De nicotina y otros demonios

Esta realidad no es del todo conocida. El fumador cree que fuma porque le «gusta», «quiere», le «da placer» o «no puede dejar». Muchos ni se atreven a considerar la posibilidad  de abandonar el cigarrillo porque tienen miedo, o están convencidos de que no van a poder lograrlo. Como intentaron varias veces y reincidieron, se sienten incapaces, en inferioridad de condiciones. Están equivocados. Son adictos a la nicotina y hasta el momento no han conseguido superarlo.

El camino que hay que recorrer es casi inverso:

1. Primero hay que enfrentar el temor al fracaso y aceptar que lo que le pasa a cada uno es muy parecido a lo que les sucede a los demás. Desnudar sentimientos y fantasmas para reconocer las limitaciones propias y empezar a prepararse mentalmente para deja de fumar sin sufrir.

2. Asumir y tomar conciencia de que la verdadera enfermedad es la adicción: nadie es culpable de ser adicto y cualquiera se puede recuperar con ayuda.

3. Informarse sobre los mecanismos de la adicción, ese enemigo íntimo. El síndrome de abstinencia que provoca la falta de cigarrillo se puede contrarrestar con medicación específica. Entre los siete y los diez días después de haber dejado el cigarrillo, los neurorreceptores que piden nicotina se «archivan» y dejan de reclamar la droga. Esto reduce notablemente lis síntomas y el aspecto fisiológico de la adicción queda totalmente controlado. Desaparece el «hambre» de nicotina.

4. Informarse sobre las ventajas de encarar un tratamiento para dejar de fumar.

5. Tomar la decisión y dejar efectivamente. Luego, comenzar a comprobar los beneficios, tanto a nivel físico como emocional.

6. Mantenerse siempre alerta, en guardia, para evitar reincidencias. Esto es algo más que estar atentos o «recordar» permanentemente que no se fuma. Implica la «construcción» de un estado de alerta constante para evitar recaídas.

La decisión de dejar de fumar tiene que ser meditada y razonada; lo primero que interviene es el conocimiento: qué tengo, cuál es mi vinculo actual con el cigarrillo, para qué lo usé en in principio, para qué me sirve hoy.

Carola Sainz y Susana Reiznik, El placer de no fumar…nunca más.

Cuando la Renfe se cree lo que dicen sus anuncios

Estás en Gijón y hace mucho frío. Previo pago de casi tres mil pesetas has sacado un billete para el electrotrén Gijón-Madrid, que sale a las 13.10 horas, para llegar a las nueve de la noche. Es un tren superlujo, superrápido, supercómodo. Es una virguería de tren, es un primor. Pero la cosa empieza mal: cuando llegas a la estación, te dicen que has de coger un autobús. A ti te sorprende la noticia, pero obedeces, te subes a un autocar sin calefacción y te vas hasta Oviedo castañeando los dientes y observando con cierta inquietud cómo la carretera va cubriéndose de nieve poco a poco.

