plazas hemos toreado. Además, aunque los últimos 30 años habían estado bien, lo cierto es que resultaban un poco irreales, y quizá amenazaban con convertirnos definitivamente en una perfecta panda de idiotas, quiero decir en un país de nuevos ricos, con toda la prepotencia, la estupidez y la grosería de los nuevos ricos. Ahora volvemos a la realidad; ahora es cuando quizá pueda esperarse otra vez algo grande de nosotros.

El País semanal, 10 de junio de 2012.

Malpensados

A veces me pregunto ingenuamente por qué se ha instalado tanto en nuestra sociedad ese estúpido precepto de nuestro refranero, «Piensa mal y acertarás». O más bien por qué se ha instalado la primera parte de esa norma sin que apenas importe el cumplimiento de la segunda, esto es, sin que a los malpensados les interese mucho el resultado de sus sospechas y sin que el fracaso ocasional de su práctica los lleve a variarla, enmendarla o renunciar a ella. Hay demasiada gente que pese a comprobar una y otra vez que no acertó al pensar mal, seguirá empecinada en hacerlo, en ver el mundo con pésimos ojos, en tener la desconfianza y el recelo por brújula en sus relaciones con sus vecinos y en sus juicios acerca de ellos, en considerar que nunca se hace nada no ya desinteresada o generosamente, sino ni siquiera inmotivadamente. Como si lo caprichoso y gratuito estuviera abolido y fuera imposible, como si toda acción, toda palabra, toda iniciativa obedecieran siempre-siempre-a motivos falsos o a intereses egoístas. Como si las personas no dieran a menudo palos de ciego o se comportaran atolondradamente, por no llevar la contraria y asegurar que a veces se mueven por buenas causas y por fines nobles.

Esto es lo que por general se niega, sobre todo a los personajes públicos. No son sólo tanto los medios de comunicación, con las maledicentes radios a la cabeza; es también gran parte de la sociedad la que nunca piensa que nadie hace nada si no es en su provecho, principalmente económico. En buena medida la culpa es de nuestros políticos y financieros, que en los últimos años han acaparado para mal lo que se denomina la vida pública. Han sido tan abundantes los casos de corrupción y engaño, tantas las raterías que se han ido descubriendo, que sin duda han abonado el refrán mencionado, y me temo que por mucho tiempo. Pero considerar que unos cuantos políticos robaperas con capaces de marcar el rumbo de todo un país es concederles excesiva importancia.

Más grave es, en lo que se refiere a este gremio y también al de los periodistas, que nunca se reconozca nada. Nunca se reconoce una mentira, un error o una calumnia, nunca un mérito de un adversario, nunca su actuación atinada. Nunca se piden disculpas por las acusaciones vertidas cuando se demuestran falaces, nunca por las predicciones maliciosas cuando no se cumplen, nunca por los juicios parciales y apresurados cuando resultan injustos. Casi nunca se rectifica ni se repara un daño, jamás hay que pesar por el perjuicio infligido a alguien deliberada o involuntariamente. Todo lo contrario: se insiste. Cuando se prueba que alguien no hizo algo por los motivos que se le imputaban, en seguida se buscan otros no menos ruines; cuando se ve que no incurrió en lo que esperaban los malpensados, se achaca a maniobras aún más bajas que las que llevaron a pronosticar lo que por fin no hubo; si un político hace lo que se le pide desde el bando opuesto, no se dirá que ha entrado en razón y se ha comportado como es debido, sino que se le ridiculizará, se lo tildará de calzonazos o se afirmará que ha obedecido misteriosas órdenes de no se sabe quién para mejor hacer la próxima jugarreta. Y aún es más: si alguien se justifica, se lo acusará de justificarse; si milagrosamente se disculpa, se lo acusará de disculparse; si se enmienda, de enmendarse; si permanece en su cargo, de aferrarse al sillón; si dimite, de dimitir a deshoras y cobardemente; si hace lo que criticó en otros, de hacerlo; si es consecuente y no lo hace una vez en su cargo, de traidor y blando.

Así no hay manera, y en eso sin embargo llevamos tiempo instalados.

