El principio del mal o el arte de la vanidad

La dialéctica erística es el arte de disputar, y precisamente el arte de disputar de modo que uno tenga razón; y ello per fas et nefas (con medios lícitos e ilícitos). De hecho, se puede tener objetivamente razón en la cosa misma, pero no tenerla ante los ojos de los presentes e, incluso, ni ante los propios ojos. Así sucede, por ejemplo, cuando el adversario refuta mi propia prueba y eso se toma como la refutación de la tesis misma; en apoyo de la cual se pueden aducir otras pruebas. En tal caso, naturalmente, la situación, en lo que respecta al adversario, es inversa: aparece teniendo razón aunque objetivamente no la tenga. Por consiguiente, la verdad objetiva de una proposición y la validez de la misma en la aprobación de los contendientes y oyentes son dos cosas distintas. (A esta última se refiere la dialéctica.)

¿De dónde deriva esto? De la maldad natural del género humano. Si esta no existiera, si en nuestro fondo fuésemos honrados, en todo debate intentaríamos que la verdad saliera a la luz, sin preocuparnos de si, de hecho, esta resulta conforme a la opinión que nosotros sostuvimos al principio o a la de otro; lo cual sería indiferente o, en todo caso, de importancia muy secundaria. Sin embargo, esto se convierte en lo principal. Nuestra congénita vanidad, especialmente susceptible en todo lo concerniente a la capacidad intelectual, no quiere aceptar que lo que, en el primer momento sostuvimos como verdadero aparezca falso, y verdadero lo que sostuvo el adversario. Por consiguiente, cada uno debería preocuparse únicamente de formular juicios justos. Y, para ello, debería primero pensar y después hablar. Pero en la mayoría de las personas, a la innata vanidad se une la incontinencia verbal y una innata falta de probidad. Hablan antes de haber pensado y, cuando después se dan cuenta de que su afirmación es falsa y no tienen razón, pretenden que aparezca como si fuese a la inversa. El interés por la verdad, que debería ser el único motivo para sostener lo mantenido como verdadero, cede ahora por completo el paso al interés de la vanidad. Lo verdadero ha de aparecer como falso y lo falso como verdadero.

Arthur Schopenhauer, El arte de tener razón.

Sobre tópicos

Los tópicos son lugares comunes, en griego tópoi. Se trata de lugares- aquí, verbales- conocidos, transitados o frecuentados por todos o por muchos, sitios donde nos encontramos la mayoría. Según esta acepción corriente, el tópico es un dicho que no dice nada nuevo a nadie, sino más bien lo que todos saben. Lo que se pretende con él es el satisfactorio encuentro de uno con esa mayoría, el ocultamiento en medio del número, la huida de toda disputa y, en fin, la tranquilidad consiguiente… En cierto sentido no andan lejos de las frases hechas.(…) Contribuyen desde luego al gregarismo, tal y como lo expresó Orwell: “Mi lema es grita siempre con los demás. Es el único modo de estar seguro”. Tal es la función primera de los tópicos: acomodarnos al grupo, arroparnos con “todo lo que se lleva”, vestirnos a la moda verbal del momento a fin de llegar a ser de los nuestros. En una palabra, volvernos normales.

Aurelio Arteta, Tantos tontos tópicos.

Emociones y sentimientos

En sus emociones los seres humanos son muy parecidos. En los sentimientos ya se diferencian mucho. Y en sus ideas, finalmente, son bastante diferentes. En el largo camino desde el afecto a la idea sensata hay, según parece, una libertad enorme. Los sentimientos se emancipan de la simple excitación de la emoción. Y las ideas emigran de los sentimientos, autómatas, por el mundo. Hasta aquí todo correcto. Pero sorprendentemente la mayoría de las personas se manifiestan muy constantes en sus sentimientos e ideas. Solemos emplear más tiempo en sentir y pensar siempre lo mismo que en sentir y pensar algo nuevo.