Estación de Oviedo. Las 13.45 horas. El trayecto en el frío coche te ha dejado un poco quebrantado y como adolorido de meniscos. Nieva, y los pasajeros esperan pacientemente al tren en el andén, a la intemperie. Al fin suenan los altavoces: “El electrotrén con destino a Madrid efectúa su salida aproximadamente a las 14.10 horas”, dice una voz con plácido e impersonal tono, “los tres últimos vagones no tienen calefacción”, continúa la voz con la misma placidez. Un murmullo de pasmo se eleva del andén: los viajeros se miran los unos a los otros con ojos vidriosos, desolados. No obstante, siguen todos esperando con docilidad ejemplar, permitiéndose tan sólo algún morigerado pateo de calentamiento. Y el electrotrén no llega. La estación es barrida por los vientos, de modo que, cuando los vagones hacen al fin su entrada, a eso de las tres de la tarde, la masa viajera se encuentra una pizca amoratada. A ti, ¡oh cielos!, te ha tocado uno de los coches sin calefacción, te acurrucas en el compartimento helado y, como las otras doscientas cincuenta personas en tu misma situación, te dedicas a tiritar con admirable mansedumbre. El tren arranca. El campo está completamente nevado y la máquina avanza a velocidades microscópicas. Los viajeros se soplan las puntas de los dedos con un aliento que es todo vapor e intentan limpiarse, con pudorosa discreción, los arroyos nasales de moquillo. Fuera, tras los cristales, se extiende Siberia. De repente, el tren se para en mitad de un túnel. Los vagones, además de no tener calefacción, carecen de luz. El silencio es tan espeso como la oscuridad. Un minuto, tres, seis. Es como estar encerrado en una nevera. No se oye ni una respiración, tan sólo la tos eventual de unos jubilados que van hacia Alicante, vía Madrid, por el aquel de librarse de los fríos. Empiezas a pensar que no saldrás jamás del túnel: recuerdas los dos accidentes catastróficos que Renfe tuvo en el año 1980, los setenta y cuatro muertos de balance. Diez minutos. Al fin, el tren arranca. Son las 16.30 horas, y al poco os detenéis en la pequeña estación de Pola de Lena. Las cinco de la tarde, y seguís ahí parados. Las 17.15 horas. Ya no sientes nada del tobillo para abajo. Llega el revisor y explica que van a dejar los tres vagones sin calefacción aquí, porque se les agarrotan los frenos y es una lata. Que no os preocupéis, que en diez minutos vendrá otro electrotrén a recogeros. De modo que os quedáis los doscientos cincuenta pasajeros abandonados en la tundra. La estación es tan pequeña que el único cobijo que ofrece, la cantina, no tiene cabida para más de diez personas. La cantinera, una anciana venerable, se afana en atenderos con sus tres minúsculas tacitas de café y unos cuantos vasos desaparejados-evidentes restos de su ajuar-que componen su única dotación de utensilios. La cantinera y el jefe de estación-también longevo-están espeluznados y sobrepasados por las dimensiones del desastre. Como no hay ningún otro lugar en donde guarecerse, volvéis a los vagones congelados. Las seis de la tarde. Noche cerrada. En la oscuridad de los vagones brilla de cuando en cuando un mechero que alguien prende para ver la hora o para verificar que sus dedos no están del todo amoratados y que no será necesaria la amputación de urgencia. El moquillo cae ya a todo fluir sin que nadie se moleste en restañarlo. El jubilado con tos se va convirtiendo rápidamente en un jubilado con bronquitis. Las ocho de la tarde. Se oye llegar un tren. Todo el mundo se asoma, esperanzado: no es el electrotrén prometido, sino un tren pequeño que también viene sin luz, un tren tranvía procedente de León y con destino a Gijón, como informa el altavoz. Alguien-una voz que sale de las sombras-os dice que os bajéis. Os apiñáis en el andén con nieve hasta el tobillo, balbucientes, moqueantes, comatosos. Escudriñados a través de las oscuras ventanillas descubrís que el recién llegado tren está lleno de gente. De nuevo el altavoz: “Señores pasajeros del tren tranvía con destino a Gijón, hagan el favor de descender de los vagones”. Una breve pausa. Y luego: “Señores pasajeros del electrotrén, hagan el favor de subir al tren tranvía”. Entonces, como por efecto de un conjuro, los ocupantes del pequeño tren se asoman todos a una por las apagadas ventanillas: ¡Y una miiiiiierda, me voy a bajar yo!, berrean a decenas con voz ronca de frío. El jefe de estación repite con gesto cercano a lo apopléjico: “Yo sólo cumplo órdenes, a mí me han dicho que les baje, que les van a mandar unos autobuses”. Pero los viajeros hacen morisquetas y cortes de manga y no se mueven. El altavoz, entonces, ordena que subáis a los dos últimos coches del tren tranvía, que van vacíos. La comitiva de parias obedece y os metéis en los apagados y helados vagones con la certidumbre de que acabaréis en Auswichtz. Nueva espera. El jubilado con la tos bronquial se va convirtiendo sin prisas, pero sin pausas, en un jubilado con pulmonía. De pronto, a las 20.30 horas, la máquina arranca. Pero sólo se mueven vuestros dos vagones: atrás queda, desenganchado, el resto del tren travía. Y mientras salís lentamente de la estación, escucháis cómo se eleva en la noche el clamor prodigioso, los alaridos, el furibundo bramar de los que son abandonados.