Qué futuro aguarda a quien sabe que se lo censurará por sistema, no importa cómo se conduzca. (…)

Javier Marías, Mano de sombra.

Cuando la Renfe se cree lo que dicen sus anuncios

Estás en Gijón y hace mucho frío. Previo pago de casi tres mil pesetas has sacado un billete para el electrotrén Gijón-Madrid, que sale a las 13.10 horas, para llegar a las nueve de la noche. Es un tren superlujo, superrápido, supercómodo. Es una virguería de tren, es un primor. Pero la cosa empieza mal: cuando llegas a la estación, te dicen que has de coger un autobús. A ti te sorprende la noticia, pero obedeces, te subes a un autocar sin calefacción y te vas hasta Oviedo castañeando los dientes y observando con cierta inquietud cómo la carretera va cubriéndose de nieve poco a poco.

Estación de Oviedo. Las 13.45 horas. El trayecto en el frío coche te ha dejado un poco quebrantado y como adolorido de meniscos. Nieva, y los pasajeros esperan pacientemente al tren en el andén, a la intemperie. Al fin suenan los altavoces: “El electrotrén con destino a Madrid efectúa su salida aproximadamente a las 14.10 horas”, dice una voz con plácido e impersonal tono, “los tres últimos vagones no tienen calefacción”, continúa la voz con la misma placidez. Un murmullo de pasmo se eleva del andén: los viajeros se miran los unos a los otros con ojos vidriosos, desolados. No obstante, siguen todos esperando con docilidad ejemplar, permitiéndose tan sólo algún morigerado pateo de calentamiento. Y el electrotrén no llega. La estación es barrida por los vientos, de modo que, cuando los vagones hacen al fin su entrada, a eso de las tres de la tarde, la masa viajera se encuentra una pizca amoratada. A ti, ¡oh cielos!, te ha tocado uno de los coches sin calefacción, te acurrucas en el compartimento helado y, como las otras doscientas cincuenta personas en tu misma situación, te dedicas a tiritar con admirable mansedumbre. El tren arranca. El campo está completamente nevado y la máquina avanza a velocidades microscópicas. Los viajeros se soplan las puntas de los dedos con un aliento que es todo vapor e intentan limpiarse, con pudorosa discreción, los arroyos nasales de moquillo. Fuera, tras los cristales, se extiende Siberia. De repente, el tren se para en mitad de un túnel. Los vagones, además de no tener calefacción, carecen de luz. El silencio es tan espeso como la oscuridad. Un minuto, tres, seis. Es como estar encerrado en una nevera. No se oye ni una respiración, tan sólo la tos eventual de unos jubilados que van hacia Alicante, vía Madrid, por el aquel de librarse de los fríos. Empiezas a pensar que no saldrás jamás del túnel: recuerdas los dos accidentes catastróficos que Renfe tuvo en el año 1980, los setenta y cuatro muertos de balance. Diez minutos. Al fin, el tren arranca. Son las 16.30 horas, y al poco os detenéis en la pequeña estación de Pola de Lena. Las cinco de la tarde, y seguís ahí parados. Las 17.15 horas. Ya no sientes nada del tobillo para abajo. Llega el revisor y explica que van a dejar los tres vagones sin calefacción aquí, porque se les agarrotan los frenos y es una lata. Que no os preocupéis, que en diez minutos vendrá otro electrotrén a recogeros. De modo que os quedáis los doscientos cincuenta pasajeros abandonados en la tundra. La estación es tan pequeña que el único cobijo que ofrece, la cantina, no tiene cabida para más de diez personas. La cantinera, una anciana venerable, se afana en atenderos con sus tres minúsculas tacitas de café y unos cuantos vasos desaparejados-evidentes restos de su ajuar-que componen su única dotación de utensilios. La cantinera y el jefe de estación-también longevo-están espeluznados y sobrepasados por las dimensiones del desastre. Como no hay ningún otro lugar en donde guarecerse, volvéis a los vagones congelados. Las seis de la tarde. Noche cerrada. En la oscuridad de los vagones brilla de cuando en cuando un mechero que alguien prende para ver la hora o para verificar que sus dedos no están del todo amoratados y que no será necesaria la amputación de urgencia. El moquillo cae ya a todo fluir sin que nadie se moleste en restañarlo. El jubilado con tos se va convirtiendo rápidamente en un jubilado con bronquitis. Las ocho de la tarde. Se oye llegar un tren. Todo el mundo se asoma, esperanzado: no es el electrotrén prometido, sino un tren pequeño que también viene sin luz, un tren tranvía procedente de León y con destino a Gijón, como informa el altavoz. Alguien-una voz que sale de las sombras-os dice que os bajéis. Os apiñáis en el andén con nieve hasta el tobillo, balbucientes, moqueantes, comatosos. Escudriñados a través de las oscuras ventanillas descubrís que el recién llegado tren está lleno de gente. De nuevo el altavoz: “Señores pasajeros del tren tranvía con destino a Gijón, hagan el favor de descender de los vagones”. Una breve pausa. Y luego: “Señores pasajeros del electrotrén, hagan el favor de subir al tren tranvía”. Entonces, como por efecto de un conjuro, los ocupantes del pequeño tren se asoman todos a una por las apagadas ventanillas: ¡Y una miiiiiierda, me voy a bajar yo!, berrean a decenas con voz ronca de frío. El jefe de estación repite con gesto cercano a lo apopléjico: “Yo sólo cumplo órdenes, a mí me han dicho que les baje, que les van a mandar unos autobuses”. Pero los viajeros hacen morisquetas y cortes de manga y no se mueven. El altavoz, entonces, ordena que subáis a los dos últimos coches del tren tranvía, que van vacíos. La comitiva de parias obedece y os metéis en los apagados y helados vagones con la certidumbre de que acabaréis en Auswichtz. Nueva espera. El jubilado con la tos bronquial se va convirtiendo sin prisas, pero sin pausas, en un jubilado con pulmonía. De pronto, a las 20.30 horas, la máquina arranca. Pero sólo se mueven vuestros dos vagones: atrás queda, desenganchado, el resto del tren travía. Y mientras salís lentamente de la estación, escucháis cómo se eleva en la noche el clamor prodigioso, los alaridos, el furibundo bramar de los que son abandonados.

