¿Por qué no hay que obsesionarse tanto con los árboles genealógicos?

Árbol genealógico pero de la ciencia.

Árbol genealógico pero de la ciencia.

A sabiendas de nuestra procedencia y deriva, es fácil trazar analogías entre nosotros y nuestros antepasados. Somos sin embargo la conjunción de tantas y tan diversas influencias que cualquier idiosincracia se puede explicar en estos términos. en la fisonomía no existen siquiera media docena de formas diferenciadas de la nariz o de los labios, ni del color del cabello o de los ojos, ni de formaciones craneanas, o de los pómulos, o del mentón. Cualquier rostro, bello o repugnante, es reconocible de manera nada sistemática en la galería de retratos de familia, y otro tanto sucede con los talentos y los temperamentos. La sucesión de nuestros progenitores se pierde de vista a lo lejos, en la oscuridad de los tiempos. Cualquiera de ellos podría aflorar en nosotros y ser el componente dominante.

La humanidad es, no obstante, terca en su curiosidad por la genealogía. Al menos, lo es esa parte de la humanidad a la que le interesa el pasado, y el pasado es lo único que interesa a los biógrafos.

A la mayoría de las personas mayores les cuesta bastante interesarse por los jóvenes, cuyos nombres las más de las veces ni siquiera recuerdan, a no ser que hayan conocido a sus padres. Ajenos a las modas que priman en la biología teórica, seguimos contemplando la herencia-igual que contemplaban nuestros antepasados las estrellas- como fuente del carácter. Cuando un joven hace una travesura, solemos musitar: ‘Igualito que su pobre tío’. Cuando uno da muestras de talento, nos decimos: ‘¿De dónde le vendrá?. Y a diario damos asentimiento intuitivo a una proposición que a nuestra razón desconcierta.

Evelyn Waugh, Una educación incompleta. Autobiografía parcial.