Y poco más:que tardáis dos horas en alcanzar León, que casi os quedáis en el puerto de Pajares, que pasáis un miedo pavoroso. Que en León por fin os cambian a un tren en condiciones y llegáis a Madrid a las 7.15 horas. Y que, al ir a protestar al jefe de la estación, éste contesta desabrido: “Mucho quejarse, pero han llegado, todas las carreteras y los aeropuertos cerrados y han llegado”. Y tú piensas que es mejor no llegar, que es inmoral que den salida a un tren ya roto. Que es peligrosísimo que la Renfe se crea las mentiras de sus propios anuncios.

El País, 1-2-1981.

Rosa Montero, La vida desnuda.

YO FUI ESCLAVO DEL TABACO

He estado a punto de morir con la gentil colaboración de Tabacalera española. Puedo hacer esta afirmación con absoluta certeza porque he sido fiel a sus productos nacionales desde 1957. El consumo salvaje de las marcas Celtas y Ducados me permite afirmar que los asesinos hablan mi idioma. Cuando he residido en el extranjero han sido Gitanes y Gauloises, con la aportación decididamente cutre de los Nazionali cuando viví en Roma. Y todos en cantidades tan ingentes que justifican el título de este artículo, al estilo de “Yo fui una madre soltera” o “Yo fui un Frankenstein adolescente”. O, siguiendo con el cine: “Me llamo Lillian Roth y soy una alcohólica”. Así, pues, confesión pura y dura.

Descartando los factores obvios sobre los que inciden razonablemente todos los escritos contra el tabaco, sí quisiera esgrimir mis derechos al récord del tabaquismo; y, puesto que me había sido diagnosticado un enfisema pulmonar en grado avanzado, mis aspiraciones al Guinness de la estupidez.

Estamos hablando, naturalmente, de una compulsión, pero en lenguaje llano puedo llamarlo obsesión, delirio y hasta locura. Sólo con epítetos un tanto desorbitados puedo calificar a los alucinantes momentos en que intenté desengancharme. Y esto en una época en que el enfisema ya había convertido mi caso en cuestión de vida o muerte. Vértigos, estados de histeria, alucinaciones, agresividad, eran algunos peldaños que me hacían subir directamente a la desesperación. Tales reacciones me hacían ver que casi cuarenta años de tabaquismo habían hecho su efecto. No era una constatación demasiado útil. El reconocimiento de un fallo y su enmienda no siempre van juntos; sobre todo cuando la adicción es tan traidora como para aportar a cada causa su justificación; sus coartadas a menudo múltiples. La primera de ellas : “Si no dejo el tabaco es porque no quiero. Y, después de todo, siempre hay tiempo para hacerlo”.

Pero el tiempo transcurre, las facultades menguan, la basura va invadiendo los pulmones, al final los devora y la dependencia crece hasta convertirse en una esclavitud. Lo más lógico es reconocer de una vez que me he convertido en una piltrafa, pero los Ducados pueden más. Pertenezco a la clase de fumadores que quieren dejarlo… sin quererlo dejar.

Con mi enfisema debidamente diagnosticado continué consumiendo el veneno y reduciendo mi calidad de vida al mínimo, por no decir a la nada absoluta. Nunca faltaron excusas. ¿Cómo iba a escribir una sola página sin mis aliados, los cigarrillos? Pero los Ducados no me han convertido en Joyce. ¿Cómo hacer el amor sin aspirar, después, una calada, como hacían las heroínas de la Nouvelle vague? pero no se me presentó la oportunidad, porque gracias al tabaquismo entré directamente en la impotencia sexual, con el consiguiente deterioro de mis relaciones de pareja.

En tales circunstancias no podía recurrir a las frases estilo “virgencita mía, ¡qué cruz me has mandado!”; y no podía porque la cruz me la busqué yo, aunque no sin ayuda. A los dieciséis años recurrí al cigarrillo como tantos otros: no para hacerme el macho –comprenderán que esto siempre me importó un pito–, sino como forma de distinción social, aprendida en la moda y, desde luego, en los dioses del cine; pero las tabacaleras todavía no me alertaban con esa astuta advertencia que adornaría las cajetillas muchos años después, cuando ya era demasiado tarde: “El tabaco perjudica seriamente la salud”.