Y poco más:que tardáis dos horas en alcanzar León, que casi os quedáis en el puerto de Pajares, que pasáis un miedo pavoroso. Que en León por fin os cambian a un tren en condiciones y llegáis a Madrid a las 7.15 horas. Y que, al ir a protestar al jefe de la estación, éste contesta desabrido: “Mucho quejarse, pero han llegado, todas las carreteras y los aeropuertos cerrados y han llegado”. Y tú piensas que es mejor no llegar, que es inmoral que den salida a un tren ya roto. Que es peligrosísimo que la Renfe se crea las mentiras de sus propios anuncios.

El País, 1-2-1981.

Rosa Montero, La vida desnuda.

YO FUI ESCLAVO DEL TABACO

He estado a punto de morir con la gentil colaboración de Tabacalera española. Puedo hacer esta afirmación con absoluta certeza porque he sido fiel a sus productos nacionales desde 1957. El consumo salvaje de las marcas Celtas y Ducados me permite afirmar que los asesinos hablan mi idioma. Cuando he residido en el extranjero han sido Gitanes y Gauloises, con la aportación decididamente cutre de los Nazionali cuando viví en Roma. Y todos en cantidades tan ingentes que justifican el título de este artículo, al estilo de “Yo fui una madre soltera” o “Yo fui un Frankenstein adolescente”. O, siguiendo con el cine: “Me llamo Lillian Roth y soy una alcohólica”. Así, pues, confesión pura y dura.

Descartando los factores obvios sobre los que inciden razonablemente todos los escritos contra el tabaco, sí quisiera esgrimir mis derechos al récord del tabaquismo; y, puesto que me había sido diagnosticado un enfisema pulmonar en grado avanzado, mis aspiraciones al Guinness de la estupidez.

