Claudicación

En mi parecer el momento idóneo para dejar de fumar es aquel en que el fumador o la fumadora se encuentra en un estado de especial interés sobre sí o sobre su situación en la vida. Digamos que se encuentra en una encrucijada, de las que se conocen como excepcionalmente afortunadas o desafortunadas. Puntos duros.

En esa coyuntura, el sujeto no se soporta bien por el deplorable concepto que ha venido formándose sobre sí mismo (y el mundo) o, por lo contrario, «no se soporta» por la autosatisfacción que los logros profesionales, románticos o de otra índole le han proporcionado recientemente. En ambas tesituras se puede dejar de fumar y prolongar la abstinencia apreciablemente.

En el primer caso, el padecimiento de no fumar se toma como una punición merecida. En el segundo, no se puede volver la cara. Las épocas en las que sobrevienen sucesos importantes, buenos o malos, y que auspician un cambio, son favorables para abandonar la adicción al tabaco. (O para regresar a él cuando se ha abandonado.)

El tabaco es una cosmología. Para el sujeto que se encuentra circunstancialmente a mal consigo mismo, lograr refutar algunos de los signos de su vida presente, como es la relación con el tabaco, le sirve de alegoría de otras transformaciones. Igualmente, para el sujeto ocasionalmente entusiasmado consigo mismo vencer la dependencia del tabaco puede ser un reto oportuno para demostrar su nuevo nivel de logros.

A lo que se ve, la travesía de no fumar se vive simbólicamente. Raramente, se puede dejar una adicción si no es de una manera heráldica puesto que sería imposible de otro modo luchar contra su formidable ahínco. Igualmente, nadie que ha dejado de fumar puede reincidir sin el peso de la culpa. Si el individuo pone los símbolos en juego ya sabe lo que le aguarda. Dejar de fumar es un triunfo, pero la recaída en el tabaco acarrea descréditos con los que deberá apechar. Por añadidura las recaídas suelen acompañarse de desánimo y la aceptación de unas señales más amplias de derrota. Recaer, claudicar, conlleva una explícita asunción de lo peor; un abrazo a la impotencia, y, en ocasiones, una metáfora de suicidio. Se volverá al tabaco como a un reducto acorde con la resignada confirmación de que el mundo no tiene enmienda y el mejor consuelo procede de optar por la repetición de la penuria anterior.

Vicente Verdú, Días sin fumar.

Santos

Un grupo tan heterogéneo como el de los santos permite muchas clasificaciones y subdivisiones. A los efectos de este prólogo, propongo dos grandes categorías.

La primera es la de los santos que dan ejemplo con su conducta: los mártires y los anacoretas. No suelen inspirar devoción, pero son los más representados en pinturas y esculturas, porque son más dramáticos. Un ejemplo claro es san Sebastián con sus flechas: rara es la iglesia que no tenga su efigie, más raro es aún que alguien le rece.

La segunda categoría es la de los santos influyentes, los que curan enfermedades, socorren en caso de peligro y en general deshacen entuertos, algunos de muy poca trascendencia: encuentran objetos perdidos, contribuyen a que salgan bien los guisos y cosas por el estilo. Su eficacia deriva de algún contacto fortuito con la divinidad, como san Cristóbal, que por haber ayudado al niño Jesús a vadear un riachuelo tiene a su cargo la ingente flota automovilística mundial, o por razones diversas que a menudo no guardan relación con su vida, sino con algún símbolo de su iconografía, como sucede con los patronos de oficios.

Los relatos que integran este libro hablan de unos individuos que no pertenecen a ninguna de las dos categorías anteriores. En rigor, no son santos o lo son en una tercera categoría que la Iglesia no reconoce e incluso condena. Son santos en la medida en que consagran su vida a una lucha agónica entre lo humano y lo divino. Dicho de otro modo: su vida trasciende lo humano en la medida en que poseen una visión global de la existencia que los demás disolvemos en el prosaico desglose de los días. La mayoría de estos santos que no los son parte de una idea equivocada, de un trauma psicológico. La devoción con que se entregan a esta desviación de un modo excluyente y su disposición a renunciar a todo es lo que los asemeja a los santos. Como su lucha es interior y a nadie le interesa su aspecto, caso no tienen representación gráfica. En cambio son los favoritos de la literatura por razones obvias. Don Quijote, Hamlet y el capitán Ahab son ejemplos válidos; la literatura rusa se alimenta de ellos, desde el amable tío Vania hasta el abrupto Raskolnikov.

Si prescindimos de criterios religiosos o morales, estos falsos santos no se diferencian mucho de los santos de verdad. Y tanto los unos como los otros tienen algo de repelente. Los anacoretas o los mártires, voluntarios o involuntarios, cualesquiera, en fin, que hace del victimismo y el dolor su razón de ser contraría nuestra manera de entender la vida(…)

Tres vidas de santos, Eduardo Mendoza.