Santo aviso, pero ambiguo. El tabaco entraría a formar parte de las múltiples cosas que pueden dañar la salud en mayor o menor grado, pero nunca en anuncios o cajetillas, he leído que los cigarrillos CREAN ADICCIÓN. Y es aquí donde los fumadores perjudicados estamos en el derecho de exigir responsabilidad y de acusar a las tabacaleras de criminales.

Porque no es cierto, como han escrito recientemente algunos compañeros, que el fumador pueda dejar de fumar de la noche a la mañana; no es cierto que se trate de un simple problema de albedrío. La adicción es la trampa mortal. Y lo es en un grado que no he conocido en cosa alguna.

Los Ducados han permanecido a mi lado, año tras año, día a día, minuto a minuto. ¿De qué poderosa materia estaban hechos esos diablillos como para irme convenciendo de que eran amiguetes cuando, de hecho, eran mojones en mi camino hacia el desastre?

Mientras me convertían en adicto, en obseso, en esclavo, me hacían creer que me estaban ayudando. Pero, ¿y qué? Los problemas, cualesquiera que fuesen, seguían existiendo aunque los disfrazase tras una cortina de humo. Más aún, generaban un nuevo problema que no era sino el reconocimiento de mi irresponsabilidad. Si no fumaba caía en la desesperación, si fumaba me desesperaba por ceder. Y a fe que intenté dejarlo por todos los medios aconsejados: libros de ayuda, acupuntura, ondas electromagnéticas, parches de nicotina, pastillas, boquillas… Sólo que faltaba lo más importante: la decisión verdadera, asumida, de querer dejarlo realmente. Los cojones que Tabacalera me había arrebatado.

Mientras, el enfisema seguía su curso. Y el tabaco también. Una pintoresca pulmonía doble vino a completar el cuadro. Y a mayor peligro, más tabaco.

Enlazo con el principio: he visto a la Muerte cara a cara. No era como la de Ingmar Bergman, negra, ni como la de Woody Allen, blanca. Era azul, como un paquete de Ducados, y cada vez que en la clínica me agujereaban venas y arterias para introducirme sueros o sondas, imaginaba que me estaban incrustando cigarrillos. Después de todo es lo que había estado haciendo yo mismo durante 40 años. En esta excursión a las fronteras del Más Allá descubrí el único final de la abominación, que no es otro que romper con ella a rajatabla. Con ayudas pertinentes, llámense parches, pastillas, comidas –nunca saboreadas antes-, horas de sueño, lo que sea pero siempre como elección inevitable.

Me siento muy orgulloso de mí mismo, pero al mismo tiempo me tengo por estúpido por no haberlo dejado antes. Y es que el deterioro ha sido inexorable. Por más que haga a partir de ahora, seguiré viviendo con mis facultades considerablemente disminuidas. Ninguna reforma conseguirá devolverme el trozo de pulmón que me falta, por no hablar de deficiencias cardiovasculares, sexuales y algunas bendiciones más. Mi falta de voluntad me ha convertido en un medio hombre. Y todo gracias a Tabacalera Española, que me presentó a mis asesinos cuando tenía la tierna edad de dieciséis años y no estaba en condiciones de reconocer los variopintos disfraces de la Muerte.

Terenci Moix.

Gran columna del bueno de Terenci. Una pena lo que vino después aunque se agradece su conmovedora sinceridad.

Sí, volvemos a intentarlo.

Remember the time?

Truculencias. Publicado en El País el 03/11/1983.