Una razón de todo ello podría ser que sólo pocas veces reflexionamos sobre nuestros sentimientos. Por qué los tenemos y por qué sentimos determinadas cosas tal como las sentimos. En ese sentido la persona burguesa trata los sentimientos como su dinero: sobre sentimientos no se habla; se tienen. La tendencia en lis programas de entrevistas de televisión a plantear siempre la misma pregunta: “¿Cómo se sintió cuando…?” lo confirma. Pues si habláramos con naturalidad sobre nuestros sentimientos no sentiríamos curiosidad por esas respuestas. En lugar de ello, sin embargo, los sentimientos son ostensiblemente el último ámbito inexplorado que nos interesa en las personas. Pues con sus ideas ya hemos ajustado cuentas ampliamente; no esperamos muchas novedades.

Richard David Precht, Amor. Un sentimiento desordenado.

Fotografías

Los inmensamente talentosos integrantes del proyecto fotográfico de la Farm Security Administration, a finales de los años treinta(Walker Evans, Dorothea Lange, Ben Shahn, Russell Lee, entre otros) hacían docenas de fotografías frontales de cada uno de sus aparceros hasta que quedaban satisfechos de haber conseguido el aspecto adecuado en la película: la expresión precisa en el rostro del sujeto que respaldara sus propias nociones de la pobreza, la luz, la dignidad, la textura, la explotación y la geometría. Cuando deciden la apariencia de una imagen, cuando prefieren una exposición a otra, los fotógrafos siempre imponen pautas a sus modelos. Aunque en un sentido la cámara en efecto captura la realidad, y no sólo la interpreta, las fotografías son una interpretación del mundo tanto como las pinturas y los dibujos.

Susan Sontag, Sobre la fotografía.

Y sin embargo…

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Sobre la felicidad y la vanagloria

Ningún deber se valora menos entre nosotros que el deber de ser felices. Siendo felices sembramos anónimamente beneficios para el mundo, que permanecen desconocidos aún para nosotros mismos, o que cuando se les revela a nadie sorprenden tanto como a nosotros mismos(…)

¿Y para qué, Dios mío, tantos afanes? ¿Cuál es la causa por la que amargan sus vidas y las de otros? Que un hombre pueda publicar tres o treinta artículos al año, que pueda o no terminar su gran pintura alegórica, son asuntos de poca importancia para el mundo. Las filas de la vida están llenas; y aunque unos cuantos caigan, habrá siempre otros que vengan a llenar la brecha. Cuando se le dijo a Juana de Arco que debía estar en casa realizando oficios de mujer, ella respondió que había michas para hilar y lavar; y lo mismo podría afirmarse de cualquiera, aunque tuviera las más raras habilidades; cuando la naturaleza es tan “descuidada de la vida individual”, ¿por qué habríamos de imaginar que la nuestra tiene excepcional importancia? Supongamos que Shakespeare hubiera sido golpeado en la cabeza alguna noche oscuro en la cota de caza de Sir Thomas Lucy; ¿marcharía el mundo mejor o peor, o dejaría el cántaro de ir a la fuente, la hoz al grano y el estudiante al libro?(…)

¡Ay! Esto puede tomárselo como se quiera, pero pocas son las funciones individuales verdaderamente indispensables.(…) Las metas por las que ellos entregaron su inapreciable juventud, en lo que les toca, pueden ser quiméricas o perjudiciales; las glorias y las riquezas que esperan, pueden no llegar jamás, o llegar cuando les son indiferentes; y ellos mismos y el mundo que habitan son tan insignificantes, que la mente se hiela con sólo pensarlo.

Robert Louis Stevenson, Apología del ocio.

Your birthday has come and gone

Your birthday has come and gone. Sixty-four years old now, inching ever close to senior citizenship, to the days of Medicare and Social Security benefits, to a time when more and more of your friends will have left you. So many of them are gone already-but just wait for the deluge that is coming. Much to your relief, the event passed without incident or commotion, you calmly took it in your stride, a small dinner with friends in Brooklyn, and the impossibe age you have now reached seldom entered your thoughts. February third, just one day after your mother’s birthday, who went in labour with you on the morning she turned twenty-two, nineteen days before it was supposed to happen, and when the doctor pulled you out of her drugged body with a pair of forceps, it was twenty minutes past midnight, less than half an hour after her birthday had ended. You therefore always celebrated your birthdays together, and even now, almost nine years after her death, you inevitably think about her whenever the clock turns from the second of February to the third. What an unlikely present you must have been that night sixty-four years ago: a baby boy for her birhtday, a birthday to celebrate her birth.

(…)

Paul Auster, extracto de sus memorias Winter Journal para GRANTA 117, Horror.