Razonamientos del Hola.

Una de las cosas que caracterizan al príncipe Joaquín de Dinamarca y a su ex-mujer, la condesa Alejandra de Fredenksborg, es que son dos divorciados muy bien avenidos. Podría decirse que son dos divorciados ejemplares (dentro de lo que de ejemplaridad pueda tener un matrimonio que se rompe, aunque siempre será mejor que una convivencia en continua guerra).

Uno espera leer frivolidades en el “Hola”, pero no cosas tan “sesudas”. 🙂

Razonamientos taurinos.

DECLARACIÓN DE INTENCIONES.

La fiesta de los toros es víctima de una doble incomprensión. Los que abominan de ella no entienden su sentido. No aspiramos a que lo compartan o defiendan; sólo a que sepan qué se encierra en el ritual cruento y violentísimo de la lidia. Creen los antitaurinos que el torero y el aficcionado sienten un elemental y primitivo placer sádico en el sufrimiento del toro, que imaginan similar al suyo de estar en el mismo trance. En ningún momento pretendo polemizar sobre este punto. Los animales (y los hombres entre ellos) sufren (sufrimos) de mil maneras y por las más variadas razones y sinrazones.

La fiesta de los toros es un rito y un espectáculo en que se conserva toda la violencia de la vida. Es-como se ha dicho-una tragedia en que los actores mueren de verdad. Fuera de la plaza, los toros y los hombres también mueren de verdad, pero esas matanzas no se ofrecen en espectáculo, al menos no se ofrecían hasta que la televisión inventó los realitichóus y los reportajes bélicos y de la naturaleza.

La fiesta de los toros somete a un protocolo rigurosísimo la lucha entre la vida y la muerte. La violencia del animal y del hombre se ciñen a unas normas estrictas. Cuando ocurre en esa lid se juzga como creación artítica, es decir, por la perfección formal con que se ejecuta.

Siempre ha existido en el hombre una atracción por el riesgo que pugna con el instinto de conservación. Desdichadamente, muchas veces esa pasión se ejerce contra terceros o redunda en perjuicio de personas que nada tienen que ver con la cuestión. En Río de Janeiro, por ejemplo, fue moda entre la juventud de las favelas viajar de pie sobre el techo de los vagones de tren, sorteando los cables de alta tensión que alimentan a la locomotora. No faltaban víctimas entre tan intrépidos acróbatas. Más lacerantes son las competiciones atomovilísticas en las vías urbanas (para eso no hace falta ir a Brasil) o las infracciones suicidas: conducir contra dirección, invadir el carril contrario cerca de un cambio de rasante… Estos amantes del peligro aspiran a una efímera y limitada notoriedad entre sus amigos y secuaces. Al fin, como dijo Tulio, “Honos alit artes” (‘El reconocimiento social alienta las artes’). La fiesta de los toros, que no es un improvisado ejercicio de temeridad, canaliza esa pasión por el riesgo sin daño de barras. Permite al hombre urbano del siglo XX entablar un contacto simbólico con las fuerzas de la naturaleza y participar en un rito que aúna lo dionisíaco (lo irracional y telúrico, la sangre y la violencia, lo genésico y lo letal) con lo apolíneo (lo reglado y medido, el sometimiento de la razón y la técnica, la transformación de los impulsos vitales en formas que aspiran a ser perfectas).

No sería impertinente decir- parodiando a Napoleón- que, a las cinco de la tarde, en cada plaza de toros se contemplan muchos siglos de historia. Niegan los detractores que la fiesta sea arte o cultura. Sin duda, tienen un concepto idealizado y aséptico de lo que significan estas dos palabras. Cualquiera que haya deambulado algo por las creaciones humanas y por las realidades antropológicas, se ha topado, no ya con lo violento, sino con lo cruel, lo monstruoso y lo abominable.

Los ritos taurinos están lejos de la asepsia de museo. La lidia, como su nombre indica, es una lucha, un enfrentamiento a muerte. Tiene una emoción inmediata porque los espectadores viven vicariamente la tensión y el peligro. Además, se reviste de un significado simbólico que es reminiscencia del camino de la humanidad para dominar las fuerzas naturales. Y, por último, sus lances encierran un sentido técnico: en ellos concurren conocimiento y habilidades, labrados por una tradición secular, que permiten transformar en algo armónico lo que en su origen debió de ser una desesperada reacción del insitinto.