Voy a contar una historia truculenta, la historia de una menor que ha sido violada por su padre. Gema, se llama ella, y para mayor miseria es débil mental. Cuando sucedió todo sólo tenía 15 años. La madre era asistenta. El padre estaba en paro: tenía todo el tiempo y la impunidad del mundo para abusar de Gema. Fue denunciado por su esposa el 9 de septiembre de 1981. Tardaron dos meses en procesarle (meses que el violador empleó en seguir violando) y, cuando lo hicieron, el amable juez le dejó en libertad sin fianza. El libérrimo padre aprovechó la coyuntura para continuar desgarran do a la muchacha, esta vez por el ano, produciéndole lesiones por las que la chica tuvo que ser internada en la clínica 23 de Octubre. Además, maltrató a su mujer y la amenazó de muerte si proseguía en sus denuncias, de modo que las abogadas de la niña tuvieron que recurrir al ministerio fiscal, que ordenó al fin la detención del padre el 29 de enero de 1982. Por cierto, todos los interrogatorios se hicieron en la sala de oficiales. Allí, de lante de una muchedumbre que interrumpía el teclear a máquina y aplicaba la oreja, la niña fue obligada a describir cómo la desnudaba el padre, cómo y por dónde la follaba. Llegó el juicio oral: el padre admitió haber hecho el amor con Gema. Ella dijo que consintió Porque tenía miedo; el hermano de la niña (14 años) declaró que el padre les pegaba mucho, tanto a Gema como a él; la madre contó, en su inocencia, que la niña había quedado embarazada del padre y que la había llevado a Londres a abortar. La sentencia dictaminó estupro y no violación, como si la chica hubiera disfrutado; se hablaba del «marido de la madre» y no del padre, evitando la agravante del incesto; no se hacía mención alguna a los malos tratos denunciados, pero, eso sí, se recogía el delito de aborto cometido, «hecho del que conoce el Juzgado Central competente». Total: cuatro años de cárcel para el hombre. Las abogadas recurrieron al Tribunal Supremo, que acaba de fallar reconociendo la paternidad y, por tanto, el incesto, y aumentando la pena dos meses y un día, que es el mínimo. El juez que llevó el caso es Scampa, que ha sido ascendido a magistrado de la Audiencia. Dentro de poco, supongo, procesarán a la madre y a la niña. Por aborto.

Rosa Montero, La vida desnuda.

Cínicamente perfectos

Poema em linha reta.

Nunca conheci quem tivesse levado porrada.
Todos os meus conhecidos têm sido campeões em tudo.

E eu, tantas vezes reles, tantas vezes porco, tantas vezes vil,
Eu tantas vezes irrespondivelmente parasita,
Indesculpavelmente sujo,
Eu, que tantas vezes não tenho tido paciência para tomar banho,
Eu, que tantas vezes tenho sido ridículo, absurdo,
Que tenho enrolado os pés publicamente nos tapetes das etiquetas,
Que tenho sido grotesco, mesquinho, submisso e arrogante,
Que tenho sofrido enxovalhos e calado,
Que quando não tenho calado, tenho sido mais ridículo ainda;
Eu, que tenho sido cômico às criadas de hotel,
Eu, que tenho sentido o piscar de olhos dos moços de fretes,
Eu, que tenho feito vergonhas financeiras, pedido emprestado sem pagar,
Eu, que, quando a hora do soco surgiu, me tenho agachado
Para fora da possibilidade do soco;
Eu, que tenho sofrido a angústia das pequenas coisas ridículas,
Eu verifico que não tenho par nisto tudo neste mundo.

Toda a gente que eu conheço e que fala comigo
Nunca teve um ato ridículo, nunca sofreu enxovalho,
Nunca foi senão príncipe – todos eles príncipes – na vida…

Quem me dera ouvir de alguém a voz humana
Que confessasse não um pecado, mas uma infâmia;
Que contasse, não uma violência, mas uma cobardia!
Não, são todos o Ideal, se os oiço e me falam.
Quem há neste largo mundo que me confesse que uma vez foi vil?
Ó príncipes, meus irmãos,

Arre, estou farto de semideuses!
Onde é que há gente no mundo?

Então sou só eu que é vil e errôneo nesta terra?

Poderão as mulheres não os terem amado,
Podem ter sido traídos – mas ridículos nunca!
E eu, que tenho sido ridículo sem ter sido traído,
Como posso eu falar com os meus superiores sem titubear?
Eu, que venho sido vil, literalmente vil,
Vil no sentido mesquinho e infame da vileza.

Poesía de Álvaro de Campos.

