Divagaciones

‘Cualquier relación entre las personas es siempre un cúmulo de problemas, de forcejeos, también de ofensas y humillaciones’, pensé. ‘Todo el mundo obliga a todo el mundo’, pensé. ‘Este individuo Bill ya ha obligado a Berta, y Berta está tratando de obligarme a mí, Bill ha forcejeado, también la ha ofendido y ya la ha humillado antes de conocerse, quizá ella no se da cuenta o en el fondo no le importa, vive instalada en eso, Berta forcejea conmigo para convencerme, como Miriam con Guillermo para que se case con ella, y quizá Guillermo con su mujer española para que por fin se muera, forcejea para su muerte. Yo he forcejeado y obligado a Luisa, o fue Luisa a mí, no está claro, contra quién forcejearía mi padre, o quién lo ofendería y lo obligaría, o cómo ocurrió que en su vida hay dos muertes, quizá forcejeó para alguna, no quiero saberlo, el mundo es plácido cuando no se sabe, no sería mejor que nos estuviéramos todos quietos. Pero aunque nos estemos quietos hay problemas y forcejeos y humillaciones y ofensas, y también obligaciones, a veces nos obligamos a nosotros mismos, sentido del deber se llama, quizá mi deber es ayudar a Berta en lo que me pida, hay que dar importancia a lo que la tiene para los amigos, si me niego a ayudarla la ofenderé, y la humillaré, toda negativa es siempre una ofensa y un forcejeo, y es verdad que la he visto desnuda, peto eso fue hace mucho tiempo, lo sé pero no lo recuerdo, han pasado quince años y ella es mayor y cojea, era joven entonces y no había sufrido accidentes y sus piernas eran iguales, por qué habrá tenido que recurrir a eso, nunca mencionábamos nuestro pasado tan mínimo, mínimo en sí y frente al presente tan largo, yo también era joven, aquello ocurrió y a la vez no ha ocurrido, al igual que todo, por qué hacer ni no hacer, por qué decir sí o no, por qué fatigarse con un quizá o un tal vez, por qué decir, por qué callar, por qué negarse, por qué saber nada si nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente, lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que tomamos y asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos, volcamos toda nuestra inteligencia y nuestros sentidos y nuestro afán en la tarea de discernir lo que será novelado, o ya lo está, y por eso estamos llenos de arrepentimientos y de ocasiones perdidas, de confirmaciones y reafirmaciones y ocasiones aprovechadas, cuando lo cierto es que nada se afirma y todo se va perdiendo. O acaso es que nunca hay nada.’

Javier Marías, Corazón tan blanco.

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Comienzos con garra

No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó enseguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que le siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro, sin saber todavía qué hacer con él. Llevaba la servilleta en la mano, y no la soltó hasta que al cabo de un rato reparó en el sostén tirado sobre el bidet, y entonces lo cubrió con el paño que tenía a mano o tenía en la mano y sus labios habían manchado, como si le diera más vergüenza la visión de la prenda íntima que la del cuerpo derribado y semidesnudo con el que la prenda había estado en contacto hasta hacía muy poco: el cuerpo sentado a la mesa o alejándose por el pasillo o también de pie. Antes, con gesto automático, el padre había cerrado el grifo del lavabo, el del agua fría, que estaba abierto con mucha presión. La hija había estado llorando mientras se ponía ante el espejo, se abría la blusa, se quitaba el sostén y se buscaba el corazón(…)

Javier Marías, Corazón tan blanco.

Miradores

En los pueblos se sabe todo. La vida de la gente pertenece al acervo común. Desde la pila del bautismo hasta el nicho del cementerio, la parábola que describe la existencia está bajo constante observación. En los pueblos existen unos bancos de datos: el casino, el confesionario, la barbería. En ellos se almacena la biografía de cada uno en forma poliédrica, puesto que a cualquiera de los vecinos se le conoce por los cuatro costados y no sólo a él, sino también a sus antepasados. En el casino el Gran Hermano se toma un carajillo todas las tardes mientras juega al tute. No existe escapatoria. Esa tupida red de información ha creado una manera cuya sustancia es la cautela. Cuando un forastero llega al pueblo siente que al cruzar una calle desierta se van abriendo sucesivos ventanucos a sus espaldas. Una serie de miradas negras no lo abandona nunca en su camino. Lo mismo sucede en las pequeñas ciudades. Bajo las lentas campanadas de la iglesia se apartan discretamente los visillos de los miradores cuando unos pasos suenan en la acera. El recato, la hipocresía y la paranoia son el resultado de este conocimiento directo entre las personas. El anonimato de la gran ciudad fue la primera revolución. Cuando la gente dejó de reconocerse en las calles populosas, los rostros se convirtieron en máscaras y entonces el espíritu humano cambió de esencia. Durante varios siglos en las grandes ciudades reinó este maravilloso baile entre desconocidos pero hoy los medios de información, de espionaje y de comunicación nos han obligado a todos a ser de pueblo otra vez. Los vídeos ocultos, los microtransistores, las células fotoeléctricas han sustituido a la solterona que nos atisbaba desde el mirador isabelino, al ventanuco siciliano que se abría en la calleja desierta cuando cruzaba un recién llegado. La transparencia está generando una nueva moral de modo que si la intimidad ya es irrecuperable lo más sensato será acomodar para siempre nuestras costumbres a la microelectrónica que es el nuevo espacio de la libertad.

Consecuencias

Una sola cosa debe pedirse, y es la licencia para partir, si deseáis lograr, vosotros y vuestros descendientes, una paz eterna. Pues si le concedéis la vida a Pandraso a cambio de una parte de Grecia y permanecéis entre los Dánaos, nunca disfrutareis de una paz duradera mientras los hermanos, hijos y nietos de aquellos a los que infligisteis la matanza de ayer sean vuestros vecinos o anden mezclados con vosotros. No llegarán nunca a olvidar la muerte de sus parientes y, en consecuencia, os guardarán un odio eterno, aprovechando cualquier bagatela para tomar venganza.

Geoffrey de Monmouth, Historia de los reyes de Britania.