Y aquí nos encontramos con la segunda incomprensión. Muchos espectadores, más o menos fervorosos, pero en ningún caso taurófobos, conocen de forma vaga e imprecisa el significado técnico y el valor simbólico de lo que ven año tras año en las ferias y fiestas patronales de su localidad. Comulgan con el rito, pero desde una fe ciega o, al menos, poco ilustrada. (…)

Felipe B. Pedraza, “Iniciación a la fiesta de los toros”.

Sinceramente, profesor Pedraza, su argumentación no hay por dónde cogerla. Tres citas cultas, una referencia a la antropología y una disculpa para disfrazar el sadismo de la “fiesta” de los toros. Aspiramos a la cultura para domeñar lo salvaje que llevamos dentro. Tenemos un grave problema cuando la cultura se usa para justificar lo injustificable. Que tenemos instintos animales: por supuesto. Que es importante comprenderlos y apaciguarlos: también. Asesinar a una persona, planear una campaña militar, atarse los cordones de los zapatos… Todo eso también puede llegar a ser un arte.

Hastío.

L.S. Lowry, “Industrial landscape”.

WALKING AROUND.

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro el las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras y lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y de mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como un rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

Pablo Neruda, “Residencia en la tierra“.

Saturados de información.

El iPod,he observado, invalida al usuario con su inmensa capacidad; la abundancia de información que genera la tecnología moderna amenaza más en general con volver pasivos a sus receptores. El exceso estimula la desconexión. Seely Brown realiza a este respecto una útil distinción entre información y comunicación. Un volumen abrumador de información, sugiere este autor, no es un problema “inocente”; grandes cantidades de datos dan lugar a un hecho político: a medida que el volumen crece, el control se centraliza. En cambio, en la comunicación, el volumen decrece a medida que la gente interactúa e interpreta; la revisión y la eliminación son los procedimientos que descentralizan la comunicación.

Eso parece oponerse a la intuición, pero tiene sentido si se piensa en la comunicación en términos burocráticos. Como se ha visto en el primer capítulo, en la pirámide burocrática la información desde arriba es filtrada, modificada y particularizada a medida que desciende por la cadena de mando; la gente se comunica acerca de la información. En el tipo de institución que responde al modelo del MP3, se centralizan, se ordenan y se hacen circular grandes masas de datos sin mezcla. La información permanece intacta en la pantalla, como un correo electrónico o datos numéricos. A medida que el volumen de esta información aumenta-como ha ocurrido en la generación pasada-, el receptor tiene menos capacidad de reacción y termina por desvincularse de ella desde el punto de vista interpretativo. Además, la transacción de un texto-mensaje tiene muy poca semejanza con una conversación; su lenguaje es más primitivo y en la tecnología se eliminan los silencios que delatan duda y objeción, gestos irónicos y digresiones momentáneas, esto es, el material entero de una comunicación con reciprocidad.

Richard Sennett, “La cultura del nuevo capitalismo“.

Los jóvenes y el trabajo.

En este artículo de 1988, Félix de Azúa trata del tema del desempleo y los jovenes… y parece que las cosas y la retórica sobre el tema no han cambiado mucho desde entonces.

JUVENTUD. ¿DIVINO TESORO?

Las imágenes sugerían circunspección episcopal; sólo alguien muy malicioso podría haber visto en ellas una caricatura. El ministro de trabajo, señor Chaves, declaraba estar decidido a dar empleo a 800.000 jóvenes, a quienes proponía como virtuales víctimas de un plan juvenil de empleo. Ningún joven, probablemente, escuchaba al señor Chaves, pero de haberle oído se habría echado a temblar. A continuación, el portavoz de Comisiones Obreras afirmaba que el tal plan no era otra cosa que una sucia jugada del capital para abaratar los sueldos de los padres de jóvenes; el portavoz de UGT confirmaba que la propuesta tenía por objeto constituir un ejército de miseria juvenil. En aquel momento hacñian su aparición sendos representantes de la patronal, todavía más episcopales, y juraban que, con tal de ayudar a los jóvenes, los empresarios estaban dispuestos a cualquier sacrificio. ¡Dios mío!, pensamos todos, ¿por cuánto nos va a salir esta vez el sacrificio de la patronal? “¡Los empresarios van a hacer un sacrificio!”, se oyó gritar a alguien, y al instante nos sujetamos la cartera mirando a derecha e izquierda.