I know you didn’t mean it

I know you didn’t mean it when you brought me down. It just happened to be beneficial to you.
I know you always worry about the first pronoun and you were just doing what you had to do.
I know you didn’t mean it when you stole my coat. It just happened to be the logical one.
I know you didn’t mean it when you slit my throat. You just were out with the fellows just to have some fun.
I know you didn’t mean it when you blew us up. You just happened to think it was a good idea.
Ungrateful people tried to interrupt when you were just trying to make your viewpoint clear.

Un manual para vivir con la derrota

¿Y a su edad, todavía aprende cosas? «Uno nunca se libera de su propia estupidez», responde con un deje de sátira. «Nuestra incompetencia siempre nos da nuevas oportunidades para humillarnos, y esa realidad nunca es mala para el intenso y doloroso proceso de autocrítica».

Un manual para vivir con la derrota.

Mas o sentido do ser humano é durmir

   
Mestre, meu mestre querido! 
Coração do meu corpo intelectual e inteiro! 
Vida da origem da minha inspiração! 
Mestre, que é feito de ti nesta forma de vida? 

Não cuidaste se morrerias, se viverias, nem de ti nem
de nada, 
Alma abstrata e visual até aos ossos, 
Atenção maravilhosa ao mundo exterior sempre
múltiplo, 
Refúgio das saudades de todos os deuses antigos, 
Espírito humano da terra materna, 
Flor acima do dilúvio da inteligência subjetiva… 

Mestre, meu mestre! 
Na angústia sensacionista de todos os dias sentidos, 
Na mágoa quotidiana das matemáticas de ser, 
Eu, escravo de tudo como um pó de todos os ventos, 
Ergo as mãos para ti, que estás longe, tão longe de
mim! 

Meu mestre e meu guia! 
A quem nenhuma coisa feriu, nem doeu, nem
perturbou, 
Seguro como um sol fazendo o seu dia
involuntariamente, 
Natural como um dia mostrando tudo, 
Meu mestre, meu coração não aprendeu a tua
serenidade. 
Meu coração não aprendeu nada. 
Meu coração não é nada, 
Meu coração está perdido. 
   
Mestre, só seria como tu se tivesse sido tu. 
Que triste a grande hora alegre em que primeiro te
ouvi! 
Depois tudo é cansaço neste mundo subjetivado, 
Tudo é esforço neste mundo onde se querem
coisas, 
Tudo é mentira neste mundo onde se pensam
coisas, 
Tudo é outra coisa neste mundo onde tudo se sente. 
Depois, tenho sido como um mendigo deixado ao
relento 
Pela indiferença de toda a vila. 
Depois, tenho sido como as ervas arrancadas, 
Deixadas aos molhos em alinhamentos sem sentido. 
Depois, tenho sido eu, sim eu, por minha desgraça, 
E eu, por minha desgraça, não sou eu nem outro nem
ninguém. 
Depois, mas por que é que ensinaste a clareza da
vista, 
Se não me podias ensinar a ter a alma com que a ver
clara? 
Por que é que me chamaste para o alto dos montes 
Se eu, criança das cidades do vale, não sabia
respirar? 
Por que é que me deste a tua alma se eu não sabia
que fazer dela 
Como quem está carregado de ouro num deserto, 
Ou canta com voz divina entre ruínas? 
Por que é que me acordaste para a sensação e a nova
alma, 
Se eu não saberei sentir, se a minha alma é de
sempre a minha? 

Prouvera ao Deus ignoto que eu ficasse sempre
aquele 
Poeta decadente, estupidamente pretensioso, 
Que poderia ao menos vir a agradar, 
E não surgisse em mim a pavorosa ciência de ver. 
Para que me tornaste eu?  Deixasses-me ser humano! 

Feliz o homem marçano 
Que tem a sua tarefa quotidiana normal, tão leve
ainda que pesada, 
Que tem a sua vida usual, 
Para quem o prazer é prazer e o recreio é recreio, 
Que dorme sono, 
Que come comida, 
Que bebe bebida, e por isso tem alegria. 

A calma que tinhas, deste-ma, e foi-me inquietação. 
Libertaste-me, mas o destino humano é ser escravo. 
Acordaste-me, mas o sentido de ser humano é dormir.

 
Fernando Pessoa, Poemas de Álvaro de Campos.

Los heraldos negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes … ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas obscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

César Vallejo, Los heraldos negros.