Estamos hablando, naturalmente, de una compulsión, pero en lenguaje llano puedo llamarlo obsesión, delirio y hasta locura. Sólo con epítetos un tanto desorbitados puedo calificar a los alucinantes momentos en que intenté desengancharme. Y esto en una época en que el enfisema ya había convertido mi caso en cuestión de vida o muerte. Vértigos, estados de histeria, alucinaciones, agresividad, eran algunos peldaños que me hacían subir directamente a la desesperación. Tales reacciones me hacían ver que casi cuarenta años de tabaquismo habían hecho su efecto. No era una constatación demasiado útil. El reconocimiento de un fallo y su enmienda no siempre van juntos; sobre todo cuando la adicción es tan traidora como para aportar a cada causa su justificación; sus coartadas a menudo múltiples. La primera de ellas : “Si no dejo el tabaco es porque no quiero. Y, después de todo, siempre hay tiempo para hacerlo”.

Pero el tiempo transcurre, las facultades menguan, la basura va invadiendo los pulmones, al final los devora y la dependencia crece hasta convertirse en una esclavitud. Lo más lógico es reconocer de una vez que me he convertido en una piltrafa, pero los Ducados pueden más. Pertenezco a la clase de fumadores que quieren dejarlo… sin quererlo dejar.

Con mi enfisema debidamente diagnosticado continué consumiendo el veneno y reduciendo mi calidad de vida al mínimo, por no decir a la nada absoluta. Nunca faltaron excusas. ¿Cómo iba a escribir una sola página sin mis aliados, los cigarrillos? Pero los Ducados no me han convertido en Joyce. ¿Cómo hacer el amor sin aspirar, después, una calada, como hacían las heroínas de la Nouvelle vague? pero no se me presentó la oportunidad, porque gracias al tabaquismo entré directamente en la impotencia sexual, con el consiguiente deterioro de mis relaciones de pareja.

En tales circunstancias no podía recurrir a las frases estilo “virgencita mía, ¡qué cruz me has mandado!”; y no podía porque la cruz me la busqué yo, aunque no sin ayuda. A los dieciséis años recurrí al cigarrillo como tantos otros: no para hacerme el macho –comprenderán que esto siempre me importó un pito–, sino como forma de distinción social, aprendida en la moda y, desde luego, en los dioses del cine; pero las tabacaleras todavía no me alertaban con esa astuta advertencia que adornaría las cajetillas muchos años después, cuando ya era demasiado tarde: “El tabaco perjudica seriamente la salud”.

Santo aviso, pero ambiguo. El tabaco entraría a formar parte de las múltiples cosas que pueden dañar la salud en mayor o menor grado, pero nunca en anuncios o cajetillas, he leído que los cigarrillos CREAN ADICCIÓN. Y es aquí donde los fumadores perjudicados estamos en el derecho de exigir responsabilidad y de acusar a las tabacaleras de criminales.

Porque no es cierto, como han escrito recientemente algunos compañeros, que el fumador pueda dejar de fumar de la noche a la mañana; no es cierto que se trate de un simple problema de albedrío. La adicción es la trampa mortal. Y lo es en un grado que no he conocido en cosa alguna.

Los Ducados han permanecido a mi lado, año tras año, día a día, minuto a minuto. ¿De qué poderosa materia estaban hechos esos diablillos como para irme convenciendo de que eran amiguetes cuando, de hecho, eran mojones en mi camino hacia el desastre?

Mientras me convertían en adicto, en obseso, en esclavo, me hacían creer que me estaban ayudando. Pero, ¿y qué? Los problemas, cualesquiera que fuesen, seguían existiendo aunque los disfrazase tras una cortina de humo. Más aún, generaban un nuevo problema que no era sino el reconocimiento de mi irresponsabilidad. Si no fumaba caía en la desesperación, si fumaba me desesperaba por ceder. Y a fe que intenté dejarlo por todos los medios aconsejados: libros de ayuda, acupuntura, ondas electromagnéticas, parches de nicotina, pastillas, boquillas… Sólo que faltaba lo más importante: la decisión verdadera, asumida, de querer dejarlo realmente. Los cojones que Tabacalera me había arrebatado.