El problema era, en verdad, espeluznante. Una masa enorme de ciudadanos, todos ellos imperdonablemente comprendidos entre los 20 y los 30 años, estaban ahí, tirada, sin que nadie pudiera sacarle ni una peseta. ¿Cómo se había llegado a aquella estúpida situación? ¿Cómo se había abandonado a tal cantidad de gente perfectamente expotable? Era como ver un filete de ternera en medio de una calle de Calcuta, sin que nadie se agachara a recogerlo. Los padres sindicados miraban de reojo a sus hijos, potenciales competidores desleales.

Los jóvenes, sin embargo, hacía ya mucho tiempo que comprendían hasta qué punto eran innecesarios, y no les pasaba inadvertida la mueca de repugnancia que les dirigían todos aquellos que habían alcanzado un cómodo nivel de explotación. Buena parte de los jóvenes, preocupados por la felicidad de sus padres, a imagen y semejanza de aquel adolescente que se suicida para salvar a su agonizante padre en Berlín año cero, practicaba un consciente malthusianismo con el fin de regular su propio crecimiento.

Unos se trituraban a pinchazos, otros elegían la moto o el automóvil para dejar los sesos en un muro, la mayoría se emborracha habitualmente buscando la cirrosis, buena parte de ellos moría de hastío frente a un televisor, casi todos se volvían locos metiéndose por las orejas el estruendo de una barrenadora, cientos de miles se embrutecían en los estados y ayudaban a masacrar a sus coetáneos; de cuando en cuando (con suerte), varios centenares se rajaban a navajazos. Su número, en efecto, se reducía, sobre todo los fines de semana, pero no lograban extinguirse. Eran tan condenadamente inútiles que no les salía bien ni eso.

De manera que, por fin, el Estado se vio obligado a intervenir mediante un plan juvenil de empleo. No se le puede reprochar al Estado que no haya hecho todo lo posible por ayudar a los jóvenes en su autosupresión: ha financiado toneladas de ruido musical, ha facilitado la financiación de motos y autos a precios ridículos, ha dado órdenes a los empleados del Ministerio del Interior para que no impidan matarse a los de la jeringa, incluso en las prisiones ha conseguido el Estado muy buenos resultados; ha desahuciado a los jóvenes poniendo los alquileres por las nubes, ha financiado una televisión letal, ha destruido los centros de formación clásica llamados por el correspondiente Ministerio de Educación momias humanísticas, ha facilitado en la medida de sus posibilidades el alcoholismo, ha dado tratamiento de paria a quien no puede comprarse un yate, ha cubierto de honores a los mayores rufianes y a los más abyectos imbéciles… En fin, ha aplicado con seriedad un programa de extermino físico y espiritual, con los mismos pésimos resultados de todos los programas que ha ido aplicando en los últimos seis años. Hay que reconocerlo, la reconversión industrial de los jóvenes ha sido un desastre. Los jóvenes sobreviven.

El plan juvenil de empleo es, por tanto, un recurso extremo y un recurso típicamente socialista: dado que el Estado se ve incapaz para exterminar a los jóvenes, delega esta responsabilidad en los patronos. Es lo que se conoce como recurso a la iniciativa privada, una técnica empleada con éxito por pensadores socialistas como M. Thatcher y F. Marcos, cuyas bolsas de probeza han crecido admirablemente.

Pues bien, los empresarios van a tener ahora la oportunidad de sacrificarse con el fin de no dejar un solo joven en la calle, gracias a una barbaridad de dinero que vamos a darles los ciudadanos para que creen riqueza. Ahora bien, si este plan también fallara, si dentro de unos años hubiera tan sólo 100.000 jóvenes menos, 100.000 padres arruinados más y una burrada de millones disueltos en la atmósfera, entonces recomendamos la aplicación del plan urgente para el redimensionamiento de residuos, cuyos espléndidos resultados en el Chile de Pinochet y la Argentina de Videla deberían dar que pensar a más de uno. El plan urgente para el redimensionamiento de residuos podría, con sólo proceder a un reparto de revólveres, encomendarse al colectivo de los jubilados, con lo que se matarían dos pájaros de un tiro, y nunca mejor dicho. Pero éstas son cuestiones técnicas de menor cuantía. De momento vamos a ver cómo se sacrifican los creadores de riqueza. Seguro que va a ser algo inolvidable.

Félix de Azúa, “Salidas de tono“, Anagrama, Barcelona, 1996.