Mientras, el enfisema seguía su curso. Y el tabaco también. Una pintoresca pulmonía doble vino a completar el cuadro. Y a mayor peligro, más tabaco.

Enlazo con el principio: he visto a la Muerte cara a cara. No era como la de Ingmar Bergman, negra, ni como la de Woody Allen, blanca. Era azul, como un paquete de Ducados, y cada vez que en la clínica me agujereaban venas y arterias para introducirme sueros o sondas, imaginaba que me estaban incrustando cigarrillos. Después de todo es lo que había estado haciendo yo mismo durante 40 años. En esta excursión a las fronteras del Más Allá descubrí el único final de la abominación, que no es otro que romper con ella a rajatabla. Con ayudas pertinentes, llámense parches, pastillas, comidas –nunca saboreadas antes-, horas de sueño, lo que sea pero siempre como elección inevitable.

Me siento muy orgulloso de mí mismo, pero al mismo tiempo me tengo por estúpido por no haberlo dejado antes. Y es que el deterioro ha sido inexorable. Por más que haga a partir de ahora, seguiré viviendo con mis facultades considerablemente disminuidas. Ninguna reforma conseguirá devolverme el trozo de pulmón que me falta, por no hablar de deficiencias cardiovasculares, sexuales y algunas bendiciones más. Mi falta de voluntad me ha convertido en un medio hombre. Y todo gracias a Tabacalera Española, que me presentó a mis asesinos cuando tenía la tierna edad de dieciséis años y no estaba en condiciones de reconocer los variopintos disfraces de la Muerte.

Terenci Moix.

Gran columna del bueno de Terenci. Una pena lo que vino después aunque se agradece su conmovedora sinceridad.

Sí, volvemos a intentarlo.

Remember the time?

Truculencias. Publicado en El País el 03/11/1983.

Voy a contar una historia truculenta, la historia de una menor que ha sido violada por su padre. Gema, se llama ella, y para mayor miseria es débil mental. Cuando sucedió todo sólo tenía 15 años. La madre era asistenta. El padre estaba en paro: tenía todo el tiempo y la impunidad del mundo para abusar de Gema. Fue denunciado por su esposa el 9 de septiembre de 1981. Tardaron dos meses en procesarle (meses que el violador empleó en seguir violando) y, cuando lo hicieron, el amable juez le dejó en libertad sin fianza. El libérrimo padre aprovechó la coyuntura para continuar desgarran do a la muchacha, esta vez por el ano, produciéndole lesiones por las que la chica tuvo que ser internada en la clínica 23 de Octubre. Además, maltrató a su mujer y la amenazó de muerte si proseguía en sus denuncias, de modo que las abogadas de la niña tuvieron que recurrir al ministerio fiscal, que ordenó al fin la detención del padre el 29 de enero de 1982. Por cierto, todos los interrogatorios se hicieron en la sala de oficiales. Allí, de lante de una muchedumbre que interrumpía el teclear a máquina y aplicaba la oreja, la niña fue obligada a describir cómo la desnudaba el padre, cómo y por dónde la follaba. Llegó el juicio oral: el padre admitió haber hecho el amor con Gema. Ella dijo que consintió Porque tenía miedo; el hermano de la niña (14 años) declaró que el padre les pegaba mucho, tanto a Gema como a él; la madre contó, en su inocencia, que la niña había quedado embarazada del padre y que la había llevado a Londres a abortar. La sentencia dictaminó estupro y no violación, como si la chica hubiera disfrutado; se hablaba del «marido de la madre» y no del padre, evitando la agravante del incesto; no se hacía mención alguna a los malos tratos denunciados, pero, eso sí, se recogía el delito de aborto cometido, «hecho del que conoce el Juzgado Central competente». Total: cuatro años de cárcel para el hombre. Las abogadas recurrieron al Tribunal Supremo, que acaba de fallar reconociendo la paternidad y, por tanto, el incesto, y aumentando la pena dos meses y un día, que es el mínimo. El juez que llevó el caso es Scampa, que ha sido ascendido a magistrado de la Audiencia. Dentro de poco, supongo, procesarán a la madre y a la niña. Por aborto.

Rosa Montero, La vida desnuda.